Guía para sobrevivir al World Pride de Ámsterdam 2026: desfile de barcos, macrofiestas e historia ‘queer’

El 1 de abril de 2001, el Ayuntamiento de Ámsterdam celebró la primera boda homosexual legal de Europa: cuatro, en realidad, una detrás de otra, a partir de las doce del mediodía, hora en que entraba en vigor la histórica ley que el Congreso neerlandés había aprobado el 19 de diciembre anterior. Fue el comienzo de una nueva era de plena igualdad legal para las personas LGTBIQ+: a Holanda le seguirían Bélgica (2003), España (2005), Canadá (2005), Sudáfrica (2006), Noruega (2009), y así hasta una treintena de países, o sea, hasta un presente en que este derecho ya está lo suficientemente asentado como para que resulte, como mínimo, difícil cuestionarlo en público.

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 La capital de los Países Bajos, pionera en la aceptación del matrimonio igualitario es la anfitriona de la cita mundial. Entre el 25 de julio y el 8 de agosto. Más allá del programa oficial, la escena LGTBIQ+ más auténtica de la ciudad se vive en sus calles y sus bares  

El 1 de abril de 2001, el Ayuntamiento de Ámsterdam celebró la primera boda homosexual legal de Europa: cuatro, en realidad, una detrás de otra, a partir de las doce del mediodía, hora en que entraba en vigor la histórica ley que el Congreso neerlandés había aprobado el 19 de diciembre anterior. Fue el comienzo de una nueva era de plena igualdad legal para las personas LGTBIQ+: a Holanda le seguirían Bélgica (2003), España (2005), Canadá (2005), Sudáfrica (2006), Noruega (2009), y así hasta una treintena de países, o sea, hasta un presente en que este derecho ya está lo suficientemente asentado como para que resulte, como mínimo, difícil cuestionarlo en público.

Por eso, InterPride ha elegido Ámsterdam, zona cero de aquel efecto dominó hace ahora 25 años, como anfitriona del World Pride 2026. Entre el 25 de julio y el 8 de agosto se espera que el macroevento atraiga entre un millón de personas (si sale como Sídney 2023) o casi tres (como en Madrid 2017), bien por encima de los 300.000 visitantes que recibe Ámsterdam en cada Orgullo. Guiarse por el programa oficial no es especialmente difícil: todo empieza el 25 de julio, con una marcha por el Vondelpark, el mayor parque de la ciudad, que cada año se convierte en Pride Park y acoge casi todos los eventos diurnos de los días que siguen.

El 1 de agosto es el día fuerte: tiene lugar el conocido desfile de barcos por los canales, en concreto Nieuwe Herengracht, Amstel y Prinsengracht (se recomienda seguirla desde el barrio Grachtengordel, el más queer). Está el UNITY Concert del 4 de agosto, en el Museumplein (artistas por confirmar), y una serie de charlas sobre derechos humanos en el edificio histórico de Beurs van Berlage entre el 5 y el 7 de agosto. El 8 terminan las celebraciones oficiales con un desfile de clausura por el Vondelpark.

En el extremo lúdico-festivo del asunto está el World Pride Music Festival, una serie de conciertos con su consabida afterparty multitudinaria a continuación: sus platos fuertes serán el 31 de julio y 1 de agosto, cuando Paris Hilton y Bebe Rexha pinchen en la sala Afas Live.

Pero la auténtica gracia de Ámsterdam no son las fiestas más o menos oficiales, sino su underground, rico como el de buena ciudad portuaria y solidificado por décadas de permisividad holandesa en las vidas personales de sus ciudadanos: conviene salirse de la ruta establecida, aunque sea un poco. Pero, a la vez, esta es una ciudad poco paciente con los improvisadores.

Por eso, vale la pena ir con un mapa mental de cómo se organiza la escena LGTBIQ+ en sus calles: de los bares más normativos a los más kinky, de los orientados a la política y preocupados por la intersección del colectivo con las comunidades migrantes o anarquistas a los que sencillamente quieren perfeccionar el arte del cruising en discotecas masivas. En Ámsterdam hay todo esto en los siguientes locales.

Spijkerbar, aquí empieza el arcoíris

La única parada obligada es, sin duda, Spijkerbar (Kerkstraat, 4), el bar gay más legendario de Ámsterdam, un subsuelo que concentra la evolución del colectivo LGTBIQ+ europeo.

Abrió en octubre de 1983 con la vocación subversiva de todo local pensado para los rechazados de su época: un lugar para hombres de todas las edades y cuerpos, especialmente vestidos de leather o vaqueros, donde cualquiera podía reunirse bajo una decoración, digamos, agitadora (falos metálicos que hacen de tiradores en las puertas; dos televisiones permanentemente encendidas, una con porno y otra, al lado, con clásicos animados de Disney) para tomar algo, conocer gente, jugar al billar o, si se tercia, ir al cuarto oscuro del piso de arriba. Lo impensable ahí fuera, sentirse libre y aceptado a la vez, aquí no solo estaba permitido: estaba incentivado.

Hay que reconocerle a su primer dueño, un hombre llamado Paul, cierta audacia al plantear y mantener el Spijker, aunque durante años fue uno de esos refugios de suelos pegajosos y olores reconcentrados. Así aguantó décadas, sobrevivió al sida, los vaivenes conservadores y la gentrificación. El rechazo se convirtió en tolerancia y la tolerancia, en (relativa) aceptación.

Aquí se celebró la aprobación de la primera ley del matrimonio igualitario del mundo. Aquí se gestó, meses después, el nacimiento de la mítica revista Butt. Se convirtió en memoria emocional de generaciones de holandeses, el templo destartalado de quienes no tenían templo.

Hoy, su vocación inclusiva y tolerante resulta visionaria: es la norma en el colectivo, cuando no modelo de negocio para quienes quieren rentabilizar la bandera del arcoíris. Su defensa del kink en el corazón de la capital es lo que cualquier otro establecimiento desearía recrear.

En 2020, Paul intentó venderle el bar a alguien que lo quería convertir en un local de whiskys de lujo, pero los mismos clientes se rebelaron y lo compraron. Desde entonces, está en manos de Tomas Adamek (quien dejó su trabajo en finanzas por él) y Steven Koudijs (cuya oficina acababa de cerrar), que lo han dejado más o menos intacto.

Prik, ocio para todos los públicos

Si Spijkerbar es un local elevado por la especificidad de su historia y su clientela, Prik (Spuistraat, 109) ofrece, con notable alto, la apuesta contraria: un local espacioso, colorido y amable para cualquiera. No está ligado al sexo ni va dirigido al hombre gay en concreto. Su concepto de la inclusión se extiende a cualquiera dispuesto a convivir con lo más queer del colectivo queer, de ahí que sea uno de los locales más concurridos de la ciudad.

La fiesta que organizan a sus puertas durante cada Orgullo es una de las mayores de Ámsterdam: este año, en el que el World Pride coincide con su 20º aniversario, promete superar las expectativas. No solo hay espacio para las relaciones sociales más allá del sexo, también más allá del alcohol: aquí se alojan rutinariamente noches de juegos de mesa entre personas queer, del grupo ReRoll, el cual también organiza noches orientadas a distintos colectivos por bares de toda la ciudad.

Bunk Amsterdam, noche asequible

El primer paso para sortear los precios abusivos que conlleva un World Pride es alejarse de las trampas turísticas cuyo único aliciente es estar en el centro. Por ejemplo, se puede huir a Bunk Amsterdam (Hagedoornplein, 2), un razonable alojamiento a un par de minutos en ferri (gratuito) de la Estación Central. Su gran logro es que se trata, en realidad, de una iglesia católica de principios del siglo XX, St. Rita, que ha sido reconvertida con éxito en hotel con restaurante, cafetería, biblioteca, estudio de música electrónica, salita para grabar podcasts

Se ha respetado en lo posible la arquitectura original: siguen los ventanales gigantes y arqueados, los portales, los ornamentos de la fachada y los techos altos. Se puede preguntar dónde está el agujero que dejó un proyectil americano la mañana del 17 de julio de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, cuando las fuerzas aliadas bombardearon una fábrica cercana. Por culpa de la niebla, dejaron caer una bomba sobre el techo del edificio y la explosión no provocó grandes daños.

El Bunk ofrece precios razonables (para lo que es Holanda): habitaciones completas a partir de 130 euros la noche y hasta los 240 con todo incluido. Para presupuestos más ajustados, o apuros noctámbulos, cabinas con una cama en su interior, que se pueden alquilar a partir de 65 euros y hasta los 95. Tiene un restaurante abierto ininterrumpidamente desde las 7.30 con varios platos recomendables de un menú que ofrece carnes y pescados ahumados, encurtidos o guisados.

Lellebel y Vrankrijk, fiesta con conciencia

A veces la gracia de un World Pride no es ir al evento más grande, sino localizar las comunidades más interesantes e integrarse un poco. Ahí es donde entra Lellebel (Utrechtsestraat, 4), un minúsculo bar que no podría estar más céntrico (al lado de la plaza Rembrandtplein, el corazón de la primera escena LGTBIQ+ de los cincuenta y sesenta). Regentado por personas trans, tiene un espíritu grupal difícil de resistir: está orientado a la performance drag, hay noches temáticas o de juegos de mesa, donde el rol del cliente va más allá de encadenar copas. Perfecto para sentirse implicado en la escena local y no solo mirarla como un turista. Es el mejor ejemplo de por qué la vida nocturna de la ciudad tiene la fama que tiene de ser abierta de miras y de ir un par de pasos por delante del resto de la sociedad.

Vrankrijk (Spuistraat, 216) es una institución okupa desde 1982, cuando sus ocupantes, nunca mejor dicho, anarquistas, punks o gente LGTBIQ+, empezaron a emplearlo como un espacio para sus reuniones. De ahí derivó en cafetería para la izquierda de la izquierda: hablamos del colectivo, sí, pero de los refugiados LGTBIQ+, no del hombre blanco con trabajo. Cada miércoles es noche queer.

Club Tillatec, Club Church y Club Raum, explosión nocturna

Hay una imagen que suele acompañar el Orgullo de un país a otro: la fiesta masificada con hombres generalmente musculados bailando música electrónica. Si se busca eso, las fiestas del World Pride Festival prometen cumplir esa función satisfactoriamente, pero no de forma tan refinada como otras instituciones nocturnas y contraculturales de la ciudad.

Está la discoteca Tillatec (Dr. Jan van Breemenstraat, 1), un maravilloso edificio brutalista al oeste de Ámsterdam, erigido en 1967. Aquí se celebra, el 1 y 2 de agosto, la fiesta Knit: hay cruising, cuartos oscuros, distintos ambientes de música electrónica…

Solo se accede por invitación, la cual se puede pedir por la web. Si no se consigue, el Club Church (Kerkstraat, 52) tiene una historia mucho más corta (se inauguró en 2008), pero más firmemente orientada a lo LGTBIQ+ y con una experiencia mucho más sólida en mezclar cruising con baile.

Si todo falla, queda el Raum (Humberweg, 3), que combina lo mejor de los dos mundos: una nave industrial de los sesenta que reúne desde hace unos pocos años a quienes confluyen entre las comunidades queer y de música electrónica. Aquí las fiestas pueden durar más de 50 horas: hay que venir entrenado. Pero, claro, hay escenas del World Pride que no son para aficionados.

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