La poesía elegíaca sin drama de Jordi Llavina

Aunque parezca que literariamente Jordi Llavina (Gelida, 1968) haya estado siempre aquí, y siempre como poeta, lo cierto es que no fue hasta el 2005, con 38 años, cuando debutó en el género ganando el premio Ciutat de Mallorca por La corda del gronxador (Moll). Desde entonces ha publicado nueve poemarios más, a menudo ganando otros premios entre los que destaca el Carles Riba 2022 por Un llum que crema (Proa), a los que ahora suma un nuevo título, El test de la flor malva. Poesia 2006-2025 (Pagès), una autoantología que recorre su obra lírica además de un poema inédito dedicado a la memoria de su gran amigo Àlex Susanna.

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 El poeta i crítico literario repasa su carrera poética en la antología ‘El test de la flor malva’  

Aunque parezca que literariamente Jordi Llavina (Gelida, 1968) haya estado siempre aquí, y siempre como poeta, lo cierto es que no fue hasta el 2005, con 38 años, cuando debutó en el género ganando el premio Ciutat de Mallorca por La corda del gronxador (Moll). Desde entonces ha publicado nueve poemarios más, a menudo ganando otros premios entre los que destaca el Carles Riba 2022 por Un llum que crema (Proa), a los que ahora suma un nuevo título, El test de la flor malva. Poesia 2006-2025 (Pagès), una autoantología que recorre su obra lírica además de un poema inédito dedicado a la memoria de su gran amigo Àlex Susanna.

“Es un poema largo que pertenece a un libro que ya tengo escribo, La ferida, con dos grandes ejes, una pérdida amorosa y la pérdida física y real de Àlex, a quien conocí en los años ochenta cuando yo trabajaba de cartero en los veranos”, cuenta Llavina, que en el poema recuerda como “cinco días antes de que se muriera, cuando ya estaba muy disminuido y no tenía fuerzas de nada, me dijo que hablamos poco de la muerte, y tenía toda la razón, porque no hablamos de ella como fenómeno, si no es de la gente que nos ha abandonado”.

Con todo, concede que “la poesía y la filosofía nos preparan para la muerte, para entender que el viaje temporal quizá es menos trágico de lo que nos pensamos. Eros y Tánatos siempre van juntos”. El libro está lleno de poemas de amor, “que es la fuente nutricia de todo lo que vivimos, pero no solo el romántico, sino también el amor de la amistad y el de los hijos, que es incondicional e innegociable. Hay una composición de amores diversos más allá del amor-pasión, que además en mi caso no acaba de ir nunca bien, mientras que en cambio el resto de amores son sólidos y fundamentales”. “No es que yo haya tenido más mala suerte o menos que otros, simplemente lo he vivo de una manera que tiendo a dramatizar las cosas y a no saberlas conservar. Para mí la estabilidad es muy importante, pero no la he tenido nunca; siempre me he sentido muy libre”, asegura.

No evita las contradicciones aparentes, si en un poema afirma que “no hay nada que salvar con un poema” (de Vetlla) y en otro que “la poesía será mi herencia” (en Ermita): “Hay personas que necesitamos la poesía y nos es muy valiosa, porque es una ponderación de la vida, de la belleza y de la verdad, pero la poesía es casi irrelevante, mucho poca gente la lee y menos aún recuerdan un poema de memoria, aunque también puede ser el género que más perdura aunque sea en un simple verso”. Para él, hay que tener claro que la poesía “trata con un material que quiere ser una verdad inquebrantable, pero es ficción”.

“En mi poesía hay sentimiento de vacío, de ausencia y de pérdida, pero siempre hay esperanza”

Para hacer la antología, Llavina afirma que no le ha costado especialmente, “excepto en el caso dos libros que son un poema largo, Vetlla y Ermita, que cuestan de desencuadernar porque son unitarios, como también lo es en cierta manera L’anell, pero allí hay materiales diversos. Creo que ha salido una selección bastante ponderada en la que se ve muy bien diacrónicamente cómo empecé y como voy avanzando”. ¿Ve su autor una evolución? “Hay poetas, como T.S. Eliot, que cambian mucho, pero no es mi caso. Lo que empezaba a decir en el año 2005 es más o menos lo que he ido diciendo después, hay un bajo continuo bastante claro, sin grandes saltos. Creo que es bastante coherente, con una preocupación por la forma y por el léxico, con un cierto prurito por decir las cosas ordenadas. Están los poemas que tienen más peso, porque con diez libros sí he visto que hay cosas más prescindibles que otras”.

“Aunque quizá no soy tan sereno como Francesc Parcerisas, soy un vitalista, con un tono elegiaco que canta lo que se pierde, que es mi cuerda principal, pero ya no hago drama de nada, hay un cierto estoicismo de ver pasar las cosas y aceptar que pasan”, continúa el escritor. “En mi poesía hay sentimiento de vacío, de ausencia y de pérdida, pero, con pocas excepciones, siempre hay esperanza”, añade.

Jordi Llavina, junto a la estatua de Pau Casals, obra de Josep Viladomat, en Barcelona
Jordi Llavina, junto a la estatua de Pau Casals, obra de Josep Viladomat, en BarcelonaAndreu Esteban

Aunque debutó como novelista e incluso ganó el premio Josep Pla con Nitrato de Chile –una novela que rechaza y cree que “se habría tenido que quedar en un cajón, es una chapuza en la que no me reconozco, le tengo una animadversión manifiesta”–, Llavina se siente esencialmente poeta: “Ahora estoy escribiendo dos textos que son novelas, pero mi visión no es la arquitectónica de un novelista, no veo la historia, sino el detalle significativo, aunque me he aventurado en el género y ahora vuelvo a él, y de hecho me gusta mucho escribir prosa no narrativa”.

Después de haber dirigido cinco años el programa radiofónico diario Fum d’estampa en la extinta y añorada Catalunya Cultura y participado en otros espacios de radio y televisión, Llavina volvió a ejercer de profesor de instituto, trabajo que ha compaginado con la crítica literaria y con la escritura, que sigue siendo su gran afán: “Aparte del instituto, que es un trajín constante y el desenfreno permanente, llevo una vida casi eremítica, y estoy deseando jubilarme para estar en silencio casi todo el día y dedicarme a hacer lo que me apetece, que es, en este orden, a leer y escribir, el máximo placer”.

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