La desesperación de la diáspora al otro lado de la frontera: «La gente pide palas, ni los bomberos tienen cómo hacer su trabajo»

Emigrantes venezolanos, frustrados por no poder viajar para ayudar, luchan por conocer la suerte de los suyos en la zona de la catástrofe Leer Emigrantes venezolanos, frustrados por no poder viajar para ayudar, luchan por conocer la suerte de los suyos en la zona de la catástrofe Leer  

Unos voluntarios sacaron el cadáver de su sobrina atrapado bajo los escombros en La Guaira. Pero aún falta localizar los cuerpos de los niños, de 10 y cuatro años. El edificio colapsó y nadie sabe cuántos vecinos quedaron sepultados. En su puesto de café y chucherías de la Plaza Simón Bolívar, en el corazón de Arauca, en Colombia, a casi 900 kilómetros de su tierra natal, Mary soporta la angustia con una entereza y serenidad que ni ella misma comprende de dónde la saca.

«Hay que pedirle a Dios que nos dé resignación porque ¿qué más?», susurra. «Se llamaba Guelbbeli Martínez y tenía 26 años. Mi hermana está inconsolable, viendo cómo pueden llegar a La Guaira para rescatar los restos de los nietos y enterrarlos a todos juntos».

Le cuesta relatar la tragedia. «Uno se desespera aquí, sin poder hacer nada», admite. Y revisa el móvil a cada instante, esperando novedades. «Una de mis tías es médica en Caracas. Me dijo que cuando comenzó a temblar el hospital, pasaron pánico, pero enseguida empezaron a llegar muchos heridos y el servicio colapsó», cuenta. «¿Cómo irán a hacer para enterrar a ese poco (tanta) de gente?».

Emigró a Colombia años atrás, escapando de la miseria de la Venezuela chavista. Se instaló en la capital del departamento de Arauca, del mismo nombre, fronteriza con el estado venezolano de Apure. Aunque querría viajar a La Guaira esta misma semana para abrazar a los suyos y acompañarles en estos trágicos momentos, tendrá que esperar a julio. Compró los billetes de autobús semanas atrás y no se puede permitir perderlos.

A unas manzanas del centro, en el barrio Manrique, a orillas del caudaloso río Arauca, frente al pueblo venezolano de El Amparo, Lenis Lara aguarda novedades de amigos y parientes. «Una prima que está en Perú es la única que pudo comunicarse con la familia, que vive en El Junquito, uno de los lugares afectados. Por ella sabemos que todos están a salvo», le dice a este diario. «Las comunicaciones son muy difíciles, casi imposibles. Comentó que la gente estaba pidiendo palas para levantar escombros, ni siquiera los bomberos tienen con qué hacer su trabajo«, afirma. «No dormí en toda la noche, viendo lo que pasaba, unas imágenes terribles, y ya no quiero ni mirar el celular, me pongo a llorar todo el tiempo».

Dedicada al comercio de ropa con su marido en la Colombia que les acogió cuando tuvieron que buscar nuevos horizontes, sueña con retornar a su patria. Pero teme que las consecuencias económicas de los terremotos, sumadas a la honda crisis de todo orden que ya padecía Venezuela, alejen aún más la fecha del anhelado regreso.

Lenis Lara se queja de que los bomberos no tienen nada para buscar víctimas entre los escombros.
Lenis Lara se queja de que los bomberos no tienen nada para buscar víctimas entre los escombros.S. HERNÁNDEZ-MORA

También Gisela desea volver. Casada y madre de tres niños, lleva 11 años en Arauca, siempre con la esperanza de que llegue el día en que recojan sus cosas y hagan el viaje de vuelta. «Mi mamá vive en Barquisimeto, cerca del aeropuerto y de un barrio que resultó dañado. Dice que fue terrible, una angustia tremenda, se mareó del miedo, pero tuvimos la suerte de poder hablar pronto y saber que ella y mis hermanas, que viven allá, están bien», indica.

Lo mismo ocurre con su familia política, aunque a uno de sus cuñados se le agrietó el piso de arriba abajo y tendrá que dejarlo y buscar acomodo con sus tres hijos en casa de un familiar. «De mis hermanos, uno vive en Curazao, otro en Bogotá y otro en Estados Unidos. Con mi mamá, que tiene 57 años, ha sido imposible hablar, sólo nos ha llegado un mensaje de voz», interviene su marido, que ha sacado adelante a sus retoños como mototaxista.

«Hijo, Dios es grande y generoso y en Él hay que tener fe», se oye la voz de su madre. «Siento gran tristeza y dolor. ¡Ore mucho por su país!», clama la mujer.

«Yo añoro a mi familia, somos muy unidos y nunca he podido volver. De El Amparo a mi pueblo tengo que pasar 50 alcabalas (controles policiales) y en todas te piden dólares. Me costaría unos 600 dólares el viaje, y no tengo esa plata», se queja. Cada mañana se aposta junto al puente internacional, el puesto fronterizo que une a los dos países, en espera de pasajeros. «En Venezuela el dinero que ganaba no alcanzaba para comer, por eso tuvimos que venirnos», recuerda.

La capital araucana, de 90.000 habitantes, ha recibido a unos 50.000 migrantes del país vecino, la mayoría dedicados al rebusque diario. Escogieron ese destino por su proximidad a Venezuela y por tratarse de una provincia acogedora, tranquila, sin apenas delincuencia común, a pesar de haberse estancado por el control que ejerce el ELN (Ejército de Liberación Nacional) en el departamento.

Para los venezolanos entrevistados que ansían instalarse de nuevo en su país, los sismos también frenan las esperanzas depositadas en recobrar la democracia y la prosperidad. Supone un paso atrás, además de hacerles pensar que el Gobierno de Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello robarán los millones de dólares que manden naciones solidarias. «Dice Delcy que van a recuperar la energía, cuando mi familia estaba cansada antes del terremoto de los cortes de luz», critica una emigrante que prefiere omitir su nombre. Y piensan que no pueden atender a los heridos si a los hospitales siempre les ha faltado de todo.

«Nosotros vamos a llevar personalmente lo que recojamos y lo entregaremos a quienes lo necesitan en El Junquito, a media hora de Caracas. Nos dijeron que no les ha llegado nada todavía», señala Esther Molina, más conocida en Venezuela como la madrina de Jackson Barreto, un adolescente al que ella sacó de la calle, adoptó y al que el concurso televisivo La Voz Kids le lanzó a la fama.

Empresaria y muy activa, comenzó la recolección de alimentos y ropa en Arauca. «Nos piden que vayamos nosotros, para que no vaya a quedar en manos de gente que no lo necesita y se aprovecha», señala. Cuenta con el aval de los bomberos de la capital araucana y, a diferencia de otros venezolanos que desconfían de la Guardia Nacional Bolivariana y su costumbre de exigir coimas en cada alcabala, está convencida de que les dejarán pasar sin cobrarles nada.

«Esta catástrofe nos conmueve a todos por igual, tengamos o no víctimas cercanas», insiste Esther. «Hay que dejar de lado las diferencias y unirnos ahora como hermanos».

 Internacional // elmundo

Te Puede Interesar