‘L’albada’, el silencio en tierra de nadie (★★★✩✩)

L’albada ★★★✩✩

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 Lo que llega al espectador es un joven autor embriagado por el efecto teatral de la vileza y el aura romántica de sus antihéroes  

L’albada ★★★✩✩

Autoría: Jaume Viñas

Dirección: Oriol Broggi

Intérpretes: Cristina Arenas, Patrícia Bargalló, Joan Marmaneu, Clara Mir, Noël Olivé, Eduard Paredes, Maria Ribera, Oriol Ruiz Coll, Ismael Sempere, Ramon Vila, Jaume Viñas

Lugar y fecha: Teatre La Biblioteca, Grec’26 (25/VI/2026)

Reunidos de nuevo en La Biblioteca en la prima oficiosa del Festival Grec Barcelona, para acompañar a Alba, una joven estudiante de Historia que, en 1992, entre las fanfarrias olímpicas de Carles Santos, se adentra en la alambicada pesquisa de su identidad. Investigación que comienza en 1936 y avanza y retrocede entre la Guerra Civil, la dictadura y la transición con sus coletazos postfranquistas. Un largo texto de Jaume Viñas que indaga en los silencios de familia. Sepulcros de la verdad mientras campaba la impunidad de los vencedores.

Un retablo de cuarenta personajes repartido entre once intérpretes que transitan como sombras una obra que usa la Historia más próxima para un alambicado rompecabezas casi folletinesco. Quizá aspira al determinismo de la nueva tragedia que ha explorado Wajdi Mouawad, muy querido en este escenario, pero lo que llega al espectador es un joven autor embriagado por el efecto teatral de la vileza y el aura romántica de sus antihéroes. Como un guion hollywoodiense sobre la Guerra Civil, aunque parezca a veces aterrizar en la honestidad de Ken Loach de Tierra y Libertad o de Pau Vinyals en El gegant del Pi .

Oriol Broggi entiende y mima una de las virtudes del texto: la convivencia en un mismo espacio de los muertos y los vivos en un tiempo difuso

A pesar del artificio, Oriol Broggi entiende y mima una de las virtudes del texto: la convivencia en un mismo espacio de los muertos y los vivos en un tiempo difuso en el que las existencias se solapan o duplican. Una cuidada coreografía de transiciones para crear un elegante continuo. Menos conseguidas son las escenas que recrean la violencia explícita. Como casi siempre en nuestro teatro, hay un pudor inexplicable, compartido por intérpretes y directores, que impide que el horror se exprese en su feroz plenitud. Una represión anticlimática que se solventa como un cliché de la maldad que puede conducir, sin buscarlo, a la indiferencia o a la farsa. 

Por el contrario, funcionan muy bien los momentos en los que se impone la intimidad del relato y unos pocos personajes respiran sus historias. Los protagonizados por Noël Olivé, cuando Natàlia (mayor) se abre a la manera de Delibes; Clara Mir, cuando Alba calma su inagotable rabia o Ismael Sempere, cuando su miliciano simplemente comparte la leyenda del gigante de Camprodón.

Pero quizá el mayor reparo que despierta L’albada es su imprecisión. Posee demasiadas licencias históricas para considerarlo un relato documental fiable; su aspiración a tragedia contemporánea se diluye entre los estilemas del thriller y las ligeras escenas costumbristas, que parecen evocar el humor negro de Rafael Azcona (guiño explícito de Broggi) no acaban de entenderse como contrapeso. Y en esta tierra de nadie, con ramalazos hasta el final de la ficción éticamente intensa que cultiva Aaron Soskin, quedan sin responder muchas de las importantes preguntas que Viñas lanza al ruedo de La Biblioteca.

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