Perlas, lentejuelas y jazz en los jardines de Gatsby

Por fin asoma un sarao donde las mesas del bufé halagan el estómago de los convidados: canapés, jamones cocidos con especias, ensaladas de diseños arlequinados, cochinillos recubiertos de hojaldre y pavos dorados en el horno. Un mullido colchón para trasegar galones de alcohol, aunque se supone que todavía impera la ley seca en Estados Unidos (1920-33), incluso en el West Egg, esa península ficticia, la de los nuevos ricos, en la acaudalada Long Island. Las noches de verano se concatenan en una algarabía ininterrumpida en el falso palacete de Jay Gatsby, a cuyos jardines acude una nube de polillas alucinadas que pululan de corrillo en corrillo, “entre los susurros, el champán y las estrellas”. Veladas que proclaman el regocijo de estar vivo.

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 La novela de Scott Fitzgerald captura las noches infinitas de entreguerras y la cornucopia dorada de los años veinte  

Por fin asoma un sarao donde las mesas del bufé halagan el estómago de los convidados: canapés, jamones cocidos con especias, ensaladas de diseños arlequinados, cochinillos recubiertos de hojaldre y pavos dorados en el horno. Un mullido colchón para trasegar galones de alcohol, aunque se supone que todavía impera la ley seca en Estados Unidos (1920-33), incluso en el West Egg, esa península ficticia, la de los nuevos ricos, en la acaudalada Long Island. Las noches de verano se concatenan en una algarabía ininterrumpida en el falso palacete de Jay Gatsby, a cuyos jardines acude una nube de polillas alucinadas que pululan de corrillo en corrillo, “entre los susurros, el champán y las estrellas”. Veladas que proclaman el regocijo de estar vivo.

Qué talento el de Francis Scott Fitzgerald para plasmar el tiempo de su juventud, el de los frenéticos años veinte, desde la cornucopia de oro hasta la Gran Depresión, en una novela que, publicada en 1925, no ha perdido frescura ni aguijón. Un narrador muy poco confiable, Nick Carraway, conduce al lector entre la neblina de dos grandes incógnitas: quién es en realidad el gran Gatsby y si es posible enmendar el pasado. El anfitrión dilapida la hacienda en guateques con la esperanza, lejana y frágil, como la luz verde que parpadea al otro lado de la bahía, de atraer hasta su colmena a Daisy Fay, su mariposa idealizada, con quien mantuvo un romance antes de que la Gran Guerra lo llamara a filas. La juerga bulle y Gatsby la contempla distante, sin mezclarse, como “un melancólico que parece alimentarse de una euforia ajena que no comprende del todo”, escribe Rodrigo Fresán en El pequeño Gatsby. Apuntes para la teoría de una gran novela (Debate).

Perduran dos adaptaciones al cine: la de Robert Redford y la de DiCaprio

Es sábado. La luna está alta. La orquesta ensarta melodías entre risas vacuas y felices que se elevan hacia el cielo veraniego. La mayoría de los huéspedes acude sin invitación y, como no conoce siquiera al anfitrión, enhebra conjeturas en su ausencia: ¿mató a un hombre en el pasado?, ¿se dedicó a espiar para los alemanes?, ¿ganó dinero con el petróleo? Será más adelante, en el capítulo 7, cuando el patán displicente de Tom Buchanan, el marido de Daisy, un violento jugador de polo por más señas, revele que su fortuna procede en gran parte del contrabando de alcohol, del bootlegging .¿Cómo, si no, iba a dar de beber a esa caterva de sedientos? Scott Fitzgerald cronometra el momento idóneo para que Gatsby irrumpa en escena, justo en mitad de la gran fiesta y a través de los ojos de su vecino Carraway, quien se las ingeniará para que el lector se congracie con él. O casi; el narrador está obnubilado.

De las varias adaptaciones al cine que se han filmado de El gran Gatsby , en la memoria perduran sobre todo la que dirigió Jack Clayton (1974), con guion de Francis Ford Coppola y Robert Redford (amén) en el papel protagonista; y la de Baz Luhrmann (2013), con Leonardo DiCaprio como reclamo. En ambas versiones los productores arrojaron la casa por la ventana para rodar la secuencia del party loco: baile desenfrenado, criadas con cofia, limusinas, copas rotas, otra ronda de cócteles, carcajadas y chismorreos, damas peinadas a la garçonne , con diadema y boquilla, cortinajes, decorados y vestuario a todo plan. Pero aunque las dos cintas se esmeran por recrear la atmósfera de opulencia y ambición, dejan un regusto muy distinto. La primera resulta más sutil y elegante en su contención, más fiel a la melodía original, mientras que la interpretación del misterioso Gatsby-Redford permite entrever la soledad que se esconde bajo la cáscara del glamour y el charlestón. 

La banda sonora contiene, además, un delicado detalle: se escucha el murmullo de las ristras de perlas, de las lentejuelas y las cuentas de vidrio, cuando entrechocan entre sí al ritmo de las flappers bailongas, un susurro como de semillas dentro de una maraca.La cinta de Luhrmann, en cambio, quiso arriesgar incluyendo anacrónicas melodías hip-hoperas: un grandioso espectáculo visual, muy acelerado y cinematográfico, desde luego, pero que adolece tal vez de un exceso de pirotecnia. Cuestión de gustos. En esta versión, Gatsby-DiCaprio emerge también más vulnerable, como un niño que estuviese jugando a ser hombre.

No deja de tener su gracia que en ambas películas los directores planten una fuente monumental que no existe en los jardines del magnate; al menos, el texto no la menciona. Los invitados achispados juegan con los chorros ornamentales y chapotean en el agua para refrescarse del bochorno.Puro delirio estival. Pero si hay un elemento acuático que en la novela trasciende cargado de simbolismo, es la piscina de mármol donde Gatsby se da el último baño, con el colchón hinchable al hombro. Los árboles amarillean. La llegada del otoño se intuye en la luz dorada del mediodía. Se solapan las ilusiones rotas, el ocaso del verano y de la juventud, el fin amargo del sueño americano. James Gatz, hijo de campesinos pobres del norte de Dakota, no pertenece a la casta de la careless people , esas gentes desconsideradas que destrozan cosas y personas y luego se refugian detrás de su dinero e insolencia. Se dibuja un tenue círculo rojo en el agua y, unas páginas más adelante, alguien murmurará: “Bienaventurados los muertos sobre los que cae la lluvia”.

 Cultura

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