En un tiempo en el que la inmigración se contempla con recelo y miedo, los monasterios de clausura se han convertido, sin pretenderlo, en un espejo silencioso de la universalidad de la Iglesia y en un ejemplo de convivencia y de futuro en una época especialmente compleja. Hoy, el porvenir de muchos conventos en España depende de vocaciones llegadas de países como Kenia, Colombia, Gambia o Malaui.La adaptación no siempre resulta sencilla. El idioma, la cultura y la distancia pesan. «Cuando llegué no fue fácil», reconoce la hermana María, procedente de Kenia y residente en España desde hace quince años. «Dios nos sacó muy lejos de casa. Él sabe por qué. Estoy segura de que tiene un plan».La falta de vocaciones en España ha hecho que numerosos monasterios de clausura encuentren su relevo en religiosos procedentes de Iberoamérica, Asia y África. Aunque no existen estadísticas oficiales específicas sobre la clausura, la propia Iglesia estima que una de cada cinco religiosas en España es extranjera, una proporción que en muchos monasterios contemplativos es ya significativamente superior.En la actualidad existen 697 monasterios y conventos de vida contemplativa en activo en España, en los que viven 7.664 monjes y monjas de clausura, de los que cerca del 90% son mujeres. Son datos publicados por la Fundación DeClausura, una entidad sin ánimo de lucro cuya misión es dar a conocer la razón de ser, la belleza y la importancia de la vida contemplativa, además de contribuir al sostenimiento de monasterios y conventos.Su labor resulta hoy más necesaria que nunca. El progresivo descenso de las vocaciones , especialmente hacia la vida contemplativa, ha puesto en una situación delicada a numerosas comunidades, muchas de ellas con una media de edad muy elevada y con dificultades para garantizar su continuidad. En apenas unos años, el número de monasterios en España ha seguido disminuyendo, al igual que el de religiosos y religiosas de clausura, una realidad que refleja el profundo cambio que vive la Iglesia en Europa.En este contexto, el apoyo de entidades como la Fundación DeClausura se ha convertido en un elemento fundamental para preservar un patrimonio espiritual, cultural y humano único. Su trabajo no solo ayuda a cubrir necesidades materiales y de conservación de los monasterios, sino que también contribuye a acercar a la sociedad una forma de vida que, desde el silencio y la oración, continúa siendo una parte esencial de la historia y de la identidad de España.El padre Mauro canta el «Cumpleaños feliz» al hermano Freddy en el comedor del monasterio de los Carmelitas de Santiago de Compostela. La imagen social de la clausura continúa cargada de tópicos, pese a películas recientes como ‘Libres’ o ‘Los Domingos’, que han tratado de acercar al gran público una realidad mucho más abierta y humana de lo que habitualmente se imagina.Freddy conoce bien ese contraste. Antes de ingresar en la vida religiosa, era en Colombia un ingeniero de enorme prestigio. Sobre sus hombros recaía la responsabilidad de una de las obras de ingeniería civil más importantes de su país. «Dios me salvó» , afirma con serenidad. «Lo dejé todo por vivir libre y en plenitud».Hoy celebra su 42 cumpleaños rodeado de sus hermanos de comunidad. «Me siento pleno. Feliz. Libre. Porque siento a Dios en todo lo que nos rodea. En cada esquina. En cada persona. Aquí no existen murallas. Las murallas son de fuera hacia dentro, no de dentro hacia afuera».El hermano Mauro, padre y monje carmelita, permanece en oración en el coro del monasterio, uno de los espacios más íntimos de la comunidad. Es allí, entre el silencio y la contemplación, donde asegura encontrar el sentido más profundo de su vocación.«Cuando soy capaz de disfrutar del presente, de vivir el momento sin pensar en el después, es cuando Él se me hace presente, en su inmensidad. En esos momentos de plenitud siempre le encuentro. Y me habla», confiesa.En una sociedad que con frecuencia se acerca a la fe como refugio frente al dolor o la incertidumbre, sorprende escuchar a alguien que afirma encontrar a Dios precisamente en la plenitud. No en la herida, ni en la carencia, sino en la intensidad de un instante vivido con plena conciencia. Para Mauro, Dios no es un recurso de emergencia al que acudir cuando todo falla, sino la presencia que sostiene y ordena cada día. «Cuando aprendes a vivir el presente de verdad, descubres que Dios ya estaba ahí, esperándote», concluye.El mundo parece haber cambiado de dioses: el reconocimiento, el éxito, el dinero. Por eso choca aún más la decisión de consagrar la vida a la clausura. Una palabra que muchos siguen mirando con ojos de otro tiempo, como si hablara de encierro y de huida. «No es así», repiten. Los miles de hombres y mujeres que siguen esta vocación hablan de plenitud y de libertad.«Dios es muy intenso. Cuando quiere algo, te lo hace sentir. Y te lo dice sin tapujos», asegura María Ángeles mientras termina un molde de jabones de glicerina en el laboratorio del monasterio cisterciense de Armenteiras, en Pontevedra. Antes tuvo otra vida. Fue salesiana durante un tiempo, pero no era su camino. Colgó el hábito y regresó a Navarra. Recuperó su piso, dirigía una biblioteca, había comenzado de nuevo. «Un día Dios me habló tan claramente que me desarmó». Se emociona al recordarlo. «Fue tan directo que era imposible decirle que no. Desde entonces descubrí la plenitud».La hermana María toca el órgano de la iglesia del convento de los Dominicos de Lequeitio. Llegó desde Kenia hace quince años y hoy forma parte de la nueva generación de religiosas que ha dado continuidad a una comunidad marcada por el envejecimiento y la falta de vocaciones. Comparte convento con hermanas de otra generación, como sor Benita, natural de Elorrio y treinta y cinco años mayor que ella. Dos trayectorias, dos culturas y dos épocas distintas que conviven bajo una misma vocación.María, al igual que el resto de las hermanas llegadas de Kenia, se ha convertido en una figura imprescindible para el presente y el futuro del convento. Pero su labor trasciende los muros de la clausura. En una localidad como Lequeitio, donde en los últimos años se ha asentado una importante comunidad inmigrante, las religiosas kenianas se han convertido también en un punto de referencia para muchas familias recién llegadas. Les ayudan en sus primeros pasos, les acompañan en su proceso de integración y facilitan su adaptación a la vida cotidiana del municipio. Con el paso del tiempo han dejado de ser «las hermanas que llegaron de África» para convertirse, sencillamente, en parte de la vida de Lequeitio. Gracias a ellas, el convento no solo ha asegurado su continuidad, sino que también ha reforzado su vínculo con una sociedad que, como ellas mismas, continúa transformándose.Las hermanas cistercienses del monasterio de Armenteiras durante la hora de estudio y lectura en el interior de la biblioteca del convento. El monasterio gallego es una de las pocas excepciones a la realidad que viven hoy la mayoría de los conventos de clausura en España. Salvo una de las religiosas, toda la comunidad está formada por hermanas españolas. Aunque varias de ellas han alcanzado ya una edad avanzada, la llegada de nuevas vocaciones ha rejuvenecido la comunidad y garantizado su continuidad.Ese relevo también ha transformado la vida del monasterio. Las hermanas más jóvenes han impulsado nuevos proyectos que han permitido hacerlo económicamente autosuficiente, sin renunciar al ritmo pausado de la vida contemplativa. Al mismo tiempo, han conseguido abrir una ventana hacia el exterior. Cada año reciben a decenas de personas que participan en sus momentos de oración o encuentran en la hospedería un lugar de silencio, descanso y reflexión. En Armenteiras, la clausura no se vive como una frontera , sino como un espacio de acogida que demuestra que también es posible mirar al futuro sin perder la esencia de una tradición con siglos de historia. En un tiempo en el que la inmigración se contempla con recelo y miedo, los monasterios de clausura se han convertido, sin pretenderlo, en un espejo silencioso de la universalidad de la Iglesia y en un ejemplo de convivencia y de futuro en una época especialmente compleja. Hoy, el porvenir de muchos conventos en España depende de vocaciones llegadas de países como Kenia, Colombia, Gambia o Malaui.La adaptación no siempre resulta sencilla. El idioma, la cultura y la distancia pesan. «Cuando llegué no fue fácil», reconoce la hermana María, procedente de Kenia y residente en España desde hace quince años. «Dios nos sacó muy lejos de casa. Él sabe por qué. Estoy segura de que tiene un plan».La falta de vocaciones en España ha hecho que numerosos monasterios de clausura encuentren su relevo en religiosos procedentes de Iberoamérica, Asia y África. Aunque no existen estadísticas oficiales específicas sobre la clausura, la propia Iglesia estima que una de cada cinco religiosas en España es extranjera, una proporción que en muchos monasterios contemplativos es ya significativamente superior.En la actualidad existen 697 monasterios y conventos de vida contemplativa en activo en España, en los que viven 7.664 monjes y monjas de clausura, de los que cerca del 90% son mujeres. Son datos publicados por la Fundación DeClausura, una entidad sin ánimo de lucro cuya misión es dar a conocer la razón de ser, la belleza y la importancia de la vida contemplativa, además de contribuir al sostenimiento de monasterios y conventos.Su labor resulta hoy más necesaria que nunca. El progresivo descenso de las vocaciones , especialmente hacia la vida contemplativa, ha puesto en una situación delicada a numerosas comunidades, muchas de ellas con una media de edad muy elevada y con dificultades para garantizar su continuidad. En apenas unos años, el número de monasterios en España ha seguido disminuyendo, al igual que el de religiosos y religiosas de clausura, una realidad que refleja el profundo cambio que vive la Iglesia en Europa.En este contexto, el apoyo de entidades como la Fundación DeClausura se ha convertido en un elemento fundamental para preservar un patrimonio espiritual, cultural y humano único. Su trabajo no solo ayuda a cubrir necesidades materiales y de conservación de los monasterios, sino que también contribuye a acercar a la sociedad una forma de vida que, desde el silencio y la oración, continúa siendo una parte esencial de la historia y de la identidad de España.El padre Mauro canta el «Cumpleaños feliz» al hermano Freddy en el comedor del monasterio de los Carmelitas de Santiago de Compostela. La imagen social de la clausura continúa cargada de tópicos, pese a películas recientes como ‘Libres’ o ‘Los Domingos’, que han tratado de acercar al gran público una realidad mucho más abierta y humana de lo que habitualmente se imagina.Freddy conoce bien ese contraste. Antes de ingresar en la vida religiosa, era en Colombia un ingeniero de enorme prestigio. Sobre sus hombros recaía la responsabilidad de una de las obras de ingeniería civil más importantes de su país. «Dios me salvó» , afirma con serenidad. «Lo dejé todo por vivir libre y en plenitud».Hoy celebra su 42 cumpleaños rodeado de sus hermanos de comunidad. «Me siento pleno. Feliz. Libre. Porque siento a Dios en todo lo que nos rodea. En cada esquina. En cada persona. Aquí no existen murallas. Las murallas son de fuera hacia dentro, no de dentro hacia afuera».El hermano Mauro, padre y monje carmelita, permanece en oración en el coro del monasterio, uno de los espacios más íntimos de la comunidad. Es allí, entre el silencio y la contemplación, donde asegura encontrar el sentido más profundo de su vocación.«Cuando soy capaz de disfrutar del presente, de vivir el momento sin pensar en el después, es cuando Él se me hace presente, en su inmensidad. En esos momentos de plenitud siempre le encuentro. Y me habla», confiesa.En una sociedad que con frecuencia se acerca a la fe como refugio frente al dolor o la incertidumbre, sorprende escuchar a alguien que afirma encontrar a Dios precisamente en la plenitud. No en la herida, ni en la carencia, sino en la intensidad de un instante vivido con plena conciencia. Para Mauro, Dios no es un recurso de emergencia al que acudir cuando todo falla, sino la presencia que sostiene y ordena cada día. «Cuando aprendes a vivir el presente de verdad, descubres que Dios ya estaba ahí, esperándote», concluye.El mundo parece haber cambiado de dioses: el reconocimiento, el éxito, el dinero. Por eso choca aún más la decisión de consagrar la vida a la clausura. Una palabra que muchos siguen mirando con ojos de otro tiempo, como si hablara de encierro y de huida. «No es así», repiten. Los miles de hombres y mujeres que siguen esta vocación hablan de plenitud y de libertad.«Dios es muy intenso. Cuando quiere algo, te lo hace sentir. Y te lo dice sin tapujos», asegura María Ángeles mientras termina un molde de jabones de glicerina en el laboratorio del monasterio cisterciense de Armenteiras, en Pontevedra. Antes tuvo otra vida. Fue salesiana durante un tiempo, pero no era su camino. Colgó el hábito y regresó a Navarra. Recuperó su piso, dirigía una biblioteca, había comenzado de nuevo. «Un día Dios me habló tan claramente que me desarmó». Se emociona al recordarlo. «Fue tan directo que era imposible decirle que no. Desde entonces descubrí la plenitud».La hermana María toca el órgano de la iglesia del convento de los Dominicos de Lequeitio. Llegó desde Kenia hace quince años y hoy forma parte de la nueva generación de religiosas que ha dado continuidad a una comunidad marcada por el envejecimiento y la falta de vocaciones. Comparte convento con hermanas de otra generación, como sor Benita, natural de Elorrio y treinta y cinco años mayor que ella. Dos trayectorias, dos culturas y dos épocas distintas que conviven bajo una misma vocación.María, al igual que el resto de las hermanas llegadas de Kenia, se ha convertido en una figura imprescindible para el presente y el futuro del convento. Pero su labor trasciende los muros de la clausura. En una localidad como Lequeitio, donde en los últimos años se ha asentado una importante comunidad inmigrante, las religiosas kenianas se han convertido también en un punto de referencia para muchas familias recién llegadas. Les ayudan en sus primeros pasos, les acompañan en su proceso de integración y facilitan su adaptación a la vida cotidiana del municipio. Con el paso del tiempo han dejado de ser «las hermanas que llegaron de África» para convertirse, sencillamente, en parte de la vida de Lequeitio. Gracias a ellas, el convento no solo ha asegurado su continuidad, sino que también ha reforzado su vínculo con una sociedad que, como ellas mismas, continúa transformándose.Las hermanas cistercienses del monasterio de Armenteiras durante la hora de estudio y lectura en el interior de la biblioteca del convento. El monasterio gallego es una de las pocas excepciones a la realidad que viven hoy la mayoría de los conventos de clausura en España. Salvo una de las religiosas, toda la comunidad está formada por hermanas españolas. Aunque varias de ellas han alcanzado ya una edad avanzada, la llegada de nuevas vocaciones ha rejuvenecido la comunidad y garantizado su continuidad.Ese relevo también ha transformado la vida del monasterio. Las hermanas más jóvenes han impulsado nuevos proyectos que han permitido hacerlo económicamente autosuficiente, sin renunciar al ritmo pausado de la vida contemplativa. Al mismo tiempo, han conseguido abrir una ventana hacia el exterior. Cada año reciben a decenas de personas que participan en sus momentos de oración o encuentran en la hospedería un lugar de silencio, descanso y reflexión. En Armenteiras, la clausura no se vive como una frontera , sino como un espacio de acogida que demuestra que también es posible mirar al futuro sin perder la esencia de una tradición con siglos de historia. En un tiempo en el que la inmigración se contempla con recelo y miedo, los monasterios de clausura se han convertido, sin pretenderlo, en un espejo silencioso de la universalidad de la Iglesia y en un ejemplo de convivencia y de futuro en una época especialmente compleja. Hoy, el porvenir de muchos conventos en España depende de vocaciones llegadas de países como Kenia, Colombia, Gambia o Malaui.La adaptación no siempre resulta sencilla. El idioma, la cultura y la distancia pesan. «Cuando llegué no fue fácil», reconoce la hermana María, procedente de Kenia y residente en España desde hace quince años. «Dios nos sacó muy lejos de casa. Él sabe por qué. Estoy segura de que tiene un plan».La falta de vocaciones en España ha hecho que numerosos monasterios de clausura encuentren su relevo en religiosos procedentes de Iberoamérica, Asia y África. Aunque no existen estadísticas oficiales específicas sobre la clausura, la propia Iglesia estima que una de cada cinco religiosas en España es extranjera, una proporción que en muchos monasterios contemplativos es ya significativamente superior.En la actualidad existen 697 monasterios y conventos de vida contemplativa en activo en España, en los que viven 7.664 monjes y monjas de clausura, de los que cerca del 90% son mujeres. Son datos publicados por la Fundación DeClausura, una entidad sin ánimo de lucro cuya misión es dar a conocer la razón de ser, la belleza y la importancia de la vida contemplativa, además de contribuir al sostenimiento de monasterios y conventos.Su labor resulta hoy más necesaria que nunca. El progresivo descenso de las vocaciones , especialmente hacia la vida contemplativa, ha puesto en una situación delicada a numerosas comunidades, muchas de ellas con una media de edad muy elevada y con dificultades para garantizar su continuidad. En apenas unos años, el número de monasterios en España ha seguido disminuyendo, al igual que el de religiosos y religiosas de clausura, una realidad que refleja el profundo cambio que vive la Iglesia en Europa.En este contexto, el apoyo de entidades como la Fundación DeClausura se ha convertido en un elemento fundamental para preservar un patrimonio espiritual, cultural y humano único. Su trabajo no solo ayuda a cubrir necesidades materiales y de conservación de los monasterios, sino que también contribuye a acercar a la sociedad una forma de vida que, desde el silencio y la oración, continúa siendo una parte esencial de la historia y de la identidad de España.El padre Mauro canta el «Cumpleaños feliz» al hermano Freddy en el comedor del monasterio de los Carmelitas de Santiago de Compostela. La imagen social de la clausura continúa cargada de tópicos, pese a películas recientes como ‘Libres’ o ‘Los Domingos’, que han tratado de acercar al gran público una realidad mucho más abierta y humana de lo que habitualmente se imagina.Freddy conoce bien ese contraste. Antes de ingresar en la vida religiosa, era en Colombia un ingeniero de enorme prestigio. Sobre sus hombros recaía la responsabilidad de una de las obras de ingeniería civil más importantes de su país. «Dios me salvó» , afirma con serenidad. «Lo dejé todo por vivir libre y en plenitud».Hoy celebra su 42 cumpleaños rodeado de sus hermanos de comunidad. «Me siento pleno. Feliz. Libre. Porque siento a Dios en todo lo que nos rodea. En cada esquina. En cada persona. Aquí no existen murallas. Las murallas son de fuera hacia dentro, no de dentro hacia afuera».El hermano Mauro, padre y monje carmelita, permanece en oración en el coro del monasterio, uno de los espacios más íntimos de la comunidad. Es allí, entre el silencio y la contemplación, donde asegura encontrar el sentido más profundo de su vocación.«Cuando soy capaz de disfrutar del presente, de vivir el momento sin pensar en el después, es cuando Él se me hace presente, en su inmensidad. En esos momentos de plenitud siempre le encuentro. Y me habla», confiesa.En una sociedad que con frecuencia se acerca a la fe como refugio frente al dolor o la incertidumbre, sorprende escuchar a alguien que afirma encontrar a Dios precisamente en la plenitud. No en la herida, ni en la carencia, sino en la intensidad de un instante vivido con plena conciencia. Para Mauro, Dios no es un recurso de emergencia al que acudir cuando todo falla, sino la presencia que sostiene y ordena cada día. «Cuando aprendes a vivir el presente de verdad, descubres que Dios ya estaba ahí, esperándote», concluye.El mundo parece haber cambiado de dioses: el reconocimiento, el éxito, el dinero. Por eso choca aún más la decisión de consagrar la vida a la clausura. Una palabra que muchos siguen mirando con ojos de otro tiempo, como si hablara de encierro y de huida. «No es así», repiten. Los miles de hombres y mujeres que siguen esta vocación hablan de plenitud y de libertad.«Dios es muy intenso. Cuando quiere algo, te lo hace sentir. Y te lo dice sin tapujos», asegura María Ángeles mientras termina un molde de jabones de glicerina en el laboratorio del monasterio cisterciense de Armenteiras, en Pontevedra. Antes tuvo otra vida. Fue salesiana durante un tiempo, pero no era su camino. Colgó el hábito y regresó a Navarra. Recuperó su piso, dirigía una biblioteca, había comenzado de nuevo. «Un día Dios me habló tan claramente que me desarmó». Se emociona al recordarlo. «Fue tan directo que era imposible decirle que no. Desde entonces descubrí la plenitud».La hermana María toca el órgano de la iglesia del convento de los Dominicos de Lequeitio. Llegó desde Kenia hace quince años y hoy forma parte de la nueva generación de religiosas que ha dado continuidad a una comunidad marcada por el envejecimiento y la falta de vocaciones. Comparte convento con hermanas de otra generación, como sor Benita, natural de Elorrio y treinta y cinco años mayor que ella. Dos trayectorias, dos culturas y dos épocas distintas que conviven bajo una misma vocación.María, al igual que el resto de las hermanas llegadas de Kenia, se ha convertido en una figura imprescindible para el presente y el futuro del convento. Pero su labor trasciende los muros de la clausura. En una localidad como Lequeitio, donde en los últimos años se ha asentado una importante comunidad inmigrante, las religiosas kenianas se han convertido también en un punto de referencia para muchas familias recién llegadas. Les ayudan en sus primeros pasos, les acompañan en su proceso de integración y facilitan su adaptación a la vida cotidiana del municipio. Con el paso del tiempo han dejado de ser «las hermanas que llegaron de África» para convertirse, sencillamente, en parte de la vida de Lequeitio. Gracias a ellas, el convento no solo ha asegurado su continuidad, sino que también ha reforzado su vínculo con una sociedad que, como ellas mismas, continúa transformándose.Las hermanas cistercienses del monasterio de Armenteiras durante la hora de estudio y lectura en el interior de la biblioteca del convento. El monasterio gallego es una de las pocas excepciones a la realidad que viven hoy la mayoría de los conventos de clausura en España. Salvo una de las religiosas, toda la comunidad está formada por hermanas españolas. Aunque varias de ellas han alcanzado ya una edad avanzada, la llegada de nuevas vocaciones ha rejuvenecido la comunidad y garantizado su continuidad.Ese relevo también ha transformado la vida del monasterio. Las hermanas más jóvenes han impulsado nuevos proyectos que han permitido hacerlo económicamente autosuficiente, sin renunciar al ritmo pausado de la vida contemplativa. Al mismo tiempo, han conseguido abrir una ventana hacia el exterior. Cada año reciben a decenas de personas que participan en sus momentos de oración o encuentran en la hospedería un lugar de silencio, descanso y reflexión. En Armenteiras, la clausura no se vive como una frontera , sino como un espacio de acogida que demuestra que también es posible mirar al futuro sin perder la esencia de una tradición con siglos de historia. RSS de noticias de sociedad
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