Jóvenes en la periferia social y transición ecológica

El Gobierno de España cuenta con la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia, un espacio valioso integrado por científicos y pensadores de la élite intelectual cuyo lema es ‘Miramos al futuro para cambiar el presente‘. Celebramos su existencia, pero consideramos urgente diversificar el diagnóstico y los escenarios de futuro. Para conectar con los jóvenes de clases populares, el ejercicio requiere a veces la mirada inversa: comprender cómo miran al pasado para intentar dotar de sentido el presente.

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 Aunque las nuevas generaciones no llegaron a vivir el esplendor industrial, han heredado una profunda nostalgia que corre el riesgo de transformarse en un resentimiento peligroso para la cohesión democrática  

El Gobierno de España cuenta con la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia, un espacio valioso integrado por científicos y pensadores de la élite intelectual cuyo lema es ‘Miramos al futuro para cambiar el presente‘. Celebramos su existencia, pero consideramos urgente diversificar el diagnóstico y los escenarios de futuro. Para conectar con los jóvenes de clases populares, el ejercicio requiere a veces la mirada inversa: comprender cómo miran al pasado para intentar dotar de sentido el presente.

​Esta dinámica se manifiesta de forma nítida en la investigación social cualitativa, por ejemplo, al abordar la transición ecológica. Mientras el discurso institucional habla de descarbonización, para las clases populares este proceso se percibe a menudo como la desarticulación de la vieja sociedad industrial —aquella donde el trabajo, la familia y el barrio ofrecían certezas y un rol claro— en favor de un modelo cosmopolita que los excluye. Aunque las nuevas generaciones no llegaron a vivir ese esplendor industrial, han heredado una profunda nostalgia que, en ausencia de alternativas, corre el riesgo de transformarse en un resentimiento peligroso para la cohesión democrática.

​Por ello, es prioritario complementar la labor de los comités de expertos con una inmersión en la realidad cualitativa del territorio. Es necesario salir de las burbujas académicas y urbanas para entender las expectativas de una juventud que se está quedando al margen de la economía del conocimiento, y que plantea demandas legítimas sobre el futuro de los oficios técnicos, el acceso a la vivienda o las condiciones para crear una familia.

​Los datos electorales muestran un desplazamiento de estos sectores hacia opciones de extrema derecha, donde encuentran una vía de expresión de su malestar y demanda de reconocimiento. No es un fenómeno fortuito: son jóvenes que han dejado de creer en la educación como garantía de movilidad social al observar la precariedad de quienes los preceden. Sus padres y abuelos fueron soldadores, electricistas, mecánicos o comerciantes; sus madres y abuelas fueron amas de casa, comerciantes, tejedoras o telefonistas, figuras con un fuerte arraigo e identidad comunitaria.

Hoy, se extiende la percepción de que el tejido productivo tradicional se estrecha. El acceso a empleos de aprendizaje o sectores manufactureros es cada vez más restrictivo, y las energías renovables, aunque necesarias y aparentemente abundantes, no consiguen sustituir el volumen de empleo local que sostenía a las cuencas mineras o industriales. No es que el ascensor social se haya roto; es que sienten que se han caído por el hueco que la propia reconversión ha dejado desatendido.

​Como señala la empresaria y escritora María Álvarez, se ha producido un giro sistémico: hemos pasado de “un mundo donde los camareros soñaban con que sus hijos fueran abogados, a otro donde los abogados temen que los suyos terminen de camareros”. Ante las expectativas frustradas y la percepción de un mundo que mengua, emerge el agravio comparativo. Ese malestar se convierte en el caldo de cultivo idóneo para discursos populistas que canalizan la frustración hacia la culpabilización de otros colectivos.

​Para abordar la brecha cultural, necesitamos ensayar nuevas formas de democracia con jóvenes de clases populares. Por ejemplo, un órgano estatal y consultivo exclusivamente formado por jóvenes sin estudios universitarios y con trabajos de baja cualificación, nuevas formas de gestión público-comunitaria de equipamientos municipales y escuelas-taller para promover oficios del futuro. Una democracia compleja que integre nuevas voces, miradas, acciones en las políticas públicas; no mediante el simple recuento de votos, sino a través del debate, el emprendimiento, la gestión compartida.

Se trata de enriquecer el debate democrático haciendo partícipes a estos jóvenes sobre su futuro. ¿Cuáles serán los oficios ‘con las manos‘ de la economía creativa o postmaterial? ¿Qué cultura y formas de encuentro pueden enriquecer los equipamientos públicos con su liderazgo? ¿Qué es España y cómo generar nuevas formas de pertenencia y arraigo? Son preguntas que debemos abordar con ellos y ellas. Los equipamientos y los comercios de barrio son ya una red de lugares de proximidad, distribuidos por el territorio, que permiten acercar la escucha, el diálogo, proyectos piloto… Falta darle un giro a cómo vemos y gestionamos estos tesoros para la democracia.

El reto no consiste en diseñar políticas para la juventud desde despachos climatizados, sino en articular espacios con ellos y ellas. Ignorar esta premisa perpetúa una peligrosa desconexión: la de una juventud periférica que no se siente representada por el enfoque de la transición ecológica y digital ni por la retórica de la resiliencia urbana. Cuando las instituciones se limitan a sensibilizar a estos grupos sociales y fiscalizar sus conductas en lugar de canalizar sus potencialidades, el contrato social se quiebra. En una suerte de pedagogía inversa, en lugar de educar y convencer, hay que escuchar y contar con quien no suele formar parte de estos debates. Democratizar el futuro implica, necesariamente, negociar y legitimar intereses a veces contrapuestos, transformando el agravio en participación.

​Mientras la atención pública se dispersa en debates coyunturales, urge tender puentes con los hijos de la sociedad industrial. Hablamos de una generación que no encuentra anclajes vitales: ni en la vivienda, ni en el empleo, ni en las instituciones tradicionales. Ante ese vacío, el refugio en un pasado idealizado es una respuesta lógica, pero destructiva si desde el ámbito público solo reciben estigma o indiferencia.

 Sociedad en EL PAÍS

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