La mañana de un 21 de abril de hace diez años encontraron inerte, en el elevador de su casa, a Prince. Calcularon que llevaba seis horas muerto. Una sobredosis accidental lo había matado a los 57 años. Fentanilo obtenido por receta médica a nombre de terceros. Murió sin testar probablemente porque creyó que era inmortal. Tres semanas después del óbito, más de setecientas personas pretendían ser parientes suyos y herederos, claro. Al parecer, en este tipo de historias americanas, los reyes y los príncipes siempre mueren locos y solos. Como Elvis Presley o Michael Jackson.
El artista, fallecido a causa de una sobredosis accidental a los 57 años, recupera su popularidad en la era de TikTok
La mañana de un 21 de abril de hace diez años encontraron inerte, en el elevador de su casa, a Prince. Calcularon que llevaba seis horas muerto. Una sobredosis accidental lo había matado a los 57 años. Fentanilo obtenido por receta médica a nombre de terceros. Murió sin testar probablemente porque creyó que era inmortal. Tres semanas después del óbito, más de setecientas personas pretendían ser parientes suyos y herederos, claro. Al parecer, en este tipo de historias americanas, los reyes y los príncipes siempre mueren locos y solos. Como Elvis Presley o Michael Jackson.

Para nada es casual. La fama y la notoriedad absoluta, la bestia –nosotros, el sistema, la ritualidad de los mitos nihilista– que los hace ídolos los aísla y aleja del mundo ordinario, encerrándolos en lo extraordinario de fuentes de las que mana Pepsi-cola, niños que giran en tiovivos en Neverland o paranoias místicas y sexuales, esclavizados a calmantes y euforizantes, elixires de eternas juventudes, la propia estupidez de lo banal y la competitividad homicida. Acaban idiotas, persiguiendo fantasmas, estafados por mediocres, medicados por asesinos.
Era el mejor de todos, un compendio de música negra, de rock crujiente, psicodelia, azúcar y sal
Esta época nuestra de TikTok y mensajes breves ha devuelto a la popularidad y el reconocimiento a Prince Rogers Nelson (Minneapolis, 1958-Chanhassen, 2016). Da igual la modalidad que busquemos en redes. En todas es o parece ser el mejor. Solo le faltó saber tocar mal la batería para ser The Beatles, porque cuando le daba la gana era John, Paul o George o todos a la vez. También admitía la mutación en Jimi Hendrix, Sly Stone, Miles Davis, Stevie Wonder, James Brown, la Motown entera, la British Invasion y cualquier guitarrista, compositor o cantante que se le antojara. Era más completo que cualquiera en el uno contra uno, y a la vez, resultaba un Villano Marvel difícil de vencer si se le atacaba en grupo.

Era un compendio de música negra, de rock crujiente, psicodelia, azúcar y sal. Arrojo, flecha en la diana, comercialidad marciana, porque te podía convertir en éxito popular propuestas rítmicas que eran casi experimentales – When doves cry , Sign of the times , Kiss , Alphabet Street -, y parecía estar siempre dos metros por delante de los demás y se sacaba sin parar canciones de un baúl sin fondo.
Le faltó drama, sentimientos humanos, sentido del humor y complicidad con un público del que solo quería adulación y pasta
Le faltó drama, sentimientos humanos, sentido del humor y complicidad con un público del que solo quería adulación y pasta. Amaba la música que parecía ser solo una cuestión entre Dios y él. Y se enfrentó a toda la industria discográfica, a internet, a sus propios fans, convirtiéndose por décadas en un paria, sacando discos semana sí, semana no, quitándose y cambiándose el nombre de Prince por símbolos y viceversa. Pero en los ochenta fue el único material competitivo que podía medirse a un Michael Jackson sin frenos. Pero si Jacko presentaba una trilogía inmaculada en una década – Off the wall (1979), Thriller (1982) y Bad (1987)– antes de volverse pirado, meme y fiambre, Prince encadenó tres trilogías –desde Prince (1979) hasta Lovesexy (1988)– absolutamente magistrales.
En contra suyo, en la competición por el reino del Pop, Prince tenía que era un obseso del sexo, adicto al onanismo, saunas y noches añadiendo posturas al Kama Sutra mientras que a Jackson una noche que le da por acompañar a una chica a casa, le resucitan los muertos, en prime time. Es cierto que también a Prince la cabeza –que nunca la tuvo ni regular– se le giró como un calcetín, recluido en su reino de Paisley Park, haciendo compulsivamente música sin autocrítica y esperando volver a reinar sobre la Tierra, como si los terrícolas aún estuviéramos en 1990.
Abordó todo el espectro de la música blanca y negra –hard rock, pop, jazz, psicodelia, funk, rap, balada– sin ser nunca impostor o paseante
David Bowie dijo de Prince que los ochenta le pertenecían y él sabía de lo que hablaba, pues los setenta fueron suyos. Prince no solo era un multinstrumentista portentoso sino que tenía talento compositivo –melódico, rítmico, vanguardista y comercial–, una puesta en escena magnética y unos directos apabullantes –también compitió con Springsteen en sudorosos shows de más de tres horas– con bandas extravagantes y virtuosas. Nadie adquiría más importancia que él sobre el escenario o el estudio, pero nadie desentonaba en el universo musical Prince. Abordó todo el espectro de la música blanca y negra –hard rock, pop, jazz, psicodelia, funk, rap, balada– sin ser nunca impostor o paseante. Sus videos hipnóticos, horteras, sexuales y narcisistas también tuvieron hueco en nuestro corazón de la MTV de aquellos años.

Como orientación para conocer la música de este genio de 40 kilos y metro y medio, señalar que fue dando señales de su abordaje al éxito desde su primer disco, pero no sería hasta Purple rain (1985) que reventó la banca con ese disco perfecto. Antes, Prince (1978) o 1999 (1982) ya contenían un montón de buenas noticias. Después del disco y película púrpura, siguieron Around the world in a day (1986) y Parade (1987) hasta que se marcó otro ovni perfecto en formato doble: Sign of the times (1987). Después Lovesexy (1988) y su dopplegänger negro, The Black álbum (1987), así como la banda sonora del Batman de Tim Burton –que a priori iba a ser medio disco suyo y medio de Michael Jackson–. En los noventa, indolencia y talento ( Diamonds & Pearls , Love symbol ) para alargar el destierro de la industria y el mundo terrenal, y lúcido hasta que, cuando entrega su último gran trabajo ( Hit’n Run Phase Two ) en el 2016, se nos muere en un elevador de su mansión.
En su contra tenía que era un obseso del sexo, adicto al onanismo, saunas y noches añadiendo posturas al Kama Sutra
Pero para terminar y como muestra de su falta de respeto, talento, locura y arrogancia, échenle un vistazo al solo de While my guitar gently weeps del Harrison beatle, en los morros de Tom Petty, Jeff Lynne, Stevie Winwood y demás a los que nos les queda más que hacerle de banda de acompañamiento. Y él, desapareciendo después, sin darles las gracias, debajo de un sombrero a juego con la camisa, rojos los dos.
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