Europa busca abrir una nueva era de los antibióticos 80 años después de la producción industrial de la penicilina

En 1946, en una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial, una pequeña cervecera abandonada en un valle del Tirol austríaco fue reconvertida en una fábrica de antibióticos. Michel Rambaud, químico y oficial francés de las fuerzas aliadas de ocupación, ideó el proyecto basándose en el hecho de que la fermentación con la que las levaduras producen cerveza es, en esencia, el mismo proceso que desarrollan los hongos Penicillium al sintetizar el principio activo de estos fármacos. El cambio de uso de las instalaciones abrió una nueva era: el inicio de la producción industrial de la penicilina permitió salvar millones de vidas y el continente vivió una vertiginosa recuperación económica impulsada en buena parte por sectores como el farmacéutico.

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 La planta de Sandoz en Kundl abrió en 1946 la era de la fabricación en masa de estos fármacos, hoy en riesgo en el continente por los bajos precios de la competencia asiática  

En 1946, en una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial, una pequeña cervecera abandonada en un valle del Tirol austríaco fue reconvertida en una fábrica de antibióticos. Michel Rambaud, químico y oficial francés de las fuerzas aliadas de ocupación, ideó el proyecto basándose en el hecho de que la fermentación con la que las levaduras producen cerveza es, en esencia, el mismo proceso que desarrollan los hongos Penicillium al sintetizar el principio activo de estos fármacos. El cambio de uso de las instalaciones abrió una nueva era: el inicio de la producción industrial de la penicilina permitió salvar millones de vidas y el continente vivió una vertiginosa recuperación económica impulsada en buena parte por sectores como el farmacéutico.

Ocho décadas más tarde, la fábrica de Sandoz en Kundl, situada a 130 kilómetros al oeste de Salzburgo, ilustra la nueva disyuntiva histórica a la que se enfrenta la Unión Europea. La apuesta por el libre mercado que ha guiado las políticas del continente ha acabado por trasladar masivamente la producción de medicamentos a Asia y la dependencia de las importaciones —más baratas, pero a menudo con cadenas de suministro frágiles— ha tenido como resultado crisis como los problemas de suministro vividos en la pandemia y la escasez de antibióticos pediátricos hace tres inviernos.

“Este es el último gran centro de fabricación de antibióticos integrado verticalmente en Europa occidental. Controlamos todo el proceso, desde el ingrediente activo [producido por cepas de Penicillium], hasta el producto final. Si esta planta desaparece, una vez que se haya ido será para siempre», alerta Richard Saynor, el máximo ejecutivo de la farmacéutica, especializada en genéricos y biosimilares.

El CEO de la compañía atiende a EL PAÍS en las instalaciones de Kundl el día que se celebra el acto con el que la compañía celebró el pasado jueves el 80º aniversario de la fábrica, al que ha sido invitado este diario. El mensaje que Sandoz y el resto del sector vienen lanzando desde hace años es claro: o los gobiernos están dispuestos a pagar más por los medicamentos cuya patente ha expirado —y hacen así viable su producción en el continente— o Europa se arriesga a perder para siempre la autonomía estratégica de un bien clave para la salud de los ciudadanos.

Jaume Puig Junoy, profesor de la UPF Barcelona School of Management y académico de referencia en el sector, admite que el debate es de enorme calado y sin soluciones sencillas en el horizonte: “Ser más independientes es un objetivo deseable. Pero tiene grandes repercusiones en políticas clave como las industriales, la sostenibilidad de los sistemas sanitarios, los sistemas de compra, las leyes de libre mercado y competencia… Si queremos mantener estos pilares y, a la vez, justificar ayudas públicas y el fomento de la producción local, estamos ante objetivos aparentemente contradictorios. Y resulta muy complejo definir bajo qué criterios hacerlos compatibles y en qué condiciones”.

Hay un ejemplo que Saynor y otras empresas utilizan de forma recurrente: hoy resulta más barato comprar en la farmacia un medicamento genérico esencial para el paciente que tomar un café en una terraza. “Invertimos cientos de millones en instalaciones para que estos productos se sigan fabricando aquí y, sin embargo, los gobiernos solo quieren gastar céntimos de euro para comprar más barato. Son dos cosas incompatibles a largo plazo”, lamenta. El ejemplo de Roche, que ha cerrado sus históricas líneas de producción en Basilea (Suiza) para sustituirlas por oficinas y laboratorios de investigación, es el episodio más reciente de la “fuga silenciosa” de la fabricación en suelo europeo.

Las diferencias en la legislación laboral y medioambiental, así como el coste de la energía, son las principales razones que explican que producir una caja de amoxicilina en Europa sea sustancialmente más caro que comprarla en Asia. Aunque las compañías no ofrecen datos concretos, los porcentajes manejados por el sector van del 20% al 40%, en algunos casos, incluso más. La nueva Directiva de Aguas Residuales de la UE, que bajo el principio de “quien contamina, paga” carga sobre las farmacéuticas gran parte del coste de los nuevos sistemas de depuración, es la última iniciativa que enfurece al sector. Este, además, apunta a los “subsidios estatales” con los que China inunda el mercado con materias primas baratas que luego India procesa y vende a Europa como principios activos frente a los que la industria del continente apenas puede competir.

Beatriz González López-Valcárcel, especialista en Economía de la Salud y catedrática en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, describe cómo estas diferencias llevan a la cuestión clave: “La competencia hace que los precios de antibióticos y otros medicamentos sin patente tiendan al coste marginal de producción, que es inferior en Asia. Así que, sin otras medidas, las opciones en último término serían dos: no dejar entrar a los productos asiáticos a costa de que los precios suban en Europa o resignarse a que la industria europea deje de producirlos”.

La reforma en marcha de la legislación farmacéutica de la UE, la mayor de la historia, busca fórmulas que eviten tener que enfrentarse a esta disyuntiva. Todo ello, además, en un contexto internacional complejo y cambiante en el que la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos ha sacudido al sector con sus propuestas de corte proteccionista.

El reto es enorme, admite Nicolás González Casares, eurodiputado del PSOE y miembro de las comisiones de Salud Pública e Industria. “Sobre la mesa hay propuestas como introducir en las licitaciones públicas requisitos que primen la seguridad frente a los desabastecimientos y el cumplimiento de algunos estándares medioambientales”, explica. Una forma de asegurar el suministro pasaría por reservar una parte de las licitaciones a aquellas compañías que tengan las cadenas integradas en suelo europeo. Otra, la llamada tarifa Netflix, una especie de suscripción que pagaría a las compañías por tener capacidad de producción y existencias disponibles, independientemente del número de unidades finalmente vendidas. Todo ello permitiría a las empresas que fabrican en países de la UE competir en mejores condiciones —o “más justas”, según Saynor— frente a los productores asiáticos.

“El objetivo último es disponer de unas cadenas de suministro seguras y a precios que sigan siendo asequibles. Fabricar en Europa debe ser reconocido y estar vinculado a unos incentivos, pero siempre teniendo en cuenta la sostenibilidad de los sistemas nacionales de salud”, sigue González Casares.

Cómo llevar a la práctica estas medidas sin provocar efectos secundarios indeseados es otra de las dificultades a las que se enfrenta la UE, advierten los expertos. “No tendría sentido, e iría contra la legislación europea, destinar recursos públicos a medidas que acabaran siendo meramente proteccionistas y crearan un oligopolio controlado por empresas locales”, afirman.

Otro punto que requiere una precisión quirúrgica serán las licitaciones. Después de todo, la globalización ha ido mucho más allá de los principios activos e incluso la planta de Klundt utiliza en algunos de sus productos precursores procedentes de Asia. Son materias primas que en ocasiones simplemente ya han dejado de producirse en Europa, muchas veces por su enorme impacto medioambiental. En cadenas de suministro tan largas, complejas e interrelacionadas “resulta difícil a menudo saber dónde están los límites” de lo que sería una producción genuinamente europea o un eslabón más de la cadena, concluye Puig Junoy.

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