Raquetas de la tercera edad

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Pocas horas antes de traspasar a Leo Messi la antorcha del Premio Princesa de Asturias, anunciaba Serena Williams su retorno a las pistas. Lo hará en los verdes pastos británicos del WTA 250 de Queens, que empieza este lunes, y en la modalidad de dobles. A los 44 años, y a tres meses de cumplir 45, formará dúo con la canadiense Victoria Mboko, de 19, número 9 del ránking.

En llamativo, publicitario contraste generacional, Serena se alía compensatoriamente con una ‘teenager’ para apoyarse en su juventud y refrescar un pasado glorioso pero improrrogable en un presente carente de futuro. También jugará dobles en Berlín y, según los resultados obtenidos y las sensaciones experimentadas en un ensayo menos expuesto que en solitario, quizás, mediante invitación, integre el cuadro individual en Wimbledon.

Meditadas o impulsivas, sean cuales sean las profundas o superficiales razones de este proyecto de resurrección, será difícil que vaya más allá de uno de esos ilusorios episodios de deportistas ciegos o sordos a la evidencia. No vemos a la admirable y venerable Serena plantando cara a Sabalenka, Rybakina, Swiatek, Gauff, Pegula, Anisimova, Svitolina, Andreeva, Muchova y compañía. Representantes de un tenis en pujante ebullición de lobas ambiciosas que trepan por los ránkings a raquetazo limpio. En Roland Garros, sólo una jugadora del Top-10, Andreeva, octava, accedió a semifinales. Campeona a la postre, discípula de Conchita Martínez, es, con sus 19 años, otra de esas juveniles fieras del circuito.

Ni siquiera como divertimento personal tiene sentido este salto retroactivo de la menor de las Williams, que disputó en 2022 su último partido, con derrota ante la croata-australiana Ajla Tomljanovic. Una tenista que, a fecha de hoy, con 33 años, nunca ha ganado un torneo WTA y cuya mejor posición en ránking fue la 32ª en abril de 2023. Serena ya no era Serena entonces. Cuatro años después, aún lo será menos en un tenis progresivamente más poderoso y que se ha emancipado hace tiempo de quien lo empezó a diseñar.

La terca resistencia a la retirada ha caracterizado históricamente la etapa final de muchos deportistas excepcionales, propensos al autoengaño a causa de esa misma excepcionalidad interpretada como inmunidad al calendario. Pero los mejores no tienen por qué ser los más duraderos. No existe una relación directa calidad-longevidad.

En el tenis está cometiendo ese error Djokovic, aferrado a una permanencia que sólo conduce a la creciente melancolía y batido por jugadores mucho menos dotados, pero mucho más jóvenes, que enriquecen su historial a costa de un nombre ilustre pero ajado. El empeño en superar a edades improbables lesiones recidivas condujo a Nadal y a Federer a prolongar en exceso unas carreras que ya carecían de auténtico recorrido. El tiempo no espera a nadie, no retrocede para nadie y también las raquetas entran en la tercera edad.

En cualquier modalidad, la retirada a tiempo es la última victoria del deportista. La menos deseada, la menos perseguida, la menos celebrada. Pero a veces la más meritoria.

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