Hostias a domicilio: una ‘telemisa’ para combatir la soledad no deseada

El párroco Juan Carlos Carvajal acude junto con la voluntaria Carmen Cabana al domicilio de Carmen Quintin, de 92 años, en Madrid.

Una niña lanza repetidamente la pelota contra un cartel que prohíbe jugar a la pelota. El ruido neumático y sordo del balón rompe el silencio espeso de la tarde en la puerta del colegio San Bernardo. Una anciana sale del edificio. Después otra. Y otra. Decenas de personas de edad avanzada abandonan el colegio charlando animadamente, como si fueran alumnos repetidores (muy repetidores) a la hora del recreo. En realidad, no salen tanto del colegio como de la iglesia. Aquí, en una pequeña capilla, se celebran las misas del madrileño barrio de Puerta del Ángel desde hace décadas. A la salida se forman corrillos y grupos efímeros, tantos que la niña opta por recoger su balón e irse a jugar a otra parte. Carmen Cabana, enfermera jubilada de 83 años, y Juan Carlos Carvajal, párroco de 64, están en uno de estos grupos. Charlan animadamente con varios feligreses unos minutos antes de partir. “¿Vamos ya, padre?”, pregunta ella. “Vamos”.

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Carmen Quitin, su hijo y sus invitados en el salón de su casaEl párroco Juan Carlos Carvajal junto a la voluntaria Carmen Cabanas, a la puerta del colegio San Bernardo Las parroquias de barrio organizan ceremonias en casas particulares para personas mayores y de movilidad reducida  

Una niña lanza repetidamente la pelota contra un cartel que prohíbe jugar a la pelota. El ruido neumático y sordo del balón rompe el silencio espeso de la tarde en la puerta del colegio San Bernardo. Una anciana sale del edificio. Después otra. Y otra. Decenas de personas de edad avanzada abandonan el colegio charlando animadamente, como si fueran alumnos repetidores (muy repetidores) a la hora del recreo. En realidad, no salen tanto del colegio como de la iglesia. Aquí, en una pequeña capilla, se celebran las misas del madrileño barrio de Puerta del Ángel desde hace décadas. A la salida se forman corrillos y grupos efímeros, tantos que la niña opta por recoger su balón e irse a jugar a otra parte. Carmen Cabana, enfermera jubilada de 83 años, y Juan Carlos Carvajal, párroco de 64, están en uno de estos grupos. Charlan animadamente con varios feligreses unos minutos antes de partir. “¿Vamos ya, padre?”, pregunta ella. “Vamos”.

Carvajal coordina un grupo de seminaristas y feligreses que llevan misa y compañía a domicilio. Son los repartidores de la palabra de Dios. Varias veces por semana hacen una ronda por el barrio para llevar la comunión, leer algún pasaje de la Biblia, confesar o simplemente charlar con personas que no pueden salir de casa.

En estos días, con la llegada a España del papa León XIV, se habla mucho de una Iglesia con mayúsculas, pero existen muchas iglesias pequeñas, con gran capilaridad en el país, que estructuran la vida en los barrios. La del colegio San Bernardo es un buen ejemplo.

La misa de los domingos funciona aquí como coctelera social, un lugar donde ver a los vecinos y ponerse al día. El ritual eclesiástico se hace coincidir con otros civiles y mundanos. Comprar el periódico, tomar el vermú. Los niños jugando en el parque y los padres charlando en el bar. “En las parroquias hay toda una sociabilidad popular, que ha sido fundamental a la hora de vertebrar muchos barrios”, explica Mar Griera, investigadora especializada en Sociología de la Religión de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Esto es especialmente marcado e importante para las personas mayores y aquellos que sufren de soledad no deseada. La pertenencia a una comunidad refuerza su sentido de identidad, crea vínculos personales y da un marco de sentido —rituales, calendario litúrgico, obligaciones morales con el prójimo— que estructura el tiempo y la vida social de quienes de otro modo estarían solos.

Pero llega una edad en la que incluso eso se hace difícil. Los achaques encierran a algunos mayores en sus casas y cortan toda relación con el exterior. “Lo vemos a menudo”, reconoce Carvajal. “Ancianos de misa semanal que, de repente, dejan de asistir”. Es triste y a veces desasosegante, pues no siempre se sabe qué ha pasado. La archidiócesis de Madrid está preparando, junto con Cáritas, un proyecto para que cada iglesia recoja el teléfono de sus feligreses y que, cuando esto pase, alguien pueda llamar para comprobar que todo está bien. Para actuar si no lo está. Pero mientras este proyecto piloto empieza a tomar forma, las cosas funcionan como han funcionado toda la vida: a través de redes de amigas y vecinas.

Carmen Cabana y el padre Carvajal terminan su peregrinaje en un portal vecino. El telefonillo chicharrea y una voz metálica les invita a entrar. “Adelante, adelante”. José Rogerio Sánchez, jubilado de 67 años, abre la puerta a la diminuta comitiva religiosa. “Mi madre está en el salón”, les dice. Cabana y Carvajal se acomodan en los sillones y empiezan a charlar.

Carmen Quintin tiene 92 años. Hace seis dejó de ir a misa. A veces, durante la semana, dice que quiere, que de este domingo no pasa. Pero luego llega el domingo y hace frío, hace calor, hace la vida, que es mucha y pesa. “Pongo la misa en la tele, pero no es lo mismo”, dice resignada. Por eso, cuando supo de esta iniciativa, decidió apuntarse.

Desde entonces, por su casa han pasado cinco seminaristas. “Dos de ellos ya se han ordenado y todo”, comenta con cierto orgullo. Los religiosos le leen un pasaje de la Biblia y luego le preguntan qué ha entendido. “No es tanto por tener un debate espiritual, como para hacer ejercicios de memoria, le viene muy bien”, explica su hijo.

Este servicio de acompañamiento y comunión a domicilio es relativamente frecuente en muchos barrios de la ciudad. Y necesario. Casi 4,5 millones de personas viven solas en España; dos millones de ellas son mayores. Las parroquias sirven de colchón social y emocional para muchas de ellas.

Carvajal se siente especialmente orgulloso de esta iniciativa. “En teoría, el acompañamiento es para la persona mayor”, explica. “Pero algunas veces están tan mal que el acompañamiento real es para su cuidadora”. Se trata de trabajadoras del hogar internas, migrantes, muchas veces sin papeles. Personas que se encuentran solas, encerradas en una casa ajena y sin una red de apoyo. En este contexto, la misa a domicilio es un hilo que las conecta con el barrio, ofrece un hombro en el que llorar o una oreja que escucha. Y puede marcar una enorme diferencia.

“La religiosidad en contextos migrantes tiene un factor crucial”, señala Griera. De esta forma se explica el éxito de la iglesia evangelista entre la población latina residente en España. “Es gente que a veces no tiene papeles, igual no se atreven a ir al centro cívico o al CAP, pero al culto o a la mezquita sí que van”, comenta.

En el año 2000, el politólogo de Harvard Robert Putnam publicó el ensayo Solo en la bolera. El título hace referencia a un dato que explica su tesis a la perfección. Aunque el número de personas que juegan a los bolos ha aumentado en los últimos 20 años, el número de afiliados en ligas y competiciones ha disminuido. La gente está jugando sola. No es un fenómeno exclusivo de los bolos. Las iglesias, los sindicatos, las asociaciones de barrio… El tejido social está en proceso de descomposición. Es una tendencia que se empezó a detectar en los años ochenta y que ha ido en aumento desde entonces.

Hay una palabra para esos hábitos comunitarios tan arraigados: rituales. Y una razón por la que el declive de la socialización se ha sincronizado con el declive de la religión, pues nada ha demostrado ser tan eficaz para inscribir rituales en nuestras agendas como la fe. Las iglesias de barrio han servido de anclaje social para varias generaciones, especialmente las más ancianas.

Se habla mucho del retorno de los jóvenes a la iglesia, pero según el Barómetro sobre Religión y Creencias en España (BREC) 2025, la religión va ganando en importancia a medida que se sube en la pirámide poblacional. Los jóvenes entre 18 y 24 años se consideran religiosos en un 34%, mientras que el porcentaje va subiendo, hasta alcanzar un máximo de 56% en los mayores de 65 años.

Además, la misa va ganando importancia a nivel social, pues los jóvenes tienen otros espacios para crear y mantener lazos. Clases de cerámica, gimnasio, trabajo… Pero a medida que se va envejeciendo, estas actividades son menos frecuentes. Todo esto sucede, además, en una generación que ha crecido en una España monolíticamente religiosa. Ir a misa los domingos era lo normal, lo que hacían todos. “Las iglesias de barrio son fundamentales a la hora de generar un espacio de encuentro para estas generaciones”, explica Griera.

La tarde está muriendo. El padre Carvajal y Carmen Cabana se alejan despacio, dejando atrás el portal. Esta semana habrá otras visitas, otras conversaciones, otros salones donde repetir la misma escena. Pequeños rituales que se sostienen casi sin ruido.

Robert Putnam describía una sociedad que, poco a poco, había ido dejando de hacer cosas en compañía. La muerte de los rituales y de la comunidad. Mientras las grandes formas de asociacionismo pierden fuerza, hay, sin embargo, iniciativas que sirven de dique para frenar esa tendencia. No para organizar grandes comunidades ni levantar estructuras formales, sino para algo más básico: evitar que dejemos de jugar solos. En ese gesto mínimo —una visita, una charla, una comunión— se sostiene todavía una forma de vida en común.

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