Operacióndedicatoria

Ahora que, como precalentamiento para Sant Jordi, los autores y los libreros tienen que acumular energías para superar la prueba –ríete tú de los maratones— de las dedicatorias y las firmas, es un buen momento para recordar algunos hábitos elementales. Me diréis: “¡Este artículo ya lo has escrito, Pàmies!”. Es verdad, pero igual que cada año contamos las monas que se venden por Pascua y los dedos amputados la noche de Sant Joan, debemos preservar la tradición de comentar una liturgia tan nuestra. La diversidad de recursos de los autores es notable. Manuel Rivas se presenta en las paradas con un kit de acuarelas y hace unas dedicatorias-dibujo, que provocan largas colas de lectoras embelesadas. El añorado Jesús Moncada también dibujaba cocodrilos y militares y personalizaba sus dedicatorias con generosidad y simpatía. Otros, superados por el alud de lectores, deben encontrar soluciones más rápidas y mecanizadas para atender la demanda.

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 Ahora que, como precalentamiento para Sant Jordi, los autores y los libreros tienen que acumular energías para superar la prueba –ríete tú de los maratones— de las dedicatorias y las firmas, es un buen momento para recordar algunos hábitos elementales. Me diréis: “¡Este artículo ya lo has escrito, Pàmies!”. Es verdad, pero igual que cada año contamos las monas que se venden por Pascua y los dedos amputados la noche de Sant Joan, debemos preservar la tradición de comentar una liturgia tan nuestra. La diversidad de recursos de los autores es notable. Manuel Rivas se presenta en las paradas con un kit de acuarelas y hace unas dedicatorias-dibujo, que provocan largas colas de lectoras embelesadas. El añorado Jesús Moncada también dibujaba cocodrilos y militares y personalizaba sus dedicatorias con generosidad y simpatía. Otros, superados por el alud de lectores, deben encontrar soluciones más rápidas y mecanizadas para atender la demanda.Seguir leyendo…  

Ahora que, como precalentamiento para Sant Jordi, los autores y los libreros tienen que acumular energías para superar la prueba –ríete tú de los maratones— de las dedicatorias y las firmas, es un buen momento para recordar algunos hábitos elementales. Me diréis: “¡Este artículo ya lo has escrito, Pàmies!”. Es verdad, pero igual que cada año contamos las monas que se venden por Pascua y los dedos amputados la noche de Sant Joan, debemos preservar la tradición de comentar una liturgia tan nuestra. La diversidad de recursos de los autores es notable. Manuel Rivas se presenta en las paradas con un kit de acuarelas y hace unas dedicatorias-dibujo, que provocan largas colas de lectoras embelesadas. El añorado Jesús Moncada también dibujaba cocodrilos y militares y personalizaba sus dedicatorias con generosidad y simpatía. Otros, superados por el alud de lectores, deben encontrar soluciones más rápidas y mecanizadas para atender la demanda.

Este año, uno de los autores más solicitados será David Uclés, que tiene una firma grafológicamente abismal con la que tendrá que torear la atención bipolar que concita. Consciente del buen gusto de los lectores de sus álbumes, el artista Jordi Labanda ponía la mano sobre una página en blanco y recorría la silueta de sus cinco dedos, una huella que tenía el valor de un original, igual que las caricaturas que, a la carta, regalaba Francisco Ibáñez. Regina Rodríguez Sirvent, que ha pasado del éxito de las bragas al de las palomitas, cuenta que, hace años, al día siguiente de ser despedida de un trabajo, se tropezó con una parada en la que firmaba Carlos Ruiz Zafón. Generoso y visionario, Zafón le escribió una dedicatoria que decía: “Quizá algún día serás tú la que te sentarás al otro lado de la mesa”.

Algunos autores tienen la habilidad de convertir el ritual de la dedicatoria en una oportunidad

El 22 de mayo se estrenará la película Love me tender , un drama intenso sobre custodias familiares. La protagonista es una escritora de éxito que, tras separarse de su marido y enriquecer su vida amorosa con aventuras con diferentes mujeres, vive el suplicio de una justicia kafkiana y una rigurosa incomprensión familiar. En una de las escenas, la escritora firma ejemplares de su libro. Se le acerca una lectora que, en vez de darle un nombre, le dice: “Pon lo que quieras”. Se miran. Sonríen. Se gustan. Y, en vez de una dedicatoria, la escritora le escribe su número de teléfono. ¿Es una novedad? No. Circulan muchas historias de escritores y escritoras que aprovechan el fragor de Sant Jordi para sembrar teléfonos con la esperanza de, más adelante, disfrutar de una buena cosecha. El primer escritor que oí que lo hacía era, en tiempo de Gárgoris y Habidis (¡1978!), Fernando Sánchez Dragó. Dragó era un virtuoso en el arte de ampliar sus horizontes libidinosos a través de la literatura y, en sentido contrario, de ampliar sus horizontes literarios a través de – love me tender – la libido.

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