Fue una locura la renovación de la danza por los Ballets Rusos de Diaghilev, ese tipo genial que, como dijo al rey español de entonces, “yo soy como usted, majestad, no hago nada, pero soy imprescindible”. Algo hacía, además de enamorar a Nijinsky, pues sin él la magia que había dado locuras creativas tan heterodoxas al servicio de un mismo proyecto quebró como una fruta madura y esparció semillas por todo el continente y más allá. La locura real (o una sensibilidad al límite cuando el mundo daba vueltas como una peonza) no fue ajena a la compañía: terminaron en un sanatorio el bailaor flamenco y maestro Félix Fernández, el Loco, y el propio Nijinsky.
Dirigida por Jonathan Nott, la música tuvo ahí un papel crucial.
Nijinsky by Neumeier (★★★★✩)
Dirección y coreografía: John Neumeier
Intérpretes: Hamburg Ballet
Lugar y fecha: Gran Teatre del Liceu (12/IV/2026)
Fue una locura la renovación de la danza por los Ballets Rusos de Diaghilev, ese tipo genial que, como dijo al rey español de entonces, “yo soy como usted, majestad, no hago nada, pero soy imprescindible”. Algo hacía, además de enamorar a Nijinsky, pues sin él la magia que había dado locuras creativas tan heterodoxas al servicio de un mismo proyecto quebró como una fruta madura y esparció semillas por todo el continente y más allá. La locura real (o una sensibilidad al límite cuando el mundo daba vueltas como una peonza) no fue ajena a la compañía: terminaron en un sanatorio el bailaor flamenco y maestro Félix Fernández, el Loco, y el propio Nijinsky.
Qué locura, la del Ballet de Hamburgo. A la salida del Liceu los adjetivos eran de lo más altisonante. No es para menos, ante la capacidad de Neumeier de condensar la evolución del ballet del siglo XX, y por cómo construye y mueve las escenas de grupo, en lo que acaban siendo estallidos de color y de formas, trasladada la vanguardia entonces naciente al movimiento de la escena. La calidad individual de cualquiera de los intérpretes es también una gran baza. Qué gran compañía y qué expresiva, nada exhibicionista, siempre ajustada a lo que nos cuenta. Porque, a ver, Nijinsky by Neumeier cuenta, pese al escrito del coreógrafo en el programa de mano afirmando que “no es un ballet narrativo”. No es lineal, pero narra con fogonazos mentales que confunden pasado y presente, quebrantos externos y sufrimiento personal, sentido como un collage en la mente de Nijinsky, como si esos dos grandes círculos que cuelgan de forma minimalista sobre el escenario fueran los ojos por los que nos adentramos en su mente, las puertas a otra percepción.
Lo que Neumeier subraya, si acaso, es que ni la gracia ni la calidad de la danza dependen de lo que se cuenta: que abstracta o narrativa, su quid radica en el cómo. En la primera parte, lo encontramos en el eco de los ballets que interpretó Nijinsky; en la segunda, con la música de Shostakovich y con la guerra de fondo, la ruptura no es tan solo histórica, sino sobre todo formal, de una expresividad lacerante, conmovedora, frágil, humana. Dirigida por Jonathan Nott, la música tuvo ahí un papel crucial.
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