Con gritos, aplausos y alguna lágrima de emoción, así vivió España su primer eclipse del siglo, que oscureció una enorme franja de la Península ―de Galicia a la Comunidad Valenciana para desaparecer en el mar tras pasar por Baleares— sobre las 20.30 de la tarde. A esa hora, cuando el falso atardecer ya había teñido de plateado la atmósfera y la temperatura tórrida de mediados de agosto había bajado unos cuantos grados, llegó la imagen que todos estaban esperando: la Luna cubrió completamente el Sol y los miles de españoles y turistas que se habían concentrado para ver el fenómeno astronómico celebraron la escena en playas, huertas, miradores oficiales, campos de fútbol, castillos medievales y páramos.
Desde playas, huertas, miradores oficiales, campos de fútbol, castillos medievales y páramos, España ha celebrado el primer eclipse total en cruzar la Península en más de un siglo
Con gritos, aplausos y alguna lágrima de emoción, así vivió España su primer eclipse del siglo, que oscureció una enorme franja de la Península ―de Galicia a la Comunidad Valenciana para desaparecer en el mar tras pasar por Baleares— sobre las 20.30 de la tarde. A esa hora, cuando el falso atardecer ya había teñido de plateado la atmósfera y la temperatura tórrida de mediados de agosto había bajado unos cuantos grados, llegó la imagen que todos estaban esperando: la Luna cubrió completamente el Sol y los miles de españoles y turistas que se habían concentrado para ver el fenómeno astronómico celebraron la escena en playas, huertas, miradores oficiales, campos de fútbol, castillos medievales y páramos.
EL PAÍS hace un recorrido por algunos lugares de la totalidad para contar cómo se ha vivido este eclipse del 12 de agosto, un fenómeno astronómico que se ha alineado también con el mes en el que los españoles bajan el ritmo; muchos vuelven a los pueblos y dedican más tiempo a descansar y a pasar tiempo con sus familias.
La costa gallega, por Jessica Mouzo y Silvia Pontevedra
Entró el portentoso eclipse a la península Ibérica por Punta Herbosa, en Mañón (A Coruña). Eran las 19.30 cuando la Luna empezaba a morder el Sol y los ojos de miles de personas empezaban a vestir sus gafas para observar este fenómeno astronómico irrepetible. Casi una hora después, el satélite tapaba completamente el astro rey en Estaca de Bares y avanzaba oscureciendo la península en pocos segundos.
En Galicia, el fenómeno astronómico se vio donde se dejó ver. Porque la meteorología gallega va por libre. En la parroquia de Caión (A Laracha), a 24 kilómetros de A Coruña, amenazaron nubes desde primera hora de la mañana. Despejó al mediodía, pero, a lo largo de la tarde, las miradas de los vecinos volvían a echarse al cielo: las nubes emborronaban el sol de nuevo y ponían en jaque las irrepetibles vistas del fenómeno astronómico. El pueblo, de 900 vecinos, esperaba recibir 6.000 visitantes, según los cálculos del Ayuntamiento, que desplegó un dispositivo de seguridad para controlar la movilidad. “No se ve nada”, repetían a media tarde algunos vecinos apostados sobre el mirador que da a la playa de Arnela mientras trataban de observar con las gafas protectoras cómo la Luna empezaba a oscurecer el sol. “Es un poco frustrante”, lamentaba Juan Carlos Montes López, vecino del municipio cercano de Arteixo, que fue a Caión a ver el eclipse con su pareja y su hijo Lucas, de siete años. “Me acaban de decir que en Arteixo tampoco se ve. Después de todo, estos días con el tema. Al niño le hacía ilusión y hasta se había traído un telescopio… ¡Qué se le va hacer!”.
De vez en cuando, entre la bruma, tapado por puñados nubosos, se podía adivinar la tenue silueta de un sol mordido. Pero poco más se veía desde Caión. Solo la oscuridad y la bajada de temperatura repentina daban pistas del evento astronómico que se escondía de los curiosos tras los cúmulos grises del cielo. Eva Castro y José Luis Cordero, sevillanos de vacaciones en la Costa da Morte, se iban con la espinita: “Me voy un poco triste con mi universo”, susurraba ella con pesar justo antes de que el sol se apagara por un instante.
Siguiendo la línea de la costa, 56 kilómetros al norte en línea recta, cientos de personas se fueron concentrando en el mirador San Antón de Corveiro en Cedeira, junto a una antigua capilla y un cruceiro de piedra, con el cielo limpio y con el Atlántico a los pies. Es la Costa Ártabra, uno de los paisajes más salvajes e imponentes de Galicia, al norte de A Coruña, donde crecen los más codiciados percebes y caen en picado los acantilados más altos de la Europa continental. El público se debatía entre la música de DJMil, interpretada por el artista compostelano para la ocasión con platos, agujas y vinilos, las barras con cerveza, bocatas de jamón asado y empanada del festival Jazz de Ría, y un sol que languidecía hasta desaparecer vestido con el traje de la Luna. La totalidad duró en este mirador privilegiado 1 minuto y 43 segundos. Y aquí se congregaron gallegos, turistas españoles y extranjeros, sobre todo estadounidenses, a la caza de las mejores imágenes del fenómeno. Salomé, de 8 años, estaba fascinada, pero el eclipse le pareció demasiado corto.
El valle de Sabero (León), por Patricia Fernández de Lis
Unas 500 personas disfrutaron del eclipse en el alto de La Camperona, en el valle de Sabero (León), un lugar que el divulgador José Vicente Casado calificó como “uno de los mejores lugares del mundo” para la observación, debido a la falta de obstáculos en el horizonte y la duración de la totalidad: 1.47. A pesar del calor, de hasta 34 grados, decenas de personas permanecieron al Sol observando cómo lo iba ‘mordisqueando’ la Luna. La totalidad se observó en total silencio, en un momento sobrecogedor para los asistentes. Sabero, con apenas 1.000 habitantes, lleva un año y medio preparando el evento junto a la televisión local La 8 y la empresa Litos.net, instalando explanada para coches, puestos de comida, baños portátiles y ambulancia. El alcalde, Juan Carlos Álvarez, lo enmarca como la “tercera reconversión” de Sabero, tras el auge siderúrgico del siglo XIX y el cierre minero de 1991, apostando ahora por el turismo científico y rural (Museo de la Siderurgia, Estación Biológica Cantábrica).
Cuenca de Campos (Valladolid), por Juan Navarro
La oscuridad cayó sobre el convento de San Bernardino de Cuenca de Campos (Valladolid) como el olvido sobre el monasterio: gradualmente y de forma esperada, aunque irremediablemente. Unas 100 personas se concentraron en el patio contiguo al inmueble para asistir al evento espacial, que tiñó de muchos colores los muros de adobe del conjunto religioso abandonado. Los presentes estaban instruidos por un ingeniero aeroespacial, Alejandro Garcés, que antes del eclipse explicó a vecinos y vecinas varias claves astronómicas. La cita permitió resignificar al convento, para cuyo cuidado y restauración intenta obtener financiación la fundación Rehabitar. Y con dicho objetivo organizó la jornada para seguir el eclipse. “Hoy la España vacía está llena”, se escuchó durante la tarde, con alguna lágrima en el momento exacto en el que la luna tapaba el sol.
San Sebastián de los Reyes (Madrid), por Selva Vargas
El centro de Madrid no era la mejor opción. Había que moverse un poco, buscar el extremo norte. Allí, en San Sebastián de los Reyes, el cielo ofreció 33 segundos de oscuridad total. Desde las cinco de la tarde, el campo de fútbol de la calle Teide empezó a llenarse. El Ayuntamiento había habilitado sus cerca de 7.000 metros cuadrados como uno de los puntos oficiales de observación. Llegaron familias, amigos, vecinos de San Sebastián de los Reyes y de Madrid. El perímetro acondicionado alrededor del campo prácticamente duplicaba el espacio disponible para los espectadores. Unas 18.000 personas acudieron a la zona durante la jornada, según el Ayuntamiento.
La multitud ocupaba el lugar con sillas y tapetes. Otros se acomodaban sobre el pasto seco de los alrededores. Desde uno de los extremos se veían despegar aviones de Barajas, a pocos kilómetros, mientras en el otro los asistentes levantaban la cabeza hacia el cielo con las gafas puestas. El campo estaba lleno como si fuera a disputarse un partido de primera división. Pero aquí todos sabían cuándo llegaría el gol. Y, aun así, cuando llegó, lo gritaron como si fuera inesperado.
Fueron apenas 33 segundos. “Qué pasada, tía. ¿Ahora vuelve a salir el sol, no?”, preguntaba una mujer. “Ha sido puntual”, comentaba otra.
Al otro lado de Madrid, en las colinas del Mirador de los Cuatro Cipreses, en el Parque Juan Carlos I, al este de Madrid, los madrileños esperaban el eclipse. El silencio comenzó a instalarse, y al ras de las 20.30. Cuando llegó el momento más oscuro de la jornada, se levantó un estrépito: aplausos, gritos e incluso aullidos reinaron. Cuando por fin regresó el Sol al horizonte, un niño le dijo a su madre: “Es como un amanecer con el sol en el aire”.

Yebes (Guadalajara), por Ana Lozano
En el Observatorio Astronómico de Yebes, sede del seguimiento institucional del eclipse, confluyeron el rigor científico, el discurso de las autoridades y el asombro, compartido por todos los asistentes durante el minuto de totalidad, que dejó todos los roles a un lado. Se trataba, afirmó el secretario de Estado de Ciencia, Innovación y Universidades, Juan Cruz Cigudosa, del “día D”.
La reunión, organizada por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) y el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, incluyó un evento de divulgación presentado por el matemático Santi García Cremades. Una serie de charlas y mesas redondas que acercaron la ciencia del eclipse a los asistentes con intervenciones de los astronautas Sara García y Pablo Álvarez, o del director del Observatorio Astronómico Nacional, Rafael Bachiller, que hoy ha visto el eclipse desde el centro al que llegó hace 40 años y que llegó a dirigir. La ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant, inauguró el evento reivindicando la ciencia frente a la desinformación y como fuente de vocaciones científicas.
Desde la azotea del observatorio, los asistentes contuvieron el aliento bajo la esperadísima corona solar. Una vez terminado el gran momento, el director del observatorio, Pablo de Vicente, respiraba aliviado tras más de un año de preparaciones. Y el astronauta Pablo Álvarez ya podía decir que había cumplido el sueño que tenía desde que a los 10 años vio un eclipse parcial: ver su primero total, como tantos otros científicos que hoy se han asombrado como los chiquillos que los acompañaban en un acto tan institucional como familiar.
Javalambre (Teruel), por Domitila Diez
La Sierra de Javalambre recibió más miradas que nunca y se convirtió en los ojos del mundo. El conjunto de montañas de Teruel aloja el Observatorio Astrofísico de Javalambre y también Galáctica, el centro de divulgación astronómica más grande de Europa. Ese páramo inmenso, sin nada más que sabinas rastreras como manchas verdes en el terreno, fue el escenario desde el que Agencia Espacial Europea (ESA) retransmitió el fenómeno astronómico al resto del planeta. Lo hizo desde el observatorio, en el que se congregaron científicos y sus familias, el premio Nobel de Física de 2022, Alain Aspect, el presidente del Gobierno de Aragón, Jorge Azcón, el astrofísico armenio Garik Israelian o el exguitarrista de la banda Queen y también astrofísico Brian May.
Mientras tanto, un equipo de nueve científicos italianos probó un prototipo y captó imágenes de la corona solar, que solo es posible en oportunidades como esta. El cielo se tiñó de rosado y se volvió turbio, la temperatura bajó abruptamente, y a la audiencia no le quedó más que abrazarse y aplaudir, hasta quedarse contemplando en silencio. Desde el lugar se hace ciencia todas las noches del año, y este miércoles se hizo también durante el día. La segunda provincia menos poblada de España (después de Soria) fue el balcón natural. Unos metros más abajo, en la cima de otro cerro, Galáctica celebró el espectáculo con familias y cientos de turistas. El coordinador de divulgación del centro de divulgación y práctica de la astronomía, Ignacio Pérez definió el eclipse como “vivir un baile entre tres cuerpos”; “la Luna, el Sol y nosotros viviendo este acto. La gravedad lo ordena de forma sutil; es algo hasta romántico”.
Móra la Nova (Tarragona), por Ivanna Vallespín
“Vas viendo que hablan por la tele y piensas que no nos lo perderemos, y ha sido precioso, un espectáculo único”, expresaban con admiración Rosa y su marido, vecinos de Manlleu (Barcelona), pero que han viajado 225 kilómetros hasta Móra la Nova (Tarragona) para ver el eclipse desde uno de los 23 puntos oficiales habilitados por la Generalitat. “Quiero otro, ¿cuándo hay otro?”, suelta espontáneamente Arià, de cinco años. Los centenares de visitantes que se reunieron en este punto ―castigado por un tórrido día en que se llegaron a los 37 grados― estallaron en aplausos al inicio y final de la fase total, pero también 10 minutos después, cuando el Sol desapareció detrás de una puntiaguda montaña.
Como en otros buenos emplazamientos para ver el eclipse, aquí se dieron cita personas venidas desde diferentes puntos de Cataluña y España, pero también de otros países. Jim y Lisa habían viajado desde Minnesota (EE UU), invitados por su primo, que tiene casa en Sitges. “Como regalo de boda nos dijo que nos invitaban a su casa a ver el eclipse”, cuenta este apasionado de la astronomía, que ya contempló el fenómeno hace tres años en su país. “Es una maravilla de la naturaleza, cómo se hace de noche y de nuevo de día. Y después, las Perseidas. Todo un espectáculo”, cuenta.
La familia de Anna Tardà ―originaria de Cardedeu, pero dispersa por diferentes municipios catalanes y Praga― decidió reunirse con motivo del eclipse. Lo decidieron en el último momento y no lograron alojamiento, así que han realizado el viaje de ida y vuelta este mismo día. Para algunos miembros de la familia, no era el primero que veían. La abuela de Anna también fue testigo del eclipse de 1905. “Ella siempre explicaba que fue algo muy curioso, y que la temperatura bajó”. Y su hija tampoco es una novata en cuestión de fenómenos astronómicos. “Yo recuerdo haber visto uno parcial de pequeña en la escuela”, explica Càndia, quien con su pareja, Gurinder, han comprado un filtro especial para acoplar a la cámara de fotos y poder fotografiarlo. “Algo que es diferente y puede hacerse en familia, es una oportunidad que no se puede dejar pasar”, añadía.
Playa de la Malva-rosa (Valencia), por Joaquín Gil
Miles de ciudadanos desembarcaron en la playa de la Malva-rosa de Valencia, la mayor ciudad desde la que fue visible ver el eclipse total. La sevillana Mari Rodríguez, que lleva 46 de sus 60 años en la ciudad, quedó con unas amigas para presenciar el multitudinario oscurecimiento. “He venido con tiempo. Siempre es mejor”, decía, dos horas antes del inicio del fenómeno. Ingrid Schneider eligió el mismo enclave y reaccionaba como un resorte cuando se le preguntaba si tenía gafas homologadas: “¿Qué te crees, somos alemanas y muy organizadas?”, ironizaba sentada en un banco en un impecable inglés a 100 metros de un acordonado dispositivo de la Policía Nacional. “Es peligroso y, por eso, hay que protegerse”, añadía. El italiano Alessandro Dragone, de 28 años, se había desplazado a Valencia desde Barcelona, donde vive desde febrero, para disfrutar de la playa. Y, de paso, observar el eclipse. Tras desembarcar en la ciudad, su plan pasaba por disfrutar del oscurecimiento entre amigos. “Lo que surja. Ese es nuestro programa prioritario”. Dragone, como el resto de entrevistados en la playa, se enfrentaba al fenómeno sin miedo. Y con las expectativas altas en un hito que llega a España tras 121 años.
Observar el eclipse en Valencia tuvo sus complicaciones. En el momento de totalidad, el sol estaba a unos cuatro grados de altura sobre el horizonte (aproximadamente tres veces más bajo que en Galicia), lo que hacía difícil verlo desde la ciudad, salvo en terrazas o azoteas que, según la prensa local, llegaron a alquilarse por hasta 1.000 euros. La Generalitat valenciana cerró los parques naturales por el peligro de incendio. Por ello mucha gente fue a verlo a las playas y al cinturón de huerta que rodea la ciudad, donde los pájaros enmudecieron durante el minuto y pocos segundos que reinó la oscuridad.
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