La inspiración de Golondrinas (Alfaguara) es en buena medida catalana, explica Bernardo Atxaga (Asteasu, 1951), que decidió titular así su última novela porque le vino en mente una obra en la que Josep Maria de Sagarra expresaba su amor por los pájaros. Un “librito precioso”, Els ocells amics, que el escritor vasco incluso se propuso traducir al euskera. “Pero no lo hice”, lamenta, y prosigue evocando la canción L’oreneta, con letra del mismo Sagarra y música de Enric Morera, que él conoció en la versión de Emili Vendrell.
El escritor vasco evoca en ‘Golondrinas’ la caducidad del amor y la perenne amistad
La inspiración de Golondrinas (Alfaguara) es en buena medida catalana, explica Bernardo Atxaga (Asteasu, 1951), que decidió titular así su última novela porque le vino en mente una obra en la que Josep Maria de Sagarra expresaba su amor por los pájaros. Un “librito precioso”, Els ocells amics, que el escritor vasco incluso se propuso traducir al euskera. “Pero no lo hice”, lamenta, y prosigue evocando la canción L’oreneta, con letra del mismo Sagarra y música de Enric Morera, que él conoció en la versión de Emili Vendrell.
Y a partir de ahí surgió todo lo demás: “Cuando pones un título, acude a ti una lluvia de ideas. Es como un perfume que atrae cantidad de cosas”, analiza Atxaga su proceso de creación literaria, en el que se deja llevar por lo que cuenta: “Yo no escribo según un esquema, para nada. Yo tiro. Miro para atrás y sigo. Miro para atrás y sigo”.
El espacio narrativo gira en torno al cementerio de Arroa Goia, donde entierran al boxeador Urtain
En este caso, la historia está dividida en tres partes que se desarrollan en tres años distintos y distantes (1992, 2017 y 2042) y que tienen un narrador capaz de viajar en el tiempo como si tal cosa, un ángel militar llamado Uzariel. “Elegí un ser inmaterial y que tiene una clarividencia un poco torpe, pero la tiene, porque eso me permitía alejarme de los detalles que no me interesaban”.
Fue así como fundó el mítico Obaba. Un territorio ficticio que no tenía ni ayuntamiento, bromea, gracias al cual conquistó el Parnaso pese al “poco prestigio cultural” del euskera –la lengua en la que escribe y de la que él mismo se traduce al castellano– cuando inició su carrera. Y así sigue trabajando: “Es un mundo que yo he conocido, del que tengo una representación. Es un universo mental antes de que sea literario”, reflexiona.
En Golondrinas ese espacio gira en torno al cementerio de Arroa Goia, donde es enterrado el boxeador Urtain al inicio de la novela y, cincuenta años después, acaban los días de Pedro, un viejo pintor que no es sino la recreación literaria de un amigo íntimo de Atxaga.
“El pueblo, la casa, el molino… Todo eso existe”, desvela el autor, que rehúye dar localizaciones de GPS: “Entonces no podría dejar de decir que se trata del malecón de Zarautz, donde están tal y tal escultura y tal restaurante y hablar de Arguiñano, porque es verdad, eso es”, exclama ante esos lectores “detectives” o, peor, los que parecen “inspectores de Hacienda” que buscan la ubicación.
El escenario interior, en cambio, está más definido: la melancolía del protagonista, que sabe que está perdiendo el vigor físico, el atractivo, y tiene que decir adiós a la carne: “Trata de tirar la caña a la de la inmobiliaria y ella pasa de él. Cualquier persona de cierta edad sabe lo que es el Olmesartan (un medicamento para la tensión) y sus consecuencias”, apunta Atxaga sobre la impotencia del artista que regresa de Madrid a Euskadi huyendo de “la garra de la depresión” y que ve en las golondrinas a Beatriu, la actriz catalana que fue su gran amor.
Y abriendo el foco hasta salir de la obra y abarcar el contexto social, Atxaga celebra que las críticas morales a sus libros (“ El hijo del acordeonista enfadó mucho a gente del Ebro para abajo, en tanto que Esos cielos lo hizo al norte del río”) vaya quedando atrás como los años de plomo. “La travesía en la época de ETA fue tremenda. Me vi en situaciones muy desagradables. Como Antígona, teniendo que elegir entre la lealtad a la tribu y, como no soy un romántico, la obligación de ir hacia la ciudad, hacia la democracia”.
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