Helado de burundanga

El mundo se había complicado tanto que tuvimos que simplificarlo un poco. Así nació la moda de los gimnasios y de las tiendas de helados.

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 El mundo se había complicado tanto que tuvimos que simplificarlo un poco. Así nació la moda de los gimnasios y de las tiendas de helados.Seguir leyendo…  

El mundo se había complicado tanto que tuvimos que simplificarlo un poco. Así nació la moda de los gimnasios y de las tiendas de helados.

Qué lejos quedaban aquellos tiempos en los que todo el mundo iba a tres o cuatro gimnasios más o menos parecidos, salía a la calle con la bolsa de deporte y se cambiaba en el vestuario. “El gimnasio empieza en la puerta de casa” –clamaba la propaganda–, “sacas un pie de la cama y ya estás en el gimnasio”.

Se paraban a charlar sobre la ‘isometría’, las ‘repeticiones cortas’ y la ‘planificación del glúteo’

Los gimnasios habían proliferado tanto que no eran necesarios grandes desplazamientos. Podías salir de la escalera, con camiseta, mallas y una botellita en la mano: la botellita era muy importante para ir pimplando y que se viera que habías iniciado la actividad deportiva. En una calle no muy céntrica podías encontrar un gimnasio municipal, un gimnasio de una cadena de fitness, un gimnasio de pesas, uno del método Barre, un centro de pilates y un club de boxeo, con la inevitable sección de boxeo para niños.

Bolas de helados  
Bolas de helados  iStock

Las calles ocuparon el lugar de los pasillos de gimnasio. A todas horas veías gente vestida de negro, con aperturas para enseñar el mondongo (ya no se llevaban los colorines: ¡ir al gimnasio era un tema serio!). Se paraban a charlar por las esquinas de la isometría , las repeticiones cortas y la planificación del glúteo . Si tenías que desplazarte para ir a practicar un deporte de equipo, te presentabas vestido de jugador, de manera que el metro se convertía en una extensión del túnel de vestuarios. Cuando terminaba el partido, ibas a tomar una cerveza con un plumón por encima de la camiseta y los pantalones sudados. “¡Ya todo es gimnasio!”, bexultaba el barón de Coubertin. “¿Quién es esta momia?”, dijo una chica que llevaba el pelo recogido en una cola.

Los turistas son como críos: que coman fruta cortada de un bote de plástico y helados. Pero enseguida se vio que como críos somos todos y que los helados dejan un buen margen de beneficio. En los locales que no se habían convertido en gimnasios se instalaron heladerías, con nombres que estimulaban el consumo, como Tomo II, que dio paso a Tomo III y a Tomo IV. Lanzaron jabón y pasta dentífrica con aromas de helado. Y unas tiendas –las Slow Ice Cream– en las que todo el mundo se sentaba en unos bancos de colores pálidos a saborear bolas de helado de burundanga. Los helados de congelación lenta revolucionaron el mundo de la gastronomía y llegó un momento en que la gente se alimentaba sólo de helados. Cada semana sobraban, y se creó una app, Ice Adoratrice, en la que, previo acuerdo y con una lista de precios, cuando cerraban las heladerías –casi nunca cerraban– te podías llevar –aligerando– los helados por un euro. Pero no había problema porque ya ibas vestido de gimnasio.

“¿Qué es esta memez?”, me riñe mi amiga chinchona. “¿Es esto en lo que habíamos quedado? Ya estás escribiendo un cuento como dios manda sobre Too Good to Go”.

“Pero para esta semana ya no será ¿eh?”.

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