El nuevo tiempo educativo es un tiempo de cuidados

La primera vez que entré en este hospital para cuidar de mi hijo hacía mucho frío. Recuerdo que las auxiliares nos daban calor con detalles como ofrecernos más mantas o preguntarnos simplemente si necesitábamos algo. Hace unas noches volví a entrar y se repitieron escenas similares: desde estar pendiente de ti en cada suspiro hasta calentarte la cena guardada cuando subes muy tarde del quirófano.

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 Poner en el centro a las personas, a niños y adolescentes, no es sólo una consigna sino una manera de ser de los trabajadores públicos, también cuando están en huelga  

La primera vez que entré en este hospital para cuidar de mi hijo hacía mucho frío. Recuerdo que las auxiliares nos daban calor con detalles como ofrecernos más mantas o preguntarnos simplemente si necesitábamos algo. Hace unas noches volví a entrar y se repitieron escenas similares: desde estar pendiente de ti en cada suspiro hasta calentarte la cena guardada cuando subes muy tarde del quirófano.

Hay veces en la vida donde coges el turno para cuidar y te das cuenta de que también te cuidan a ti, o quieren hacerlo. En estas noches interminables de luces fluorescentes, alarmas y cuidados constantes uno se acuerda de muchas cosas. La cabeza no para. Me acuerdo por ejemplo de las películas que me gustaban de niño, y de cómo estas se parecen mucho a las que hoy le gustan al hijo al que acompaño en vigilia casi permanente. Las sigue viendo aquí, entre sábanas clínicas, en sesiones terapéuticas de cine y lecturas donde hay tiempo para mucho, a pesar de que el reloj vuela en un abrir y cerrar de puertas.

Anoche por ejemplo recordaba a quienes no pueden estar, a quienes no puedo acompañar. Me acuerdo de la película que aún tengo inacabada con mi hija pequeña, una de mis preferidas de mi infancia: Merlín el encantador. Cuando todo esto acabe, me prometo a mí mismo terminar de verla con ella recostada en mi regazo.

Pero volvamos al pequeño Arturo. Sus legendarias historias que luego Disney recreó con libertad no solo hablan de batallas, sino también de lealtad, de protección del débil y de búsqueda del bien común. De hecho, la Mesa Redonda que tanto me encandilaba de niño ahora la veo como un modelo de comunidad que se cuida a sí misma. Algo así como ese molde de escuela contemporánea de la que tanto me siento orgulloso: una escuela con trabajadores que cuidan como lo hacía el mago Merlín: un mediador que enseña, orienta y protege sin buscar protagonismo.

Entre los bostezos que compiten con la sensación de alerta permanente, sigo pensando; viajo a la idea de que, como literatura y vida, la educación y la sanidad pública no son mundos separados, sino que nos ofrecen dos formas de cuidar a un mismo niño en permanente conexión. Aun agrietados por el desgaste, nuestros sistemas públicos siguen sosteniendo la vida cotidiana de millones de personas, muchas de ellas menores de edad, y eso me reconforta.

Ahí, en esa unión que se asemeja a esos pactos de los caballeros legendarios que rodeaban a Arturo, nacen nuevas formas de entender la escuela. Están, por ejemplo, las aulas hospitalarias, que tengo muy cerca en estos instantes. En sus pasillos, se siente el aliento juguetón de los niños que aprenden la lección como en el poema de Machado, pero sin la monotonía cayendo por los cristales. Aquí, a pesar de que acuden con mochilas más pesadas de lo que podemos imaginar, hay vida, ilusión. No hay ni ricos ni pobres: hay preguntas y respuestas repartidas por igual, de la misma forma que hay una cazuela de curiosidad de la que todos se alimentan. Y eso es lo que importa en esta nueva era de cuidados. Así es también la escuela, o al menos así me la imagino.

En su ensayo Tiempo de cuidados, pensado y escrito en tiempos de pandemia, Victoria Camps elabora una teoría interesante sobre la dimensión que el cuidado tiene para los servicios públicos: “anteponer el bienestar de las personas al formalismo administrativo”, nos dice. En estos días de hospital cuidador he percibido que poner en el centro a las personas, a niños y adolescentes, no es sólo una consigna sino una manera de ser de los trabajadores públicos, también cuando están en huelga. El ethos aristotélico que menciona Camps también en su libro. Un carácter como el de los trabajadores de esta planta que dan calor a historias inimaginables que han vivido o están viviendo los chicos y chicas que duermen en las habitaciones contiguas.

Eso me lleva a pensar en lo importante que es una pedagogía sanitaria y educativa basada en la escucha. Cuando un niño (mi hijo o cualquier otro que inunda con su presencia cualquier hospital o cole del mundo) explica cómo se siente, nos cuenta cuánto le duele algo, si tiene hambre, frío o sed, la historia pasa a narrarse desde la perspectiva de ese niño que es como el protagonista de la película Matar a un ruiseñor, Scout, que habla en primera persona: así podemos ver cómo los niños aprenden a cuidar observando a los adultos.

Y así se repite esta historia cíclica que conecta el pasado de las historias legendarias con el presente de cualquier centro sanitario o escolar, donde se dedica tanto tiempo a conversar con nuestros chicos y chicas, aunque la burocracia atenace. También dialogaban entre sí los caballeros de la Mesa Redonda, a la par que entablaban duras batallas como las que ahora emprenden esos compañeros y compañeras de la Comunidad Valenciana o Cataluña cuando deciden salir a la calle para reivindicar mejoras en la escuela.

Es así como pienso en esta nueva escuela. Como pienso la escuela, y como deduzco que los cuidados nos conectan como muy pocos otros principios que conforman la sensibilidad humana. Lo pienso ahora, mientras al otro lado del pasillo permanece vacía el aula hospitalaria que dentro de unas horas volverá a llenarse de voces, cuentos y preguntas. Y pienso que, pese a todo, todavía existen lugares donde la sociedad se parece a lo mejor de sí misma. Tal vez ese sea, precisamente, el verdadero nuevo tiempo educativo: un tiempo de cuidados.

El 13 de mayo de cada año se conmemora el Día del Niño Hospitalizado. Gracias a ellos por su paciencia. A sus familias. Gracias a quienes los cuidan

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