El liguero de Rosalía

En 1970, cuando los tatuajes aún eran cosa de marineros, presidiarios, macarrillas y gentes de la mala vida, una artista austriaca de 30 años se subió a un escenario en Frankfurt y se tatuó la hebilla de un liguero en el muslo izquierdo. Se llamaba VALIE EXPORT (así, con mayúsculas), nombre que había robado de un marca de cigarrillos para no tener que cargar ni con el apellido de su padre ni con el de su marido, y con esa herida en forma de fantasía sexual masculina que iba a marcar su cuerpo de por vida quería dar cuenta de cómo la mirada de los hombres transforma a las mujeres en objetos de deseo y el dolor y el agotamiento que ello acarrea.

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 En 1970, cuando los tatuajes aún eran cosa de marineros, presidiarios, macarrillas y gentes de la mala vida, una artista austriaca de 30 años se subió a un escenario en Frankfurt y se tatuó la hebilla de un liguero en el muslo izquierdo. Se llamaba VALIE EXPORT (así, con mayúsculas), nombre que había robado de un marca de cigarrillos para no tener que cargar ni con el apellido de su padre ni con el de su marido, y con esa herida en forma de fantasía sexual masculina que iba a marcar su cuerpo de por vida quería dar cuenta de cómo la mirada de los hombres transforma a las mujeres en objetos de deseo y el dolor y el agotamiento que ello acarrea.Seguir leyendo…  

En 1970, cuando los tatuajes aún eran cosa de marineros, presidiarios, macarrillas y gentes de la mala vida, una artista austriaca de 30 años se subió a un escenario en Frankfurt y se tatuó la hebilla de un liguero en el muslo izquierdo. Se llamaba VALIE EXPORT (así, con mayúsculas), nombre que había robado de un marca de cigarrillos para no tener que cargar ni con el apellido de su padre ni con el de su marido, y con esa herida en forma de fantasía sexual masculina que iba a marcar su cuerpo de por vida quería dar cuenta de cómo la mirada de los hombres transforma a las mujeres en objetos de deseo y el dolor y el agotamiento que ello acarrea.

Portada del álbum 'Motomami', de Rosalía, y VALIE EXPORT 
Portada del álbum ‘Motomami’, de Rosalía, y VALIE EXPORT a

 Pero como en todo lo que hacía, aquella Body sign action no aspiraba a ser una mera descripción de la realidad, sino que albergaba algo muy liberador y subversivo; una propuesta de resistencia. Tatuarse aquel fetiche hipersexualizado era una forma de declararse insumisa, de apropiarse de su cuerpo y de liberarlo. “En el tatuaje, la hebilla aparece como signo de una esclavitud pasada, la vestimenta como represión de la sexualidad, la liga como atributo de una feminidad que no elegimos”, escribió poco después en Women’s Art: A Manifesto (1972), donde intuía que la chispa del arte hecho por mujeres podía ser altamente inflamable y acabar desencadenando cambios muy profundos en la sociedad.

VALIE EXPORT ha muerto tres días antes de cumplir 86 años; nos deja una obra provocativa, radical y divertida que ha inspirado a varias generaciones de artistas 

VALIE EXPORT murió la semana pasada, tres días antes de cumplir 86 años, y aquel tatuaje sigue vivo en los muslos de muchas mujeres de todo el mundo, entre ellas Rosalía, que lo exhibió por primera vez en la portada de Motomami , donde, completamente desnuda, parece haberlo transformado en un yo-con-mi-cuerpo-hago-lo-que-quiero. Ha pasado más de medio siglo desde que VALIE EXPORT cayó como una bomba en una escena austriaca contaminada por los vestigios del fascismo y las actitudes regresivas hacia la mujer. Sus acciones de guerrilla, como ella las llamaba, eran provocativas, impactantes y la mayoría de las veces, escandalosamente divertidas. 

Tapp und Tastkino (Cine táctil), de 1968 
Tapp und Tastkino (Cine táctil), de 1968 VALIE EXPORT

En Tapp und Tastkino   (Cine táctil), de 1968, se plantó en el centro de Viena con un teatrillo atado al pecho e invitó a los transeúntes a tocar sus senos desnudos a través de las cortinas, mientras su colega Peter Weibel, megáfono en mano, registraba cada interacción con un cronómetro. Hoy probablemente la habrían arrestado. Y en su obra más conocida e incendiaria, Genital Panic , recorrió un cine de Múnich con el pelo alborotado, chaqueta de cuero y unos tejanos abiertos por la entrepierna que dejaban ver su sexo a la altura de los ojos de los espectadores, desafiándolos a sacarlos de la pantalla y mirar a una mujer real.

Pese a haber vivido casi toda su vida en los márgenes y a que su nombre no dice nada fuera de los círculos del arte, la intensidad y el coraje de su trabajo ha sido profundamente inspirador para varias generaciones de artistas, que la consideran una heroína y pisan sobre sus huellas: el cuerpo femenino no es un objeto dócil.

 Cultura

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