Actor, músico, monologuista y creador inclasificable, Alex O’Dogherty lleva décadas transitando con naturalidad entre el teatro, el cine y la televisión. Su rostro forma parte del imaginario popular gracias a series como Camera Café, pero su trayectoria va mucho más allá: ha participado en películas como AzulOscuroCasiNegro o Alatriste, ha construido una sólida carrera sobre los escenarios con espectáculos propios y ha hecho de la música y del humor dos lenguajes inseparables. Siempre en movimiento, siempre dispuesto a reinventarse, hoy sigue recorriendo España con el montaje Palabras mayores.
El artista, que estuvo treinta años sin conducir, confiesa que “El coche es un buen sitio para practicar la paciencia y la empatía”
Actor, músico, monologuista y creador inclasificable, Alex O’Dogherty lleva décadas transitando con naturalidad entre el teatro, el cine y la televisión. Su rostro forma parte del imaginario popular gracias a series como Camera Café, pero su trayectoria va mucho más allá: ha participado en películas como AzulOscuroCasiNegro o Alatriste, ha construido una sólida carrera sobre los escenarios con espectáculos propios y ha hecho de la música y del humor dos lenguajes inseparables. Siempre en movimiento, siempre dispuesto a reinventarse, hoy sigue recorriendo España con el montaje Palabras mayores.
Esta conversación sucede, literalmente, sobre ruedas: Alex atiende la llamada desde su Volkswagen California, de camino al dentista, en uno de esos trayectos que parecen resumir bastante bien su forma de estar en el mundo. Entre viajes, estaciones, canciones y carreteras, habla de movilidad como quien habla, en realidad, de libertad.
Por lo que se adivina en tu vida, parece que llevas muchos años enlazando trayectos: Cádiz, Kansas, Londres, escenarios por toda España… ¿Te gusta más llegar o estar en camino?
Llegar es bonito, claro. Volver a casa siempre reconforta. Pero tengo que decir que lo que más me gusta en la vida es viajar, más que actuar, más que cualquier otra cosa. Me encanta irme, moverme, descubrir sitios. Aunque luego volver también tenga algo especial, incluso después de un fin de semana en la sierra.
Conduces desde hace relativamente poco. ¿Cómo se retoma el volante después de treinta años sin hacerlo?
Me saqué el carné con dieciocho años y prácticamente dejé de conducir inmediatamente. Durante décadas viajé en tren, que ha sido mi gran medio de transporte. Hasta que mi mujer y yo decidimos comprar esta furgoneta, la Volkswagen California. Antes de hacerlo, fui a una autoescuela a refrescar conocimientos, y cuando empecé otra vez pensé: “¿Por qué no hice esto antes?”. Tener vehículo propio me permitió hacer cosas que no hacía antes. Me alegro mucho de esa decisión.

¿Recuerdas tu primera verdadera sensación de libertad sobre ruedas?
Sí, con mi primera Vespa, a los dieciocho, cuando desistí de conducir. Ahí sí sentí independencia de verdad. Me creía muy guay, la verdad. Y todavía la conservo.
¿Piensas mucho cuando conduces?
Muchísimo. Los viajes largos antes me imponían bastante respeto, pensaba que se me iban a hacer eternos. Pero ahora muchas veces se me pasan volando precisamente porque pienso, recuerdo, escucho música, repaso ideas, incluso ordeno cosas que tengo pendientes en la cabeza. Es un tiempo muy valioso, casi un espacio privado que antes no tenía. El coche tiene algo de refugio momentáneo: estás en movimiento, pero al mismo tiempo estás contigo mismo. Además, conducir es un buen sitio para practicar la paciencia y la empatía.
He perdido algunos puntos por pisar demasiado el acelerador; digamos que mi conducción tiende al rock
¿Paciencia y empatía?
Sí, porque al volante es muy fácil enfadarse. En media hora te cruzas con gente que va a su bola, con errores, con improvisaciones… o con tus propios errores. Si no te pones en el lugar del otro, acabas irritado. Y yo todavía estoy aprendiendo; incluso he perdido algunos puntos por pisar demasiado el acelerador. Digamos que mi conducción tiende al rock.
Si tu carrera profesional fuera un viaje por carretera, ¿en qué tramo dirías que estás ahora: acelerando, disfrutando del paisaje o recalculando ruta?
Disfrutando del paisaje. Durante muchos años iba acelerando sin parar, haciendo una cosa tras otra. Y ahora empiezo a contemplar más, a elegir mejor, a descansar. Incluso diría que estoy recalculando alguna ruta.

Tus monólogos parecen caóticos, pero da la impresión de que tú necesitas bastante orden.
Totalmente. Soy muy ordenado. Hasta que no tengo la casa limpia y todo colocado, no soy capaz de escribir ni de componer. Mis espectáculos también están muy estructurados, con un guion muy concreto que sigo a rajatabla, aunque mi personaje pueda parecer caótico.
¿Qué has aprendido de ti mismo durante esas horas de carretera entre función y función?
He aprendido a habituarme a cualquier sitio, a cualquier cosa. A dormir en cualquier cama, a cagar en cualquier sitio, a poder hacer mi casa en cualquier habitación de hotel, aunque me quede solo un día. Me gusta no sentirme extraño en los sitios. Por eso trato de acomodarme a cada sitio y a cada hora.
He aprendido a adaptarme a todas las situaciones. Y eso creo que me ha beneficiado porque tanto viaje pasa factura física. Mentalmente, en cambio, lo llevo bien. Me he hecho a la idea que todavía me quedan muchos años de carrera.
Ha aprendido a adaptarme a todas las situaciones; eso creo que me ha beneficiado porque tanto viaje pasa factura física
Tu apellido habla de viaje y de mezcla, de venir de otros sitios. ¿Sentirse “de todos lados un poco” cambia también la manera en que uno se mueve por el mundo?
Totalmente. Por eso trato de sentirme en casa en cualquier sitio. Lo tuve que aprender muy pronto porque, con 17 años, me fui a Estados Unidos, durante un año. Ni encontré un entorno muy hospitalario en la familia que me acogió ni el sitio era especialmente atractivo para un joven de 17 años. Tuve que adaptarme a eso y a estar separado de mi familia y mis amigos. He tenido que aprender a desapegarme. Como me gusta tanto conocer otros lugares y otras gentes, siempre me merece la pena.
Y poco después llegó Londres, que fue otra aventura completamente distinta.
Sí, Londres fue otra escuela. Allí ya no era tanto una experiencia de descubrimiento juvenil como una etapa de supervivencia y aprendizaje. Trabajé en una tienda de ropa, tocaba la guitarra en el metro, hacía lo que podía para mantenerme. Allí aprendí a valerme por mí mismo, fui a la aventura, sin una familia de acogida que pudiera controlarte como en Estados Unidos. Fue un viaje muy importante porque me hizo crecer mucho.

¿Tienes más recuerdos asociados a estaciones, aeropuertos o gasolineras?
Muchísimos más a estaciones, sin duda. El tren sigue siendo el medio de transporte que más he utilizado.
¿Y ahora qué papel juega la música en tus viajes?
Importantísimo. Una de las cosas que descubrí cuando volví a conducir fue que podía recuperar discos enteros que tenía olvidados. Hoy vivimos muy acostumbrados a escuchar canciones sueltas, listas aleatorias, fragmentos. Ha cambiado mucho la forma de consumir música. Pero volver a poner un álbum completo, como hacía de adolescente, es casi una experiencia emocional. Empiezan a aparecer recuerdos, sensaciones, imágenes. De pronto, una canción te lleva a un verano concreto, a una persona, a una etapa de tu vida. Es un viaje dentro del propio viaje. Y claro, inevitablemente acabo cantándolo todo.
Llevo fatal los retrasos cuando viajo en tren; alguno me ha hecho llegar solo diez minutos antes del inicio, cosa que casi me provoca un microinfarto
Si pudieras elegir copiloto para cualquier trayecto largo.
Mi mujer, sin duda. Mi mujer y nuestra perra. Con la furgoneta hemos hecho viajes maravillosos por Irlanda, Italia, Suiza, Alemania… y hablamos mucho. Últimamente, curiosamente, hablamos bastante de filosofía estoica.
¿Hay alguna carretera que te haga bajar instintivamente la velocidad?
Sí. Cuando cruzo Despeñaperros y entro en Andalucía. Y más todavía cuando llego a Cádiz. Ahí no solo ves, también hueles que estás en casa.
¿Qué te irrita más: un atasco o un retraso de tren?
Los retrasos de tren. Los llevo fatal. Y en estos últimos años la cosa se ha agravado. Todavía un tren no ha causado que llegue tarde a una función, pero sí me ha hecho llegar diez minutos antes del inicio, cosa que casi me provoca un microinfarto.

Si tuvieras que resumir tu momento vital con una señal de tráfico, ¿cuál sería?
“Ceda el Paso”. Parar para seguir. Descansar para poder continuar haciendo todas las cosas que todavía quiero hacer.
Cuando mires atrás dentro de muchos años, ¿qué te gustaría sentir: que llegaste lejos o que disfrutaste del camino?
Que disfruté del camino, sin ninguna duda. Llegar lejos está bien, claro. Quiero actuar incluso en Nueva Zelanda si hace falta. Pero lo importante es disfrutar cada momento. Porque una cosa sí tengo clara: vamos a morir. Y hay que hacerlo habiendo vivido bien.
Mi furgoneta Volkswagen California es mi refugio, mi pequeño hogar sobre ruedas
Si tu vida fuera un vehículo, ¿cuál sería?
Mi Volkswagen California. Porque he conseguido sentirme en casa dentro de una furgoneta. De hecho, duermo mejor allí que en mi propia cama. Supongo que estar alejado del ruido, en la naturaleza, lo explica. Me cuesta dormir más de seis horas, siete como mucho. Solo en la furgoneta he logrado dormir más tiempo. Es mi refugio, mi pequeño hogar sobre ruedas.
Y quizá también el escenario perfecto para una entrevista como esta.
Sin duda. Hoy el viaje era al dentista, hablando contigo desde aquí. Puede que no sea mi desplazamiento más glamuroso… pero sí bastante representativo de mi vida actual: siempre en marcha.
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