Nadie en su entorno llegó a comprender por qué el escritor de la perilla y los quevedos se obsesionó con un lugar tan remoto, hostil y desolado; ni siquiera su editor y amigo Alexéi Suvorin supo disuadirlo. Entre las razones de mayor peso se barajaron la muerte por tuberculosis de su hermano Nikolái, el verano anterior, y la necesidad de apartarse por un tiempo del cepo familiar. El caso es que Antón Pávlovich Chéjov cogió el portante hacia Sajalín, en el extremo oriental del imperio ruso: una isla alargada, con forma de delfín, entre la península de Kamchatka y el norte de Japón. Acabaría definiéndola como “un lugar de sufrimientos insoportables”; entonces, en tiempos del zar Alejandro III, albergaba una colonia penitenciaria, como lo fueron los penales de Cayena, en la Guayana francesa, y Australia en sus orígenes. Un enclave sin clima: solo mal tiempo. El aullido del viento y el tintineo de las cadenas de los presos.
Enfermo de tuberculosis, viajó en 1890 a la remota isla del Pacífico para estudiar la vida en la colonia penitenciaria rusa
Nadie en su entorno llegó a comprender por qué el escritor de la perilla y los quevedos se obsesionó con un lugar tan remoto, hostil y desolado; ni siquiera su editor y amigo Alexéi Suvorin supo disuadirlo. Entre las razones de mayor peso se barajaron la muerte por tuberculosis de su hermano Nikolái, el verano anterior, y la necesidad de apartarse por un tiempo del cepo familiar. El caso es que Antón Pávlovich Chéjov cogió el portante hacia Sajalín, en el extremo oriental del imperio ruso: una isla alargada, con forma de delfín, entre la península de Kamchatka y el norte de Japón. Acabaría definiéndola como “un lugar de sufrimientos insoportables”; entonces, en tiempos del zar Alejandro III, albergaba una colonia penitenciaria, como lo fueron los penales de Cayena, en la Guayana francesa, y Australia en sus orígenes. Un enclave sin clima: solo mal tiempo. El aullido del viento y el tintineo de las cadenas de los presos.
Chéjov estaba enfermo de tisis. Aunque ya había escupido sangre en algún acceso de tos, siguió obcecado con los preparativos de un periplo azaroso, a través de un paisaje sin domeñar y en un momento en que ni siquiera había comenzado la construcción del ferrocarril transiberiano. “Sin duda alguna, ya presentía que su vida no sería larga –escribe Irène Némirovsky en La vida de Chéjov –. Quería que al menos fuera rica en sensaciones e imágenes”. Además, pretendía estudiar a fondo las condiciones de los reclusos en la isla y rendir tributo a su primera profesión: “Hacer algo, aunque sea poco, para la ciencia médica, ante la que, como ya sabe, me siento como un cerdo”, le escribe a su editor un mes largo antes de la partida. Se puso en camino el 21 de abril de 1890 desde la estación moscovita de Yaroslav. Tenía 30 años.
Chéjov estaba enfermo de tisis. Aunque ya había escupido sangre en algún acceso de tos, siguió obcecado con los preparativos de un periplo azaroso
No esperaba que el viaje fuera tan fatigoso e interminable. Durante 11 semanas, recorrió 11.000 verstas (unos 11.700 kilómetros) en tren, en barcos de vapor, en coches de postas tirados por caballos e incluso algún trecho a pie, con la mirada siempre hambrienta y lúcida. La uniformidad del panorama le sugiere: “La naturaleza siberiana difiere poco (exteriormente) de la naturaleza rusa. Todo es ordinario y monótono”.
Una vez traspasados los montes Urales, lo aguardaba el tramo más penoso: las 3.000 verstas que distan entre Tiumén e Irkutsk, cerca del lago Baikal, en la Siberia central. Aunque era mayo, seguía nevando a ratos, con un frío pelón, y el inicio de la primavera desbordaba los ríos, cuya corriente arrastraba placas de hielo que producían un ruido extraño, “como si alguien clavara ataúdes en el fondo”. Los viajeros habían de esperar, sentados junto a la orilla, a que fuera posible navegar. Luego, las calesas encallaban una y otra vez en el barro del deshielo, obligándolos a apearse, empujar, reparar el carruaje, seguir a pie, volver a subir y blasfemar (el idioma ruso resulta muy versátil para tal propósito). Cuando terminó el general invierno, a la altura de Krasnoyarsk, sobrevinieron el calor, las nubes de mosquitos, el polvo del camino incrustado en la nariz, las noches al raso y la belleza de la taiga, “el bosque sin fin”. Le llamaron la atención las gentes del Amur, que no sabían hablar de otra cosa que no fuera el oro, nada más que el oro.
El autor de El jardín de los cerezos puso el pie en Sajalín el 11 de julio y abandonó el enclave el 13 de octubre. Tres meses y tres días en los que se empleó a fondo visitando todas las colonias de presos e isbas. Habló con todos y cada uno. Tuvo la santa paciencia de compilar un censo de los 9.000 habitantes de la isla mediante un sistema de fichas. Presenció ejecuciones y castigos a latigazos por la más mínima falta. Las mujeres, condenadas por delitos melodramáticos, recibían un trato peor que el de los animales domésticos, sin otro medio de subsistencia que la prostitución. Chéjov, que se levantaba cada día a las cinco de la mañana, volcó su experiencia en el libro La isla de Sajalín (Alba).
El trayecto de regreso le llevó dos meses: navegó por el Pacífico, el Índico y, tras cruzar el canal de Suez, el Mediterráneo, hasta desembarcar en Odesa. Durante la travesía hacia Singapur hubo que arrojar al mar dos cadáveres envueltos en tela de sarga, una escena que le inspiró el sobrecogedor relato Gúsev . En una de sus primeras cartas desde Moscú, escribe a Suvorin: “El diablo sabrá si el viaje me ha hecho madurar, o es que me he vuelto loco”.
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