
Con un telescopio de color dorado de dos tubos —uno para enfocar y el otro para hacer las fotografías sobre unas placas de vidrio— se captó el último eclipse total registrado en la Península, en 1905, desde el Observatorio del Ebro. Ubicado en Roquetes (Tarragona), es uno de los más antiguos de España y conserva un importante patrimonio, aunque tradicionalmente ha quedado relegado a una posición secundaria. Este 12 de agosto será el único observatorio catalán ubicado en la franja de totalidad del eclipse de Sol, lo que le ha abierto una nueva puerta al reconocimiento institucional y ciudadano. “Nacimos con el eclipse de hace 121 años, el actual nos dará un nuevo impulso”, asegura Juan José Curto, jefe de Cultura Científica del Observatorio del Ebro.
El centro astronómico catalán reivindica su importante legado con datos de más de un siglo y una biblioteca con más de 50.000 ejemplares
Con un telescopio de color dorado de dos tubos —uno para enfocar y el otro para hacer las fotografías sobre unas placas de vidrio— se captó el último eclipse total registrado en la Península, en 1905, desde el Observatorio del Ebro. Ubicado en Roquetes (Tarragona), es uno de los más antiguos de España y conserva un importante patrimonio, aunque tradicionalmente ha quedado relegado a una posición secundaria. Este 12 de agosto será el único observatorio catalán ubicado en la franja de totalidad del eclipse de Sol, lo que le ha abierto una nueva puerta al reconocimiento institucional y ciudadano. “Nacimos con el eclipse de hace 121 años, el actual nos dará un nuevo impulso”, asegura Juan José Curto, jefe de Cultura Científica del Observatorio del Ebro.
La historia de estas instalaciones se remonta a más de 120 años, cuando los jesuitas tenían una facultad de filosofía en la zona y decidieron crear unos laboratorios de física. “Aquí formaban a sus seminaristas en teología y filosofía, querían que estuvieran bien preparados”, explica Curto. Los jesuitas crearon una red de observatorios por todo el mundo y también proyectaron uno en la zona del Ebro especializado en un campo: las relaciones Sol-Tierra. La instalación empezó a funcionar a medio gas en 1904, pero se inauguró un año después, el 30 de agosto, coincidiendo con el eclipse total que tuvo lugar hace 121 años.
En este tiempo, el Observatorio del Ebro se ha convertido en un centro de investigación y de divulgación geofísica adscrito a la Universitat Ramon Llull y al CSIC, y especializado en distintos ámbitos: desde la meteorología, la sismología o el magnetismo terrestre. Uno de los campos de estudio son las corrientes derivadas de las tormentas solares y cómo afecta ello a la Tierra. “Estudiamos la vulnerabilidad de los transformadores y las redes de aparatos, ya que podría provocar apagones que duraran semanas o meses. De momento, por suerte, la vulnerabilidad es baja porque estamos lejos de las tormentas más intensas”, tranquiliza Curto.
Pero el valor de este observatorio es doble. Por un lado, por su patrimonio inmaterial: los datos. “Gracias a nuestra antigüedad, tenemos una de las series de datos más larga que existe, cosa que nos permite hacer estudios de larga tendencia. Por ejemplo, con el Sol, que tiene una variabilidad compleja. Tiene ciclos de 11 años; es como un corazón que late y cada 11 años cambia de polaridad. Pero también tiene ciclos de 80 años, así que solo con series de datos muy largos se pueden captar estos ciclos”, abunda Curto. El investigador también asegura contar con datos climatológicos de hace 150 años, de la época de la revolución industrial.
Pero el centro también cuenta con un importante patrimonio material en forma de instrumentos históricos como telescopios y objetos singulares como un espectrómetro de Rowland, con los que se ha habilitado un pequeño museo para explicar cómo se hacía ciencia hace un siglo. Asimismo, el observatorio guarda en su interior un tesoro de biblioteca con más de 50.000 libros, revistas y planos. “Los jesuitas intercambiaban datos con otros observatorios, lo que nos ha permitido crear esta biblioteca monumental”, explica Curto con orgullo.

El Observatorio del Ebro estuvo en manos de la Compañía de Jesús durante casi un siglo y hace una década pasó a manos de un patronato liderado por la Generalitat de Cataluña. Entonces, se decidió vincularlo al Departamento de Territorio, del cual depende también el Instituto Cartográfico y Geológico. Pero la llegada del nuevo eclipse puso el foco en estas instalaciones del sur de la comunidad para redescubrir su importancia. El pasado enero, el Govern aprobó una modificación de sus estatutos para traspasarlo al Departamento de Investigación y Universidades. “Se inicia una nueva etapa. Aunque un barco no cambia de rumbo de un día para otro y nosotros seguiremos con nuestras líneas de investigación, sí que esperamos que con la nueva línea del patronato, que dice que nos entiende, podamos tener unas oportunidades que hasta ahora no teníamos”, admite Curto.
Se incorporaba así a un tablero dominado hasta ahora por el Observatorio Fabra (ubicado en Barcelona y con la misma edad que el del Ebro) y el del Montsec (en Lleida e inaugurado en 2008). “La Generalitat ha volcado muchos recursos en el Montsec, esperamos que con el eclipse la gente nos vuelva a situar en el mapa, y a lo mejor nos llegan proyectos que hasta ahora no llegaban”, añade el investigador. La apuesta de la Generalitat es clara y, de hecho, este observatorio ha sido elegido como punto oficial desde donde el Govern seguirá el fenómeno astronómico el día 12.
Previamente, se han organizado talleres y actividades para todos los públicos relacionadas con el eclipse solar. Pero también las habrá más restringidas, como una convención de la Unión Astronómica Internacional que, bajo el título Synoptic ground-based solar observations for space weather and space climate Workshop, debatirá sobre los retos de instrumentación y preservación de los datos de observación solar. Asimismo, para el día 12 se han organizado unas charlas –que solo se podrán ver por streaming– con personalidades como Pavel Gabor, astrónomo jesuita vinculado al Vatican Observatory, Didier Queloz, premio Nobel de Física en 2019, o los astronautas Ellen Baker y Pedro Duque, entre otros.
“Estamos en la periferia, lejos de Barcelona, y cuesta que te conozcan, pero después de 120 años, estamos aquí vivos y activos. Y el eclipse nos pondrá en el mapa”, remata Curto.
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