‘Revolución cuántica’, la exposición que trata sobre la teoría que volvió ‘loco’ a Einstein

La física cuántica nació de madrugada y casi con culpa. Es el 7 de octubre de 1900 y el físico Heinrich Rubens le lleva unos datos experimentales a Max Planck a su despacho en la Universidad de Berlín. Está estudiando la radiación del cuerpo negro –esa relación entre temperatura y color que vemos en las brasas cuando pasan del rojo al amarillo, por ejemplo–. Pero los resultados no encajan con lo que se sabe hasta ahora. Se pasa toda la noche en vela intentando resolver aquel misterio. Y entonces Planck lanza una hipótesis casi herética: quizá la energía no es continua, quizá está hecha de pequeños paquetes discretos. Pero eso dinamitaría todo lo que se sabe hasta ahora… Y a Planck le cuesta admitir aquello, incluso aunque las ecuaciones encajen perfectamente. «La física cuántica nace casi disculpándose», dice Sònia Fernández-Vidal, comisaria de la exposición ‘ Revolución cuántica ‘, al principio de la muestra, recién inaugurada en el Espacio Fundación Telefónica en Madrid.Abierta hasta el 11 de octubre en la tercera planta de la fundación, ‘Revolución cuántica’ convierte esa grieta científica en un viaje visual, histórico y filosófico que explica cómo una teoría nacida para resolver anomalías acabó transformando la tecnología contemporánea. Más de 120 piezas, entre manuscritos históricos, instalaciones inmersivas, vídeos y experiencias interactivas, trazan el camino que va desde Galileo y Newton hasta los ordenadores cuánticos refrigerados a temperaturas cercanas al cero absoluto.Porque antes del caos cuántico hubo un universo perfectamente ordenado. Durante siglos, la física describió el cosmos como una maquinaria exacta. Newton había convertido el universo en un reloj suizo: determinista, previsible y objetivo. «Con las leyes de Newton que estudiamos en la escuela, si tú sabes la posición y la velocidad de una partícula, sabes su trayectoria, incluso el futuro y el pasado», explica Fernández-Vidal. La exposición reconstruye ese paradigma clásico con primeras ediciones de Galileo procedentes de la Biblioteca Nacional y de la Complutense, junto a referencias a Maxwell y su teoría electromagnética de la luz. Pero entonces, con aquel experimento de Planck, vieron que la luz no seguía las mismas reglas…Y se desentrañó la luz (un poco)La segunda parte de la exposición se adentra en la crisis de finales del XIX en la que la ciencia comenzó a resquebrajarse por culpa de la luz. Allí se le suman a Planck, Albert Einstein y Niels Bohr como protagonistas de una revolución que desmontó las certezas clásicas. Fernández-Vidal lo resume con una metáfora doméstica: «Imaginaos que la luz fuese un salchichón. Según la física clásica podías hacer lonchas infinitamente delgadas. Planck descubre que llega un momento en que ya no puedes cortarla más». Ese límite mínimo es el cuanto de energía.La exposición convierte conceptos abstractos en experiencias casi físicas. Una instalación interactiva diseñada por Dotdotdot permite experimentar el efecto fotoeléctrico de Einstein, ese fenómeno que hoy abre automáticamente las puertas del supermercado y que en 1905, aunque no era tan recurrente en el día a día, ayudó a demostrar que la luz podía comportarse también como partícula. Porque ahí empezó el gran escándalo cuántico: la luz era onda y partícula a la vez .El nacimiento de la mecánica cuánticaEn los años veinte, Werner Heisenberg, Erwin Schrödinger y Paul Dirac levantaron una nueva física, la mecánica cuántica, donde las reglas clásicas dejaban de servir. El principio de incertidumbre de Heisenberg dinamitó la idea de control absoluto del universo: no podemos conocer al mismo tiempo y con precisión total la posición y la velocidad de una partícula. Cuanto más sabemos de una cosa, menos sabemos de la otra. El universo dejaba de ser un mecanismo perfectamente calculable.Luego apareció Schrödinger con su gato encerrado en una caja. Vivo y muerto al mismo tiempo hasta que alguien abre y mira. La metáfora parecía absurda, pero explicaba uno de los conceptos más desconcertantes de la cuántica: la superposición. Las partículas pueden existir en varios estados simultáneamente hasta que una observación obliga al sistema a decidirse. «El preguntarle a la luz o a un electrón lo que es condiciona cómo se va a mostrar», resume Fernández-Vidal. Einstein nunca soportó aquella idea y protestaba: «Yo quiero creer que la Luna está ahí cuando no la estoy mirando».Algunas obras expuestas en la muestra ‘Revolución cuántica’, en el Espacio Fundación Telefónica. Javier AriasLa exposición entra entonces en el territorio más incómodo: el de una realidad que quizá no existe de manera independiente a quien la observa. Y ahí aparece otro de los grandes fantasmas cuánticos: el entrelazamiento. Dos partículas pueden quedar conectadas aunque estén separadas por distancias enormes. Lo que ocurre en una afecta instantáneamente a la otra. Einstein llamó ‘acción fantasmagórica a distancia’, si bien estaba convencido de que la teoría estaba incompleta. Décadas después, los experimentos acabaron demostrando que aquella conexión imposible era real.Y después llega el futuroLa última sala aterriza en la segunda revolución cuántica: computación, criptografía y telecomunicaciones. Allí aparece la réplica a tamaño real de uno de los ordenadores cuánticos del Barcelona Supercomputing Center (BSC), suspendido como una lámpara dorada de ciencia ficción. «Todo esto es el envoltorio», explica Artur García, líder del grupo de cuántica del BSC-CNS, señalando la enorme estructura metálica. «El ordenador real apenas es un pequeño chip escondido en la parte inferior, aislado a temperaturas cercanas al cero absoluto para evitar cualquier interferencia, lo que llamamos ruido». A pocos metros, un reloj marca una cuenta atrás inquietante: el momento en que la computación cuántica será capaz de romper, según Google, uno de los grandes pioneros actuales en esta nueva tecnología, los sistemas de encriptación clásicos que hoy protegen bancos, comunicaciones y datos personales. El tiempo corre.Noticia relacionada general No No ¿Puede un reloj experimentar dos tiempos diferentes y hacerse más joven y más viejo a la vez? José Manuel NievesY entonces todo vuelve al principio. A Planck encerrado una noche de 1900 intentando entender por qué unas brasas cambiaban de color de una forma que las ecuaciones no podían explicar. La física cuántica nació de una anomalía minúscula, casi invisible. Más de un siglo después, aquella grieta abierta en la realidad sigue expandiéndose. La física cuántica nació de madrugada y casi con culpa. Es el 7 de octubre de 1900 y el físico Heinrich Rubens le lleva unos datos experimentales a Max Planck a su despacho en la Universidad de Berlín. Está estudiando la radiación del cuerpo negro –esa relación entre temperatura y color que vemos en las brasas cuando pasan del rojo al amarillo, por ejemplo–. Pero los resultados no encajan con lo que se sabe hasta ahora. Se pasa toda la noche en vela intentando resolver aquel misterio. Y entonces Planck lanza una hipótesis casi herética: quizá la energía no es continua, quizá está hecha de pequeños paquetes discretos. Pero eso dinamitaría todo lo que se sabe hasta ahora… Y a Planck le cuesta admitir aquello, incluso aunque las ecuaciones encajen perfectamente. «La física cuántica nace casi disculpándose», dice Sònia Fernández-Vidal, comisaria de la exposición ‘ Revolución cuántica ‘, al principio de la muestra, recién inaugurada en el Espacio Fundación Telefónica en Madrid.Abierta hasta el 11 de octubre en la tercera planta de la fundación, ‘Revolución cuántica’ convierte esa grieta científica en un viaje visual, histórico y filosófico que explica cómo una teoría nacida para resolver anomalías acabó transformando la tecnología contemporánea. Más de 120 piezas, entre manuscritos históricos, instalaciones inmersivas, vídeos y experiencias interactivas, trazan el camino que va desde Galileo y Newton hasta los ordenadores cuánticos refrigerados a temperaturas cercanas al cero absoluto.Porque antes del caos cuántico hubo un universo perfectamente ordenado. Durante siglos, la física describió el cosmos como una maquinaria exacta. Newton había convertido el universo en un reloj suizo: determinista, previsible y objetivo. «Con las leyes de Newton que estudiamos en la escuela, si tú sabes la posición y la velocidad de una partícula, sabes su trayectoria, incluso el futuro y el pasado», explica Fernández-Vidal. La exposición reconstruye ese paradigma clásico con primeras ediciones de Galileo procedentes de la Biblioteca Nacional y de la Complutense, junto a referencias a Maxwell y su teoría electromagnética de la luz. Pero entonces, con aquel experimento de Planck, vieron que la luz no seguía las mismas reglas…Y se desentrañó la luz (un poco)La segunda parte de la exposición se adentra en la crisis de finales del XIX en la que la ciencia comenzó a resquebrajarse por culpa de la luz. Allí se le suman a Planck, Albert Einstein y Niels Bohr como protagonistas de una revolución que desmontó las certezas clásicas. Fernández-Vidal lo resume con una metáfora doméstica: «Imaginaos que la luz fuese un salchichón. Según la física clásica podías hacer lonchas infinitamente delgadas. Planck descubre que llega un momento en que ya no puedes cortarla más». Ese límite mínimo es el cuanto de energía.La exposición convierte conceptos abstractos en experiencias casi físicas. Una instalación interactiva diseñada por Dotdotdot permite experimentar el efecto fotoeléctrico de Einstein, ese fenómeno que hoy abre automáticamente las puertas del supermercado y que en 1905, aunque no era tan recurrente en el día a día, ayudó a demostrar que la luz podía comportarse también como partícula. Porque ahí empezó el gran escándalo cuántico: la luz era onda y partícula a la vez .El nacimiento de la mecánica cuánticaEn los años veinte, Werner Heisenberg, Erwin Schrödinger y Paul Dirac levantaron una nueva física, la mecánica cuántica, donde las reglas clásicas dejaban de servir. El principio de incertidumbre de Heisenberg dinamitó la idea de control absoluto del universo: no podemos conocer al mismo tiempo y con precisión total la posición y la velocidad de una partícula. Cuanto más sabemos de una cosa, menos sabemos de la otra. El universo dejaba de ser un mecanismo perfectamente calculable.Luego apareció Schrödinger con su gato encerrado en una caja. Vivo y muerto al mismo tiempo hasta que alguien abre y mira. La metáfora parecía absurda, pero explicaba uno de los conceptos más desconcertantes de la cuántica: la superposición. Las partículas pueden existir en varios estados simultáneamente hasta que una observación obliga al sistema a decidirse. «El preguntarle a la luz o a un electrón lo que es condiciona cómo se va a mostrar», resume Fernández-Vidal. Einstein nunca soportó aquella idea y protestaba: «Yo quiero creer que la Luna está ahí cuando no la estoy mirando».Algunas obras expuestas en la muestra ‘Revolución cuántica’, en el Espacio Fundación Telefónica. Javier AriasLa exposición entra entonces en el territorio más incómodo: el de una realidad que quizá no existe de manera independiente a quien la observa. Y ahí aparece otro de los grandes fantasmas cuánticos: el entrelazamiento. Dos partículas pueden quedar conectadas aunque estén separadas por distancias enormes. Lo que ocurre en una afecta instantáneamente a la otra. Einstein llamó ‘acción fantasmagórica a distancia’, si bien estaba convencido de que la teoría estaba incompleta. Décadas después, los experimentos acabaron demostrando que aquella conexión imposible era real.Y después llega el futuroLa última sala aterriza en la segunda revolución cuántica: computación, criptografía y telecomunicaciones. Allí aparece la réplica a tamaño real de uno de los ordenadores cuánticos del Barcelona Supercomputing Center (BSC), suspendido como una lámpara dorada de ciencia ficción. «Todo esto es el envoltorio», explica Artur García, líder del grupo de cuántica del BSC-CNS, señalando la enorme estructura metálica. «El ordenador real apenas es un pequeño chip escondido en la parte inferior, aislado a temperaturas cercanas al cero absoluto para evitar cualquier interferencia, lo que llamamos ruido». A pocos metros, un reloj marca una cuenta atrás inquietante: el momento en que la computación cuántica será capaz de romper, según Google, uno de los grandes pioneros actuales en esta nueva tecnología, los sistemas de encriptación clásicos que hoy protegen bancos, comunicaciones y datos personales. El tiempo corre.Noticia relacionada general No No ¿Puede un reloj experimentar dos tiempos diferentes y hacerse más joven y más viejo a la vez? José Manuel NievesY entonces todo vuelve al principio. A Planck encerrado una noche de 1900 intentando entender por qué unas brasas cambiaban de color de una forma que las ecuaciones no podían explicar. La física cuántica nació de una anomalía minúscula, casi invisible. Más de un siglo después, aquella grieta abierta en la realidad sigue expandiéndose.  

La física cuántica nació de madrugada y casi con culpa. Es el 7 de octubre de 1900 y el físico Heinrich Rubens le lleva unos datos experimentales a Max Planck a su despacho en la Universidad de Berlín. Está estudiando la radiación del cuerpo negro – … esa relación entre temperatura y color que vemos en las brasas cuando pasan del rojo al amarillo, por ejemplo–. Pero los resultados no encajan con lo que se sabe hasta ahora. Se pasa toda la noche en vela intentando resolver aquel misterio. Y entonces Planck lanza una hipótesis casi herética: quizá la energía no es continua, quizá está hecha de pequeños paquetes discretos. Pero eso dinamitaría todo lo que se sabe hasta ahora… Y a Planck le cuesta admitir aquello, incluso aunque las ecuaciones encajen perfectamente. «La física cuántica nace casi disculpándose», dice Sònia Fernández-Vidal, comisaria de la exposición ‘Revolución cuántica‘, al principio de la muestra, recién inaugurada en el Espacio Fundación Telefónica en Madrid.

 RSS de noticias de ciencia

Te Puede Interesar