“¡Ah, pobre, pobre patria! Casi temerosa de conocerse a sí misma; ya no puede llamarse nuestra madre, sino nuestra tumba”. En este célebre pasaje de Macbeth, el noble Ross lamenta el infierno en el que se ha convertido su amada tierra bajo el yugo del tiránico y sanguinario rey que da título al clásico shakesperiano. Escocia reducida a una cuna de aullidos y gemidos donde un “pesar violento” recorre todas sus fibras. Más de cuatro siglos después, el país ya no es el concentrado de barbarie y llantos que inspiraron al Bardo, pero el eco de tan oscuro pasado continúa vibrando en las páginas de su fecunda y vigorosa novela negra.
El autor de novela negra fallece a causa de un ataque al corazón repentino
“¡Ah, pobre, pobre patria! Casi temerosa de conocerse a sí misma; ya no puede llamarse nuestra madre, sino nuestra tumba”. En este célebre pasaje de Macbeth, el noble Ross lamenta el infierno en el que se ha convertido su amada tierra bajo el yugo del tiránico y sanguinario rey que da título al clásico shakesperiano. Escocia reducida a una cuna de aullidos y gemidos donde un “pesar violento” recorre todas sus fibras. Más de cuatro siglos después, el país ya no es el concentrado de barbarie y llantos que inspiraron al Bardo, pero el eco de tan oscuro pasado continúa vibrando en las páginas de su fecunda y vigorosa novela negra.
El pasado miércoles, sin embargo hubo que lamentar el adiós de uno de sus más entregados y fiables representantes, Peter May, responsable de hasta tres exitosas series ambientadas en tres países distintos -“The Lewis Trilogy”, “The China Thrillers” y “The Enzo Files”- que tuvieron una especial acogida en el Reino Unido, Francia y China, víctima de un infarto en su domicilio en la localidad francesa de Gassin, a los 74 años. También hablamos de una persona risueña, afable y llena de sentido del humor.

En la edición de 2016 del festival de BCNegra moderé una mesa sobre tartan noir -así bautizado por la tela de cuadros que simboliza el país- en la que estaba acompañado por Denise Mina y Louise Welsh. El trío tenía en común haber nacido o residido en Glasgow, y aún resuenan en mis oídos las risas sincronizadas cuando les pregunté si la ciudad era tan propicia al género que los unía como inducía a pensar la obra de William McIlvanney, patriarca del género en sus tierras. “Si lo dudas por un instante es que no has puesto un pie en ella”, fue el primero en bramar May.
Le encontró muchas formas de resultarle fatal al ser humano cuando volvió a ella con la imaginación del novelista. El autor aseguraba que lo del tartan noir era un invento – “más allá de compartir una geografía y unos escenarios, el resto es pura etiqueta comercial”, declaró-, pero lucía faldita a cuadros en algunas fotos promocionales.
Había tocado la guitarra eléctrica, los teclados y cantado en varias bandas de rock de medio pelo; en su web colgaba recetas y vídeos de cocina; con su mujer, que también es escritora, organizó durante años un taller de literatura en medio de la campiña francesa, y era dueño de un apartamento en Estepona.
Es probable que su ciclo más popular fuera el ambientado en la isla escocesa de Lewis -recuperen El último peón, El hombre sin pasado y La isla de los cazadores de pájaros, en Grijalbo-, un infierno ventoso que a cambio te ofrecía paisajes que te llevan a pensar en los albores de la creación. May pasó cinco años en ella en los años 70, a razón de cinco meses cada uno, filmando una serie televisiva de la que era productor y guionista. La odió y la amó a partes iguales. Ahí sólo te mata el clima en permanente mutación o el trekking alocado, pero él con anterioridad ya había visto la luz la mayor parte de sus novelas que se desarrollan en China, sustentadas en la alianza entre un detective local, Li Yan, y una patóloga forense de Chicago.
Quiso ser el primer occidental en ambientar una novela de crímenes en China
May aterrizó en 1991 en Pekín con la idea de ser el primer occidental en ambientar una novela de crímenes en su suelo, y aunque le costó años establecer una red de contactos que le familiarizaran con sus procedimientos policiales, acabó siendo el único escritor del mundo al que la Asociación de Escritores de Género Negro de China nombró miembro honorario. (Por cierto, en una entrevista soltó esta perla que, muchos años después, adquiere relevancia al hilo del “affaire Mbappé”: “Contra lo que piensa la mayoría de la gente, a sus ciudadanos chinos les importa un pimiento la política. Además se pasan el día contando chistes malísimos sobre sus líderes”).
El escritor reiteraba que la mitad de su éxito literario y de su productividad -deja atrás la friolera de setenta y un títulos, y tampoco deberían perderse la novela suelta Entry Island, en Salamandra- se lo debía a su formación periodística -trabajó para los diarios The Scotsman y The Glasgow Evening, “donde aprendí a documentarme, y a comunicarme de forma directa con el lector”-, y que las tramas criminales de sus libros sólo eran una excusa para analizar nuestra humanidad profunda.
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