Tras vivir una tragedia como el accidente de trenes de Toledo, el mundo de las víctimas se derrumba. Cae la sensación de invulnerabilidad, la convicción de que el mundo es un lugar seguro que podemos controlar. De que, siempre que uno actúe como debe, no ocurrirá nada malo. Esta idea, explican los psicólogos, surge en los primeros años de vida. Es entonces cuando el niño desarrolla un sentido de confianza básica: la percepción de que el mundo es un lugar predecible donde, si uno se comporta bien, todo irá bien. El mundo no funciona así, pero a veces es necesario pensar que sí para poder llevar una vida funcional. Poder coger el coche, el tren o salir a pasear sin pensar que podemos morir en cualquier momento. La recuperación psicológica de las víctimas, en gran medida, pasa por reconstruir dichas suposiciones. Dejar de ver el mundo como un lugar eternamente peligroso y volver a confiar.
Los precedentes muestran que las catástrofes con un componente humano son más difíciles de superar que las naturales y que la gente es más solidaria de lo que se cree
Tras vivir una tragedia como el accidente de trenes de Toledo, el mundo de las víctimas se derrumba. Cae la sensación de invulnerabilidad, la convicción de que el mundo es un lugar seguro que podemos controlar. De que, siempre que uno actúe como debe, no ocurrirá nada malo. Esta idea, explican los psicólogos, surge en los primeros años de vida. Es entonces cuando el niño desarrolla un sentido de confianza básica: la percepción de que el mundo es un lugar predecible donde, si uno se comporta bien, todo irá bien. El mundo no funciona así, pero a veces es necesario pensar que sí para poder llevar una vida funcional. Poder coger el coche, el tren o salir a pasear sin pensar que podemos morir en cualquier momento. La recuperación psicológica de las víctimas, en gran medida, pasa por reconstruir dichas suposiciones. Dejar de ver el mundo como un lugar eternamente peligroso y volver a confiar.
Algunas personas lo hacen por sí mismas, pero desde hace años, las víctimas disponen de ayuda psicológica para ayudarles en este trance. “El profesional de la psicología de emergencias debe estar desde el minuto uno, como también lo está el personal sanitario o los bomberos”, explica Javier Torres, que fue coordinador del área de Emergencias y Catástrofes del Consejo General de la Psicología de España. La importancia de esta intervención temprana es clave, señala el experto. “Podemos guiar a la persona afectada, podemos acompañarla, ayudarle a que exteriorice cómo se encuentra en ese momento, qué es lo que necesita, cuáles son sus temores, cuál es su vulnerabilidad. Y eso es muy importante porque, si no, la persona se ve indefensa y esto puede desembocar en una sintomatología depresiva y cuadros de estrés postraumático”.
Llegar a esta conclusión no ha sido fácil. En España se empezó a incluir en el protocolo de emergencias a raíz de las catástrofes de los Alfaques (que dejó 215 fallecidos en 1978) y se perfeccionó con la del camping de Biescas (una riada que causó 87 muertos en 1996). La mayoría de los países desarrollados tienen protocolos similares. Sin embargo, no existe una evidencia científica que diga claramente que la asistencia psicológica temprana puede atajar la depresión o el síndrome de estrés postraumático. El metaanálisis más completo sobre el tema se publicó en 2025 en la revista médica BMJ, con una base de más de 5000 participantes. No encontró diferencias entre los sobrevivientes que recibieron atención temprana y aquellos que no lo hicieron y concluía que se necesitaba más investigación para desarrollar protocolos.
“No todos los sobrevivientes de una tragedia van a necesitar tratamiento psicológico”, reflexiona Torres. “Hay mucha gente que tiene sus recursos, su entorno, sus capacidades para gestionar esas situaciones y, de alguna manera, pasada esa fase de impacto, van normalizando su vida”. Lo importante, señala el experto, es reconocer a todos en un primer momento. Ver quién tiene un ataque de ansiedad, quién está disociado, quién necesita contar su experiencia… Lo importante es no dejarlos solos.
No todos los desastres se asumen igual. Según la literatura científica, el malestar psicológico tiende a prolongarse más tiempo en aquellos provocados por el ser humano —como un accidente de tren— que tras fenómenos puramente naturales, como un huracán. Las tragedias naturales tienen una lectura única, se afrontan de forma colectiva. Hay pena, pero no hay rabia. En las crisis con un componente humano, político o tecnológico, se puede pasar rápidamente del impacto y el rescate a la búsqueda de culpables. Esto implica que la narrativa de los hechos se vuelve objeto de disputa: no siempre hay consenso sobre el relato de los hechos. Para superar una catástrofe, las personas suelen necesitar poder contarse a sí mismas una historia clara sobre lo que ocurrió. Cerrar heridas. Y, en este caso, la historia no es tan clara.
Hay muchas películas sobre catástrofes; es un género en sí mismo. En casi todas, se suele mostrar el pánico y la crueldad de la masa. Es una idea que ha calado en la sociedad. En un estudio de la Universidad de Sussex se preguntó al público sobre cómo creía que se comportaba la masa ante una emergencia. Una abrumadora mayoría coincidió en señalar que prima el egoísmo y que el orden social se desmorona. Resultaba interesante ver cómo los agentes de policía, con experiencia en situaciones de crisis, no se mostraban tan de acuerdo con estas afirmaciones.
Era su visión la más cercana a la realidad. Las personas en situaciones de crisis, generalmente, cooperan entre sí y se cuidan unas a otras. Un análisis del psicólogo de la Universidad de Stanford Jamil Zaki habla de la “compasión ante la catástrofe”, tirando de numerosos ejemplos documentados. Lejos de volver a las personas antisociales o salvajes, los desastres generan un marcado aumento de comportamientos prosociales, explica. Los supervivientes crean redes de ayuda mutua, llevan a cabo actos de altruismo a gran escala y manifiestan un mayor sentido de solidaridad entre ellos. Personas no afectadas por el suceso acuden a los lugares donde ha ocurrido el desastre para prestar ayuda, inundando la zona con donaciones y voluntarios. Es un fenómeno conocido como “convergencia ante desastres”, que se ha podido constatar estos días. Lo contaban los afectados, se ha visto en las numerosas donaciones de sangre que han desbordado los centros en Madrid y en la colaboración de los paisanos de Urda y otras poblaciones cercanas al accidente.
Los psicólogos han identificado varios mecanismos que podrían subyacer a la compasión ante catástrofes. Uno de ellos tiene que ver con el sentido de pertenencia, la identidad social. Cuando ocurre un desastre, las víctimas pueden verse vinculadas a un grupo nuevo, el más importante al que jamás hayan pertenecido. Los desconocidos que viajan en un tren que descarrila pueden experimentar una sensación existencial y visceral de destino compartido. Dejan de ser extraños para convertirse en colaboradores en la lucha por sus propias vidas. Este sería un potente motor de comportamiento cooperativo.
Las víctimas de una tragedia como esta tendrán que recomponer, poco a poco, la idea de que el mundo es un lugar en el que se puede confiar. Y es posible que la respuesta no llegue de los tribunales, ni de un relato aceptado por todos. Pero al menos queda la idea de que sí se puede confiar en el prójimo. De que, en momentos de dificultad y tragedia, son los otros los que nos salvan.
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