Como un templo que aloja a otro, el Palau de la Música se llenó este viernes de fieles a la epístola musical que Enrique Morente dio a luz tres décadas atrás para revolucionar el flamenco y el rock con esa patada revolucionaria que fue Omega. La ciudad donde Morente celebró su último concierto (en El Molino, el 23 de noviembre del 2010) abrió de nuevo sus puertas a la música del granadino dentro del Festival de Jazz de Barcelona.
Kiki Morente y Lagartija Nick insuflan nueva vida al revolucionario disco en su 30 aniversario
Como un templo que aloja a otro, el Palau de la Música se llenó este viernes de fieles a la epístola musical que Enrique Morente dio a luz tres décadas atrás para revolucionar el flamenco y el rock con esa patada revolucionaria que fue Omega. La ciudad donde Morente celebró su último concierto (en El Molino, el 23 de noviembre del 2010) abrió de nuevo sus puertas a la música del granadino dentro del Festival de Jazz de Barcelona.
La velada respondía al encuentro de los Lagartija Nick, coautores del disco en 1996, con el hijo de Enrique, Kiki, esta noche heredero vocal y escénico del trabajo de su padre –que él mismo vio crear siendo niño– al que aportó su propio timbre, más suave. A su lado, además de los Lagartija —Antonio Arias, Juan Codorníu, Éric Jiménez y J.J. Machuca—, le acompañaron dos guitarras y otros tantos cajones además de un coro de cuatro voces e Israel Galván, premio Nacional de Danza, poniendo el arte en homenaje a quien fuera buen amigo en vida.
Kiki recordó la raíz charnega de su padre en una noche donde Sílvia Pérez acompañó el ‘Pequeño vals vienés’
La noche tuvo algo de rito, de reliquia desvelada desde la premisa inicial, estruendosa Manhattan con mezcla de palmas y guitarras eléctricas, aquel sonido primigenio que le ganó a Morente los ataques del público flamenco –también de algunos rockeros– incapaz de entender esta obra que une a Lorca y Cohen, el rock y el flamenco, al igual que el cantaor supo unirse a Sonic Youth o Los Planetas. “Un charnego”, dijo Kiki de su padre al destacar que las cosas más bonitas que vivió su padre “las vivió aquí en Barcelona”.
La pieza de Cohen fue interpretada por los Lagartija con el rostro cubierto por máscaras blancas que aportaban misterio sin salirse de lo humano. Galope rítmico en Vals en las ramas y oscuridad sobre el escenario que dotó de brujería a La aurora de Nueva York con la que Kiki, vestido al gusto de su padre con vistosos zapatos de piel (su madre presenció el recital entre el público), invocó a Lorca, al tiempo que el fugaz baile de Israel Galván sorprendía en Niña ahogada en el pozo, con Arias acompañando a Kiki a la voz.

El cuarteto de Lagartija Nick se retiró de las tablas para dejar paso a lo más flamenco del repertorio, con los tangos de Solo del pastor bobo, la alegre Sacerdotes y la sentida Adán, con la sola presencia del cantaor y las guitarras.
El Kyrie de Morente, sacramental, interpretado por el coro a capella, redobló la intensifad antes del regreso de la parte eléctrica de Lagartija para proceder a la intensa Omega con “un guante de mercurio y otro de seda” golpeando durante casi 10 minutos que dejaron sin aliento. Vuelta de paseo, carga rockera, preparó el espacio para la solemnidad de Aleluya, que concitó las mayores emociones de la noche con Kiki dedicando la pieza a las víctimas del accidente ferroviario de Toledo, y uniéndose con Antonio Arias para condenar la guerra y recordar que los niños son inocentes, vengan de donde vengan.
Camino del final, Sílvia Pérez Cruz hizo acto de presencia para añadir su voz a las de Kiki y Arias en Pequeño vals vienés, otra pieza de comunión con el público a manos de Lorca que la catalana hizo suya después de interpretarla tantas y tantas veces en sus actuaciones. Le siguió Oye, esta no es manera de decir adiós, cálida y pop, que despidió este regreso a los orígenes de la mezcla que enraiza tanta y tanta música de la que se escucha en la actualidad.
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