Con un minuto de silencio por las víctimas del tremendo accidente ferroviario en Urda comenzaba ayer en el Liceu el estreno de I Capuleti e i Montecchi (1830), de Vicenzo Bellini, una ópera con libreto de Felice Romani que justamente está bien abastecida de odios, pasiones y tragedias, y que, como decía una consternada Lisette Oropesa en una publicación de Instagram, “va de la muerte prematura y de cómo el amor la trasciende”.
El liceísmo vive el estreno de ‘I Capuleti e i Montecchi’ de Bellini como un terrible reflejo de la actualidad
Con un minuto de silencio por las víctimas del tremendo accidente ferroviario en Urda comenzaba ayer en el Liceu el estreno de I Capuleti e i Montecchi (1830), de Vicenzo Bellini, una ópera con libreto de Felice Romani que justamente está bien abastecida de odios, pasiones y tragedias, y que, como decía una consternada Lisette Oropesa en una publicación de Instagram, “va de la muerte prematura y de cómo el amor la trasciende”.
Esta no ha sido una buena semana en la vida de los artistas que hacen posible esta ópera en el Liceu. Todo el equipo, junto con el coro y también la orquesta, sigue conmocionado también por el accidente laboral que sufrió una colega del equipo escénico de esta producción que llega de la Opéra Royal Wallonie-Liège, y cuya recuperación sigue siendo incierta. “Emocionalmente está siendo duro”, añadía la soprano.
“Esa es una ópera sobre la muerte prematura y sobre cómo el amor la trasciende”, decía una consternada Oropesa
También fuera del escenario el ambiente se sentía extraño. El público podía ver en la rabia y el odio entre capuletos y montescos un triste reflejo de esas dos Españas representadas por los políticos que en la actualidad, con el siniestro de Urda en plena campaña electoral, batallan por el control gubernamental del Estado.
Lo que a la entrada del teatro podría haber sido una broma electoral entre espectadores –“¿tú eres capuleto o montesco?”– acabó, como suele suceder en la ópera, en pura catarsis. Porque en Bellini, la dramaturgia se aleja del romanticismo con que Shakespeare narró la historia de Romeo y Julieta –la versión inglesa ni siquiera era la referencia principal en la Italia de inicio del siglo XIX–, y se centra, en cambio, en la tradición italiana de odio entre facciones políticas. Concretamente, en la rivalidad guerracivilista entre güelfos y gibelinos. Es decir, bebe de las fuentes italianas medievales y renacentistas, pero con la situación contemporánea de 1830 como telón de fondo, cuando el imperio austríaco tenía subyugado el Reino Lombardo-Véneto.

Ya con la primera aria, Lisette Oropesa embelesó al público, pero llegaría a la segunda parte de la velada sin resuello, acaso achacando ese positivo en covid que dio hace días. Su entente con Raffaella Lupinacci, la mezzo que encarna a Romeo, fue a más. La italiana, además, se creció al tener que suplir las fuerzas de su compañero estadounidense. Y lo bordó en el dúo de rivales con el tenor peruano Iván Ayón-Rivas como Tebaldo, el primo de Giulietta y con el que su padre la quiere casar para fortalecer su bando de la guerra. El bajo mexicano Alejandro López no estuvo muy allá en el papel del odioso Capellio (el padre), mientras que el bajo-barítono Marko Mimica fue rotundo y pacificador como Lorenzo, el personaje conciliador que en Shakespeare es un fraile y en Bellini, un doctor de la familia.

El público liceísta mostró su cariño a los artistas en los siete minutos de aplausos finales. Ovacionó a las dos protagonistas –Bellini escribió el papel de Romeo para voz de mezzo, de ahí que siempre haya esa travestimenta– y encumbró a Riccardo Frizza y a la Orquestra y el Cor del Liceu, que regalaron una sentida, clara y emocionante interpretación de la partitura. Frizza la defendió con esa maestría que exige el belcanto en cuanto al ritmo, las dinámicas y la atención a los cantantes, que son siempre una prioridad. El equipo del montaje fue recibido con cierta indiferencia. Eso sí, la escenografía está pensada para que las voces belcantistas se proyecten comme il faut . ¡Ánimo!
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