Parece increíble que unas simples pisadas puedan dar tanta información. Pero así es, y lo cierto es que las huellas fosilizadas de antiguos homínidos permiten acceder a datos vitales que los simples huesos fósiles no tienen. Un fragmento de cráneo, un fémur astillado o una mandíbula aislada nos hablan de la dieta, la edad de muerte o la capacidad craneal de un individuo ya desaparecido. Pero un rastro impreso en el barro, y petrificado después con el paso de los milenios, es capaz de capturar la vida en riguroso directo.Las huellas, de hecho, son instantes congelados en el tiempo. Nos dicen a qué velocidad caminaban nuestros ancestros, si cojeaban, su estatura, su peso y, lo que es aún más asombroso, nos revelan la dinámica de sus grupos y su comportamiento social en un día cualquiera. Ejemplos espectaculares, como las famosas huellas de Laetoli en Tanzania (datadas en más de 3,7 millones de años) demostraron de golpe que los primitivos australopitecos ya caminaban completamente erguidos mucho antes de desarrollar cerebros grandes. O las impresionantes pisadas de Matalascañas (Huelva), que hace poco nos descubrieron a familias enteras de neandertales mariscando en la costa española hace 100.000 años. Y ahora, un nuevo y excepcional hallazgo de huellas fósiles en África acaba de dar un vuelco a algo que la ciencia daba por sentado.La noticia, recién publicada en ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’ (PNAS) , nos lleva hasta las orillas de un antiguo lago en el norte de Kenia, hace la friolera de 1,43 millones de años. Allí, un equipo internacional de investigadores ha analizado un yacimiento asombroso que contiene 21 huellas fosilizadas, dejadas por ocho individuos diferentes en los sedimentos de lo que hoy se conoce como la Formación Koobi Fora. Los rastros no pertenecen a nuestra especie, ni siquiera a nuestro ancestro directo Homo erectus , sino a un enigmático ‘primo’ evolutivo: el robusto Paranthropus boisei, también conocido como Hombre cascanueces. No eran bajitosHasta ahora, la inmensa mayoría de los fósiles que teníamos de Paranthropus boisei se limitaban a cráneos con gruesas mandíbulas y dientes formidables (adaptaciones que le valieron el popular apodo de ‘cascanueces’ ), ideales para masticar tubérculos y semillas duras. Pero de cuello para abajo, la ciencia estaba casi a oscuras. Los escasos huesos disponibles de las extremidades de esta especie habían llevado a los paleoantropólogos a asumir que se trataba de un homínido achaparrado y de pequeño tamaño, notablemente más bajo que su esbelto y contemporáneo Homo erectus.Pero las recién analizadas huellas de Koobi Fora, sometidas a los más avanzados modelos de imágenes en 2D y 3D, han pulverizado esa idea.Mientras que un cráneo sólo nos habla de la dieta de un homínido muerto, las huellas fosilizadas capturan la vida en directo, revelando cómo se movía e interactuabaKevin Hatala, biólogo la Universidad de Chatham, investigador del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva y autor principal del estudio, no oculta su asombro: «Los tamaños de las huellas indican tamaños corporales parecidos a los humanos: hasta 1,8 metros de altura y alrededor de 75 kilogramos de peso». Es decir, la biometría extraída de la zancada y la profundidad de las pisadas nos muestra a auténticos ‘gigantes’ para su época.Vista de la excavación en la que huellas humanas se mezclan con otras de hipopótamos y antílopes. Kay Behrensmeyer, SmithsonianDe patrulla en un mundo peligrosoPero hay mucho más que simples características físicas. Porque estas huellas preservan, también, un momento concreto y único de interacción biológica. Kay Behrensmeyer, paleontóloga del Instituto Smithsonian y codescubridora del yacimiento durante la lejana campaña de 1978, lo explica a la perfección: «Científicamente, lo especial de las huellas es que preservan un instante en el tiempo. También permiten a las personas relacionarse con estos fósiles mucho más fácilmente que con una pieza aislada de hueso o mandíbula».Las pisadas de Koobi Fora muestran a individuos de hasta 1,8 metros y 75 kilos de peso, destrozando la idea previa de que esta especie era pequeña y achaparradaAsí, y tras varias décadas protegiendo el yacimiento bajo la arena, el equipo regresó a él hace poco para desvelar la capa por completo. Y lo que ese instante capturado en el barro africano ha revelado ahora es el primer indicio directo de una compleja estructura social que se conoce en esta especie. Los investigadores, de hecho, pudieron determinar no sólo que los ocho individuos de Paranthropus boisei caminaban juntos al mismo tiempo, sino que en su inmensa mayoría eran machos adultos. En esta comitiva, no había rastro alguno de hembras ni de crías.Neil Roach, investigador de la Universidad de Harvard y coautor del trabajo, arroja luz sobre la cuestión: «El hecho de que ocho individuos de Paranthropus boisei, en su mayoría machos adultos, viajaran juntos como grupo, sin hembras ni crías, insinúa una compleja estructura social en esta especie. Es posible que vivieran en grupos grandes, donde los machos competían por sus parejas, pero también se toleraban mutuamente a veces por seguridad en un entorno peligroso». Con toda probabilidad, esta ‘patrulla’ masculina tenía una función disuasoria frente a los formidables depredadores de la época, como los tigres de dientes de sable o los grandes cocodrilos que acechaban en las charcas del Pleistoceno.Un oasis para dos especiesLa región del lago Turkana es una de las joyas más apreciadas por la paleoantropología mundial. Gracias a la datación de las cenizas volcánicas atrapadas en la roca circundante, sabemos que la escena transcurrió hace 1,43 millones de años. Y también sabemos que estos homínidos no estaban solos. Estudios y resultados previos de este mismo equipo (publicados a principios de 2024) ya documentaron un caso asombroso de ‘simpatría’ (concepto biológico que describe a dos o más poblaciones o especies que habitan en la misma área geográfica o en zonas que se solapan): otro rastro de huellas cercano demostraba que tanto Homo erectus como Paranthropus boisei ocuparon los mismos hábitats pantanosos durante cientos de miles de años.Ocho homínidos formaban un grupo exclusivamente masculino, lo que sugiere una alianza estratégica de machos adultos para protegerse de depredadores letales«No podemos decir cómo interactuaban las dos especies de homínidos en las llanuras de barro, pero sabemos que ambos estaban aquí en este momento», recalca Behrensmeyer. El margen del lago era, a todas luces, un oasis lleno de recursos al que distintas especies acudían para sobrevivir.MÁS INFORMACIÓN noticia Si ¡Venus está vivo! Aún ‘respira’, tiene volcanes activos y enormes fallas tectónicas de 10.000 km noticia Si noticia Si Detectan, por primera vez, una atmósfera en un planeta similar a la Tierra, potencialmente habitableComo concluye Purity Kiura, investigadora de los Museos Nacionales de Kenia, este espectacular descubrimiento «refuerza la importancia mundial de la región para comprender la evolución humana y subraya nuestra responsabilidad de proteger este patrimonio insustituible». A finales de este año, los paleontólogos volverán a Turkana para seguir construyendo lo que Hatala define como «un álbum de fotos de la evolución». Un álbum cuyas páginas no están hechas de papel, sino de huellas que se niegan a ser borradas por el tiempo. Parece increíble que unas simples pisadas puedan dar tanta información. Pero así es, y lo cierto es que las huellas fosilizadas de antiguos homínidos permiten acceder a datos vitales que los simples huesos fósiles no tienen. Un fragmento de cráneo, un fémur astillado o una mandíbula aislada nos hablan de la dieta, la edad de muerte o la capacidad craneal de un individuo ya desaparecido. Pero un rastro impreso en el barro, y petrificado después con el paso de los milenios, es capaz de capturar la vida en riguroso directo.Las huellas, de hecho, son instantes congelados en el tiempo. Nos dicen a qué velocidad caminaban nuestros ancestros, si cojeaban, su estatura, su peso y, lo que es aún más asombroso, nos revelan la dinámica de sus grupos y su comportamiento social en un día cualquiera. Ejemplos espectaculares, como las famosas huellas de Laetoli en Tanzania (datadas en más de 3,7 millones de años) demostraron de golpe que los primitivos australopitecos ya caminaban completamente erguidos mucho antes de desarrollar cerebros grandes. O las impresionantes pisadas de Matalascañas (Huelva), que hace poco nos descubrieron a familias enteras de neandertales mariscando en la costa española hace 100.000 años. Y ahora, un nuevo y excepcional hallazgo de huellas fósiles en África acaba de dar un vuelco a algo que la ciencia daba por sentado.La noticia, recién publicada en ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’ (PNAS) , nos lleva hasta las orillas de un antiguo lago en el norte de Kenia, hace la friolera de 1,43 millones de años. Allí, un equipo internacional de investigadores ha analizado un yacimiento asombroso que contiene 21 huellas fosilizadas, dejadas por ocho individuos diferentes en los sedimentos de lo que hoy se conoce como la Formación Koobi Fora. Los rastros no pertenecen a nuestra especie, ni siquiera a nuestro ancestro directo Homo erectus , sino a un enigmático ‘primo’ evolutivo: el robusto Paranthropus boisei, también conocido como Hombre cascanueces. No eran bajitosHasta ahora, la inmensa mayoría de los fósiles que teníamos de Paranthropus boisei se limitaban a cráneos con gruesas mandíbulas y dientes formidables (adaptaciones que le valieron el popular apodo de ‘cascanueces’ ), ideales para masticar tubérculos y semillas duras. Pero de cuello para abajo, la ciencia estaba casi a oscuras. Los escasos huesos disponibles de las extremidades de esta especie habían llevado a los paleoantropólogos a asumir que se trataba de un homínido achaparrado y de pequeño tamaño, notablemente más bajo que su esbelto y contemporáneo Homo erectus.Pero las recién analizadas huellas de Koobi Fora, sometidas a los más avanzados modelos de imágenes en 2D y 3D, han pulverizado esa idea.Mientras que un cráneo sólo nos habla de la dieta de un homínido muerto, las huellas fosilizadas capturan la vida en directo, revelando cómo se movía e interactuabaKevin Hatala, biólogo la Universidad de Chatham, investigador del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva y autor principal del estudio, no oculta su asombro: «Los tamaños de las huellas indican tamaños corporales parecidos a los humanos: hasta 1,8 metros de altura y alrededor de 75 kilogramos de peso». Es decir, la biometría extraída de la zancada y la profundidad de las pisadas nos muestra a auténticos ‘gigantes’ para su época.Vista de la excavación en la que huellas humanas se mezclan con otras de hipopótamos y antílopes. Kay Behrensmeyer, SmithsonianDe patrulla en un mundo peligrosoPero hay mucho más que simples características físicas. Porque estas huellas preservan, también, un momento concreto y único de interacción biológica. Kay Behrensmeyer, paleontóloga del Instituto Smithsonian y codescubridora del yacimiento durante la lejana campaña de 1978, lo explica a la perfección: «Científicamente, lo especial de las huellas es que preservan un instante en el tiempo. También permiten a las personas relacionarse con estos fósiles mucho más fácilmente que con una pieza aislada de hueso o mandíbula».Las pisadas de Koobi Fora muestran a individuos de hasta 1,8 metros y 75 kilos de peso, destrozando la idea previa de que esta especie era pequeña y achaparradaAsí, y tras varias décadas protegiendo el yacimiento bajo la arena, el equipo regresó a él hace poco para desvelar la capa por completo. Y lo que ese instante capturado en el barro africano ha revelado ahora es el primer indicio directo de una compleja estructura social que se conoce en esta especie. Los investigadores, de hecho, pudieron determinar no sólo que los ocho individuos de Paranthropus boisei caminaban juntos al mismo tiempo, sino que en su inmensa mayoría eran machos adultos. En esta comitiva, no había rastro alguno de hembras ni de crías.Neil Roach, investigador de la Universidad de Harvard y coautor del trabajo, arroja luz sobre la cuestión: «El hecho de que ocho individuos de Paranthropus boisei, en su mayoría machos adultos, viajaran juntos como grupo, sin hembras ni crías, insinúa una compleja estructura social en esta especie. Es posible que vivieran en grupos grandes, donde los machos competían por sus parejas, pero también se toleraban mutuamente a veces por seguridad en un entorno peligroso». Con toda probabilidad, esta ‘patrulla’ masculina tenía una función disuasoria frente a los formidables depredadores de la época, como los tigres de dientes de sable o los grandes cocodrilos que acechaban en las charcas del Pleistoceno.Un oasis para dos especiesLa región del lago Turkana es una de las joyas más apreciadas por la paleoantropología mundial. Gracias a la datación de las cenizas volcánicas atrapadas en la roca circundante, sabemos que la escena transcurrió hace 1,43 millones de años. Y también sabemos que estos homínidos no estaban solos. Estudios y resultados previos de este mismo equipo (publicados a principios de 2024) ya documentaron un caso asombroso de ‘simpatría’ (concepto biológico que describe a dos o más poblaciones o especies que habitan en la misma área geográfica o en zonas que se solapan): otro rastro de huellas cercano demostraba que tanto Homo erectus como Paranthropus boisei ocuparon los mismos hábitats pantanosos durante cientos de miles de años.Ocho homínidos formaban un grupo exclusivamente masculino, lo que sugiere una alianza estratégica de machos adultos para protegerse de depredadores letales«No podemos decir cómo interactuaban las dos especies de homínidos en las llanuras de barro, pero sabemos que ambos estaban aquí en este momento», recalca Behrensmeyer. El margen del lago era, a todas luces, un oasis lleno de recursos al que distintas especies acudían para sobrevivir.MÁS INFORMACIÓN noticia Si ¡Venus está vivo! Aún ‘respira’, tiene volcanes activos y enormes fallas tectónicas de 10.000 km noticia Si noticia Si Detectan, por primera vez, una atmósfera en un planeta similar a la Tierra, potencialmente habitableComo concluye Purity Kiura, investigadora de los Museos Nacionales de Kenia, este espectacular descubrimiento «refuerza la importancia mundial de la región para comprender la evolución humana y subraya nuestra responsabilidad de proteger este patrimonio insustituible». A finales de este año, los paleontólogos volverán a Turkana para seguir construyendo lo que Hatala define como «un álbum de fotos de la evolución». Un álbum cuyas páginas no están hechas de papel, sino de huellas que se niegan a ser borradas por el tiempo.
Parece increíble que unas simples pisadas puedan dar tanta información. Pero así es, y lo cierto es que las huellas fosilizadas de antiguos homínidos permiten acceder a datos vitales que los simples huesos fósiles no tienen. Un fragmento de cráneo, un fémur astillado o una … mandíbula aislada nos hablan de la dieta, la edad de muerte o la capacidad craneal de un individuo ya desaparecido. Pero un rastro impreso en el barro, y petrificado después con el paso de los milenios, es capaz de capturar la vida en riguroso directo.
Las huellas, de hecho, son instantes congelados en el tiempo. Nos dicen a qué velocidad caminaban nuestros ancestros, si cojeaban, su estatura, su peso y, lo que es aún más asombroso, nos revelan la dinámica de sus grupos y su comportamiento social en un día cualquiera. Ejemplos espectaculares, como las famosas huellas de Laetoli en Tanzania (datadas en más de 3,7 millones de años) demostraron de golpe que los primitivos australopitecos ya caminaban completamente erguidos mucho antes de desarrollar cerebros grandes. O las impresionantes pisadas de Matalascañas (Huelva), que hace poco nos descubrieron a familias enteras de neandertales mariscando en la costa española hace 100.000 años. Y ahora, un nuevo y excepcional hallazgo de huellas fósiles en África acaba de dar un vuelco a algo que la ciencia daba por sentado.
La noticia, recién publicada en ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’ (PNAS), nos lleva hasta las orillas de un antiguo lago en el norte de Kenia, hace la friolera de 1,43 millones de años. Allí, un equipo internacional de investigadores ha analizado un yacimiento asombroso que contiene 21 huellas fosilizadas, dejadas por ocho individuos diferentes en los sedimentos de lo que hoy se conoce como la Formación Koobi Fora. Los rastros no pertenecen a nuestra especie, ni siquiera a nuestro ancestro directo Homo erectus, sino a un enigmático ‘primo’ evolutivo: el robusto Paranthropus boisei, también conocido como Hombre cascanueces.
No eran bajitos
Hasta ahora, la inmensa mayoría de los fósiles que teníamos de Paranthropus boisei se limitaban a cráneos con gruesas mandíbulas y dientes formidables (adaptaciones que le valieron el popular apodo de ‘cascanueces’), ideales para masticar tubérculos y semillas duras. Pero de cuello para abajo, la ciencia estaba casi a oscuras. Los escasos huesos disponibles de las extremidades de esta especie habían llevado a los paleoantropólogos a asumir que se trataba de un homínido achaparrado y de pequeño tamaño, notablemente más bajo que su esbelto y contemporáneo Homo erectus.
Pero las recién analizadas huellas de Koobi Fora, sometidas a los más avanzados modelos de imágenes en 2D y 3D, han pulverizado esa idea.
Mientras que un cráneo sólo nos habla de la dieta de un homínido muerto, las huellas fosilizadas capturan la vida en directo, revelando cómo se movía e interactuaba
Kevin Hatala, biólogo la Universidad de Chatham, investigador del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva y autor principal del estudio, no oculta su asombro: «Los tamaños de las huellas indican tamaños corporales parecidos a los humanos: hasta 1,8 metros de altura y alrededor de 75 kilogramos de peso». Es decir, la biometría extraída de la zancada y la profundidad de las pisadas nos muestra a auténticos ‘gigantes’ para su época.

(Kay Behrensmeyer, Smithsonian)
De patrulla en un mundo peligroso
Pero hay mucho más que simples características físicas. Porque estas huellas preservan, también, un momento concreto y único de interacción biológica. Kay Behrensmeyer, paleontóloga del Instituto Smithsonian y codescubridora del yacimiento durante la lejana campaña de 1978, lo explica a la perfección: «Científicamente, lo especial de las huellas es que preservan un instante en el tiempo. También permiten a las personas relacionarse con estos fósiles mucho más fácilmente que con una pieza aislada de hueso o mandíbula».
Las pisadas de Koobi Fora muestran a individuos de hasta 1,8 metros y 75 kilos de peso, destrozando la idea previa de que esta especie era pequeña y achaparrada
Así, y tras varias décadas protegiendo el yacimiento bajo la arena, el equipo regresó a él hace poco para desvelar la capa por completo. Y lo que ese instante capturado en el barro africano ha revelado ahora es el primer indicio directo de una compleja estructura social que se conoce en esta especie. Los investigadores, de hecho, pudieron determinar no sólo que los ocho individuos de Paranthropus boisei caminaban juntos al mismo tiempo, sino que en su inmensa mayoría eran machos adultos. En esta comitiva, no había rastro alguno de hembras ni de crías.
Neil Roach, investigador de la Universidad de Harvard y coautor del trabajo, arroja luz sobre la cuestión: «El hecho de que ocho individuos de Paranthropus boisei, en su mayoría machos adultos, viajaran juntos como grupo, sin hembras ni crías, insinúa una compleja estructura social en esta especie. Es posible que vivieran en grupos grandes, donde los machos competían por sus parejas, pero también se toleraban mutuamente a veces por seguridad en un entorno peligroso». Con toda probabilidad, esta ‘patrulla’ masculina tenía una función disuasoria frente a los formidables depredadores de la época, como los tigres de dientes de sable o los grandes cocodrilos que acechaban en las charcas del Pleistoceno.
Un oasis para dos especies
La región del lago Turkana es una de las joyas más apreciadas por la paleoantropología mundial. Gracias a la datación de las cenizas volcánicas atrapadas en la roca circundante, sabemos que la escena transcurrió hace 1,43 millones de años. Y también sabemos que estos homínidos no estaban solos. Estudios y resultados previos de este mismo equipo (publicados a principios de 2024) ya documentaron un caso asombroso de ‘simpatría’ (concepto biológico que describe a dos o más poblaciones o especies que habitan en la misma área geográfica o en zonas que se solapan): otro rastro de huellas cercano demostraba que tanto Homo erectus como Paranthropus boisei ocuparon los mismos hábitats pantanosos durante cientos de miles de años.
Ocho homínidos formaban un grupo exclusivamente masculino, lo que sugiere una alianza estratégica de machos adultos para protegerse de depredadores letales
«No podemos decir cómo interactuaban las dos especies de homínidos en las llanuras de barro, pero sabemos que ambos estaban aquí en este momento», recalca Behrensmeyer. El margen del lago era, a todas luces, un oasis lleno de recursos al que distintas especies acudían para sobrevivir.
Como concluye Purity Kiura, investigadora de los Museos Nacionales de Kenia, este espectacular descubrimiento «refuerza la importancia mundial de la región para comprender la evolución humana y subraya nuestra responsabilidad de proteger este patrimonio insustituible». A finales de este año, los paleontólogos volverán a Turkana para seguir construyendo lo que Hatala define como «un álbum de fotos de la evolución». Un álbum cuyas páginas no están hechas de papel, sino de huellas que se niegan a ser borradas por el tiempo.
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