Burnham prima la política interior sin cambiar la exterior de Starmer

El nuevo primer ministro da continuidad a la línea británica sobre Estados Unidos, Ucrania y la OTAN Leer El nuevo primer ministro da continuidad a la línea británica sobre Estados Unidos, Ucrania y la OTAN Leer  

El primer ministro británico, Andy Burnham, afirmó el viernes a sus colaboradores: «Creo que este puede ser el mejor día de mi vida». Ni su matrimonio, ni el nacimiento de sus tres hijos, ni su elevación al cargo de jefe del Gobierno cuatro días antes parecían acaso igualar la alegría de su primer día de teletrabajo como jefe del Gobierno en Heron House, en Mánchester, donde desarrolló gran parte de su carrera política. Desde ahora, el edificio será su despacho un día a la semana.

La decisión de Burnham de irse a Mánchester es una señal de interés en proyectar una imagen cercana al votante, pero también de que su interés está en la política interna, al contrario que su predecesor, Keir Starmer. El problema es que, en la Europa de 2026, ningún líder puede permitirse ese lujo. Y menos aún en Heron House, donde las oficinas del primer ministro comparten espacio con las de una unidad del GCHQ (Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno), el servicio de inteligencia electrónica británico. Si los espías interceptan alguna comunicación especialmente grave de un líder mundial o de un terrorista especialmente peligroso, en teoría, sólo van a tener que tomar el ascensor para hacérselo saber al primer ministro… si este quiere recibirlos, claro está.

La indiferencia de Burnham por la política exterior se ha notado en sus nombramientos. Ha escogido a un ministro de Exteriores (Ed Miliband) más interesado que él en las energías renovables y el multilateralismo; a uno de Defensa (Wes Streeting) que discrepa de su política europea; y a un titular de Hacienda (John Healey) que quiere gastar en Defensa mucho más que el primer ministro. Los dos primeros carecen de experiencia en sus carteras y, que se sepa, de interés por ellas. A cambio, les sobra ambición.

Sin embargo, Burnham se ha movido rápido. El nuevo Gobierno ha empleado su primer fin de semana en hacer una demostración de continuidad con Starmer en lo que se refiere al compromiso con la OTAN, la cercanía a los Estados Unidos de Donald Trump, el uso del rearme como una oportunidad para reindustrializar el país y el mantenimiento sin fisuras de la ayuda a Ucrania. Esto último, pese a que el apoyo a Kiev entre la opinión pública está empezando a caer.

El apoyo a Ucrania quedó de manifiesto en la cumbre de este lunes. El día antes, Streeting había declarado que, «cuando se escriba la Historia, Europa le dará las gracias al presidente Donald Trump por habernos obligado a salir de nuestra complacencia y a ponernos de pie». Según el diario The Times, Londres quiere invitar al secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, que parece contar con un fuerte respaldo de Trump, a visitar el país, y a participar en una futura cumbre de seguridad de la OTAN en Londres, objetivo que se ha fijado el Ejecutivo británico.

Esas medidas revelan la continuidad entre Starmer y Burnham y, también, la capacidad de iniciativa de Streeting, un centrista que aspira algún día a ser primer ministro, pero que sólo ha sido titular de Sanidad y nunca ha mostrado interés por Defensa. Streeting es el único político de primera fila que ha pedido de manera abierta la reentrada del Reino Unido en la UE, lo que le da una buena carta negociadora en la colaboración en proyectos de Defensa con Bruselas. Y ha dicho que si el gasto en Defensa no llega al 3% dimitirá. Esa es la razón por la que John Healey dejó el Gobierno de Starmer en junio. Pero hay una diferencia crucial: Healey se fue porque el 3% no iba a ser alcanzado en 2030. Streeting no ha fijado una fecha límite para su objetivo. Eso, en la práctica, diluye la fuerza de su compromiso.

Healey también manda mucho en Defensa. No sólo porque fue un jefe muy respetado en ese Ministerio. También porque ahora él es quien tiene el grifo del dinero, en su nueva posición, clave, de ministro de Hacienda. Y, a juzgar por los comentarios de la semana pasada de las empresas en la Feria Aérea de Farnborough -la segunda feria aeroespacial más grande del mundo-, a las afueras de Londres, Healey está dispuesto a aumentar el gasto militar. Eso incluye el GCAP, el carísimo proyecto de cazabombardero anglo-italiano-japonés que es, por ahora, el líder de la industria aeroespacial europea tras el virtual colapso del franco-germano-español FCAS.

La tercera pata es el ministro de Exteriores, Ed Miliband, que no quería ese cargo, sino el que se ha llevado Healey. Con él, los diplomáticos británicos vuelven a una situación por la que ya han pasado en varias ocasiones en los últimos años: un ministro de Exteriores al que no le entusiasma la política exterior.

Miliband es un defensor inflexible de la descarbonización, lo que en el cargo de ministro de Energía, que tuvo hasta la semana pasada, le hizo el enemigo número uno de las empresas petroleras y gasistas británicas por su negativa a expandir las prospecciones en el mar del Norte. Sin embargo, las guerras de Ucrania e Irán pueden darle una segunda oportunidad. Con la industria petrolera rusa seriamente dañada y los Estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb (este último en el mar Rojo) periódicamente abiertos y cerrados por Estados Unidos, Irán y los aliados de este último en Yemen, tiene una oportunidad para intentar convertir su política climática en una política de seguridad, porque reducir la dependencia de los combustibles fósiles tiene, a día de hoy, una defensa más sólida desde el punto de vista geopolítico que desde el medioambiental.

Eso también abre una puerta de colaboración entre el Reino Unido y la UE, que está en vía muerta en este momento, en parte debido a la decisión de Bruselas de cancelar la cumbre anual bilateral que se iba a celebrar el 22 de julio por el cambio de Gobierno.

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