Más que clubs de lectura

Cuenta la leyenda que el primer club de lectura lo fundaron, en la Inglaterra del siglo XIX, un grupo de mujeres que decidieron reunirse y, al margen de interferencias masculinas, comentar y leer libros que las invitaran a hablar de otras cosas. Eso explica que actualmente las instigadoras, usuarias y prosélitas de la lectura en grupo sean más las mujeres que los hombres. Es más: hay quien sospecha que los hombres adictos a los clubes de lectura no siempre tienen intenciones literarias. Estas intenciones no son forzosamente criticables. Que una actividad tan íntima y solitaria como la lectura necesite ser compartida puede ser el síntoma de un legítimo deseo de socialización o de rebelión contra las inercias de soledad que tanto promueve la vida moderna.

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 Cuenta la leyenda que el primer club de lectura lo fundaron, en la Inglaterra del siglo XIX, un grupo de mujeres que decidieron reunirse y, al margen de interferencias masculinas, comentar y leer libros que las invitaran a hablar de otras cosas. Eso explica que actualmente las instigadoras, usuarias y prosélitas de la lectura en grupo sean más las mujeres que los hombres. Es más: hay quien sospecha que los hombres adictos a los clubes de lectura no siempre tienen intenciones literarias. Estas intenciones no son forzosamente criticables. Que una actividad tan íntima y solitaria como la lectura necesite ser compartida puede ser el síntoma de un legítimo deseo de socialización o de rebelión contra las inercias de soledad que tanto promueve la vida moderna.Seguir leyendo…  

Cuenta la leyenda que el primer club de lectura lo fundaron, en la Inglaterra del siglo XIX, un grupo de mujeres que decidieron reunirse y, al margen de interferencias masculinas, comentar y leer libros que las invitaran a hablar de otras cosas. Eso explica que actualmente las instigadoras, usuarias y prosélitas de la lectura en grupo sean más las mujeres que los hombres. Es más: hay quien sospecha que los hombres adictos a los clubes de lectura no siempre tienen intenciones literarias. Estas intenciones no son forzosamente criticables. Que una actividad tan íntima y solitaria como la lectura necesite ser compartida puede ser el síntoma de un legítimo deseo de socialización o de rebelión contra las inercias de soledad que tanto promueve la vida moderna.

Club de lectura Carme Riera 
Club de lectura Carme Riera CAIB / Europa Press

Con la expansión de los medios de comunicación de masas y de internet, la lectura compartida vivió un esplendor inimaginable. El caso más conocido es el del club de lectura de Oprah Winfrey, en televisión, que aseguraba a los autores prescritos por el programa de Winfrey el acceso al Olimpo de los más vendidos, leídos y comentados. Los países que, a diferencia del nuestro, no han desprestigiado rabiosamente la lectura, no se limitan a los clubs y permiten a los autores conectar con los lectores, multiplicar los circuitos de ventas y firmas y fortalecer su economía con lecturas en público por las cuales cobran entrada.

Las instigadoras y usuarias de los clubs de lectura son más las mujeres que los hombres

Aquí lo más parecido es cuando una biblioteca, una librería o una asociación invita a un autor a un club de lectura. En principio, se le agradece su presencia con unos honorarios que, demasiadas veces, funcionan como la red de Rodalies (un dato: este año he participado en cuatro clubs de lectura y solo me han pagado uno). Hace unos días, un conocido que viaja regularmente a EE.UU., me explicaba que, con dos meses de antelación, había comprado las entradas para asistir a una lectura del autor de best sellers Daniel Silva organizada con la logística de una gira de grupo de rock. Los precios oscilan entre los 36 dólares (mínimo) hasta los (entrada VIP con derecho a un ejemplar firmado y un saludo personal del autor) 68 dólares.

En Catalunya, las librerías y las bibliotecas mantienen unas redes de militancia más propias de un circuito de supervivencia que de plenitud. Las buenas intenciones y los principios compensan las tragicómicas inercias burocráticas y las ineptitudes del sistema. Este espacio de entusiasmo permite que, además de los clubs de lectura con mayoría de mujeres, emerja una nueva variante: los gabinetes de lectura. Aquí los autores o los especialistas invitados cobran unos honorarios (modestos, pero seguros) y, además, los asistentes (mayoritariamente mujeres) pagan una cuota de inscripción (un abono por cinco sesiones, 75 euros). ¿Es el síntoma de un cambio para progresar o la confirmación del fracaso del sistema anterior?

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