Hay experiencias que necesitan décadas para ser comprendidas y todavía más tiempo para encontrar las palabras con las que nombrarlas. Annie Ernaux tardó más de cincuenta años en volver sobre el verano de 1958 en el que, con 18 años, mantuvo su primera relación sexual con un hombre mientras trabajaba como monitora en una colonia. Lo hizo en Memoria de chica, el libro que publicó en 2016 y que la cineasta Judith Godrèche (París, 1972) lleva ahora al cine con su hija, Tess Barthélemy (París, 2005), como protagonista. “No es solamente la historia de una violación, es la historia de cómo llegas a comprender lo que te ocurrió”, explica la directora a La Vanguardia desde Mallorca. A su lado, su hija asiente. Tras su estreno en el Festival de Cannes, ambas han viajado a la isla para presentar la película en el Atlàntida Mallorca Film Fest.
La cineasta francesa recala en Palma de Mallorca, tras su paso por Cannes, para presentar la adaptación del relato autobiográfico de la Nobel, protagonizada por su hija, Tess Barthélemy
Hay experiencias que necesitan décadas para ser comprendidas y todavía más tiempo para encontrar las palabras con las que nombrarlas. Annie Ernaux tardó más de cincuenta años en volver sobre el verano de 1958 en el que, con 18 años, mantuvo su primera relación sexual con un hombre mientras trabajaba como monitora en una colonia. Lo hizo en Memoria de chica, el libro que publicó en 2016 y que la cineasta Judith Godrèche (París, 1972) lleva ahora al cine con su hija, Tess Barthélemy (París, 2005), como protagonista. “No es solamente la historia de una violación, es la historia de cómo llegas a comprender lo que te ocurrió”, explica la directora a La Vanguardia desde Mallorca. A su lado, su hija asiente. Tras su estreno en el Festival de Cannes, ambas han viajado a la isla para presentar la película en el Atlàntida Mallorca Film Fest.
Ese tiempo que separa los hechos de su comprensión es, para Godrèche, el verdadero corazón de la película. Por eso su adaptación no se limita a reconstruir aquel verano, sino que pone en diálogo a la joven Annie con la mujer que, muchos años después, intenta regresar a ella a través de la escritura. “No puedes separar a la chica de la escritora”, sostiene. “¿Quién es esa mujer ahora? ¿Cómo afectó aquello a toda su vida? ¿Quién es ella cuando finalmente consigue escribir esa historia?”.
Estamos hablando de una mujer que ha pasado su vida escribiendo y, aun así, necesitó todo ese tiempo para poder formular algo que había estado ahí durante años”

Ernaux tenía casi 18 años cuando salió por primera vez de la casa familiar para trabajar como monitora en una colonia de verano. Allí conoció a un hombre mayor que ella y vivió una experiencia sexual que durante años no supo cómo definir. El episodio quedó atravesado por el deseo, la vergüenza, y la desigualdad. “Es increíble porque tardó cincuenta años en escribirlo y, cuando lo hizo, todavía fue incapaz de poner la palabra ‘violación’ en el libro”, señala Godrèche. Según recuerda, Ernaux no pronunció públicamente esa palabra para referirse a lo ocurrido hasta años después de la publicación. “Estamos hablando de una mujer que ha pasado su vida pensando y escribiendo y, aun así, necesitó todo ese tiempo para poder formular algo que había estado ahí durante años”.
Godrèche encontró precisamente ahí una de las razones para adaptar el libro. “Lo que me impactó es que esta historia sigue siendo completamente actual”, asegura. “Si lo piensas, es casi una advertencia, hoy seguimos encontrándonos en situaciones exactamente iguales”.
La adaptación adquiere inevitablemente otra dimensión al estar dirigida por Godrèche, una de las voces que en los últimos años han denunciado públicamente los abusos sexuales dentro del cine francés. Pero más que establecer una equivalencia directa entre su experiencia y la de Ernaux, la directora encuentra un punto de unión en el tiempo que puede necesitar una víctima para entender lo sucedido. “La película también responde a esos hombres que preguntan: ‘Si la violaron cuando tenía 15 o 17 años, ¿por qué habla ahora?’”.
Esta historia sigue siendo actual. Es casi una advertencia, hoy seguimos encontrándonos en situaciones exactamente iguales”
Para interpretar a esa Annie adolescente eligió desde el comienzo a Tess Barthélemy, su hija. La decisión, sin embargo, estuvo acompañada de dudas. Godrèche era consciente de la paradoja de hacer una película sobre consentimiento y relaciones de poder mientras ofrecía a su propia hija un papel especialmente exigente. “Me preguntaba: cuando eres hija de alguien que te ofrece un papel así, ¿puedes realmente decir que no?”. Para evitar que la decisión quedara encerrada entre ambas, invitó a otras guionistas y directoras a la conversación. Quería que pudiera discutir el proyecto lejos de la relación entre madre e hija y asegurarse de que aceptar el personaje fuera realmente una elección propia.
Barthélemy, por su parte, cargaba con otra responsabilidad. No estaba interpretando simplemente a un personaje literario. “Es una premio Nobel, así que es muy intimidante”, admite. “Además, es su vida y estás encarnándola en un momento muy difícil, la mayor satisfacción fue que a ella le haya gustado”.
“Una de las razones por las que hago películas es para que algunas personas puedan sentirse menos solas”, afirma la directora. La experiencia de Ernaux, según Godrèche, podía funcionar como un espejo para chicas que todavía hoy intentan identificar los límites entre deseo, consentimiento y sometimiento. “Pensé que esta historia podía resonar en muchas chicas y en mucha gente joven”.
“Hacer una película feminista no consiste simplemente en decirlo”, señala Godrèche. Para ella implicaba revisar también los mecanismos con los que tradicionalmente se ha filmado la violencia sexual. “La mayoría de las películas que hablan de violencia sexual no están hechas desde la perspectiva de la mujer que la sufre, sino desde la del hombre o desde una cámara que la objetualiza”.
Ser actriz es un trabajo. No es participar en la pasión de alguien sin ningún tipo de límites”
La escena de la agresión era una de las más delicadas. Godrèche decidió mantener la cámara pegada a la percepción de Annie: en lugar de observar su cuerpo desde fuera, el espectador ve aquello que ella mira mientras sucede, una bombilla, una mesa, los objetos de la habitación. “Creo que así es incluso más violento, porque estás con ella. No la estás mirando desde la distancia, estás mirando lo que ella mira”, dice Barthélemy. La secuencia se preparó con una coordinadora de intimidad y numerosos ensayos. La actriz recuerda que el procedimiento permitía convertir algo aparentemente extremo en una coreografía precisa: posiciones previamente establecidas, movimientos simulados y límites claros. “Estás actuando, no estás viviendo lo que ocurre”, explica Godrèche.
Para la directora, establecer esa frontera tenía además un significado particular. “En el pasado, este tipo de escenas se han utilizado en los rodajes como momentos en los que directores o actores podían ir demasiado lejos”, asegura. La coordinación de intimidad permite, dice, que quede claro que aquello “es trabajo y no es real”.
Esa distinción atraviesa su manera de entender el oficio. “Ser actriz es un trabajo. No es participar en la pasión de alguien sin ningún tipo de límites”. Godrèche quería que su hija pudiera descubrir el cine desde esa premisa y dentro de un espacio donde fuera posible detenerse, preguntar o decir que no.
El trabajo de preparación de la joven actriz acabó incluso modificando algunos momentos del guion. “Tess me enseñó cosas sobre Annie”, reconoce Godrèche. Llegó un momento, cuenta, en que su hija había interiorizado tanto al personaje que podía corregirla: “Me decía: ‘Ella no haría eso’. Desarrolló un instinto sobre el personaje y hubo momentos en los que sabía mejor que yo lo que Annie haría”. La experiencia también funcionó en sentido contrario. Barthélemy descubrió trabajando con su madre hasta qué punto un director puede determinar no solo el resultado de una película, sino la vida cotidiana de quienes la hacen. “El director marca el tono del rodaje. “Si crea un espacio seguro y amable, donde nadie grita y todo el mundo se habla con respeto, eso se transmite a todo el equipo”.
Godrèche lo relaciona con sus propios años delante de la cámara. Dice conocer bien la sensación de llegar a un rodaje y querer volver a casa, la soledad de encontrarse rodeada de desconocidos y sentir que no existe espacio para expresar el malestar. Por eso intenta que nadie resulte invisible, tampoco quien tiene un papel pequeño. “El cine es un trabajo tan colectivo que la única manera de hacer algo bien es que las personas estén bien mientras lo hacen”.
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