Libros encontrados

Ya despunta en el horizonte Sant Jordi y hace varias semanas que no hablamos de libros, así que permítanme ofrecerles un par de libros hallados y que son de lo que más he disfrutado en estos días.

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 Ya despunta en el horizonte Sant Jordi y hace varias semanas que no hablamos de libros, así que permítanme ofrecerles un par de libros hallados y que son de lo que más he disfrutado en estos días.Seguir leyendo…  

Ya despunta en el horizonte Sant Jordi y hace varias semanas que no hablamos de libros, así que permítanme ofrecerles un par de libros hallados y que son de lo que más he disfrutado en estos días.

Vamos a ello y empecemos por un autor de esta casa, porque seguro que los lectores asiduos de La Vanguardia conocen a Carlos Zanón y más de uno –como yo mismo– seguirá con devoción sus columnas de los viernes y también sus prescripciones de novela negra. Desde Yo fui Johnny Thunders o la imprescindible Taxi , Zanón es un referente de un noir barcelonés que alterna el barrio con la ciudad burguesa y aparentemente ordenada y la sazona de corrupción y también, por qué no, rock’n’roll y sentimientos (sí, sé lo que me digo). Todo eso le valió para el encargo peligroso de continuar las aventuras de Pepe Carvalho, el detective autóctono creado por Manuel Vázquez Montalbán. Llevábamos tiempo esperando su nueva novela, que ha editado Salamandra este mes de febrero: Objetos perdidos , con una portada que deja bien patente su filiación barcelonesa y que opta por un tipo solitario en la orilla del mar a la sombra de un icono del nuevo skyline barcelonés, el hotel W, el hotel vela.

Ha sido extraño, pero también grato, ser consciente de cuántas décadas de vida lleva leyendo a un autor

La novela parte de un caso real leído previsiblemente en este mismo periódico –no tiene más importancia que haber despertado las ganas de narrar de Zanón– para adentrarnos en la vida de un abogado en horas muy bajas que está viviendo una ruptura sentimental y un posible enamoramiento al mismo tiempo que la muerte de un jugador de rugby australiano y la desaparición de un británico enredan una trama en la que un personaje casi esperpéntico –y por eso mismo hiperrealista– el Señor Paco pretenderá sacar tajada económica. El protagonista, Àlex Gual, no es exactamente un pringado, pero sí un corcho a la deriva en la agitada charca de esa Barcelona tan de Zanón en la que conviven varias ciudades y clases sociales que, evidentemente, van por barrios.

El libro, se lo voy a decir ya, es espléndido. Y se hace muy corta su lectura, aunque es obvio que su autor no ha querido estirar la novela, sino condensarla y dejarla en un trago seco con sus gotas de perfume y sabor inesperado. Casi diría que es un gimlet, como mandan los cánones clásicos del género. Y por descontado que esta novela trasciende su tantas veces poco apreciada filiación con la novela negra (Z anón es el director del festival BCNegra).

La portada de ‘Objetos perdidos’, deCarlos Zanón, opta por un tipo solitario a la sombra del hotel vela 
La portada de ‘Objetos perdidos’, deCarlos Zanón, opta por un tipo solitario a la sombra del hotel vela Llibert Teixidó

Objetos perdidos es un noir barcelonés y existencial. Casi un polar francés, aunque con una tendencia muy nuestra, muy de aquí, a enredarnos sentimentalmente con las gentes que se van cruzando con ese abogado que vive o malvive en un hotel de nombre rimbombante: Excalibur. El humor negro de Zanón también brilla en más de un destello a lo largo de toda la lectura.

Otro libro reciente, también cosecha del pasado febrero, es En el camping , la última entrega de Soledad Puértolas, autora más que consagrada y que publica en Anagrama estos diez cuentos que son como un destilado de su estilo y que concentran, muy en su línea, esos instantes de vida en los que algún lector puede pensar que casi no pasa nada cuando en realidad se decide todo. Académica de la RAE, escritora multipremiada, hace décadas que atesora, como Zanón, unos lectores fieles y que ya saben que la natación o Galicia aparecerán en algún momento en casi todos sus libros, en los que Puértolas ha conseguido ser la retratista perfecta de los sentimientos sutiles y las percepciones evanescentes, también de las elecciones de vida que, consciente o inconscientemente, nos varían el rumbo.

Estos diez relatos son paradigmáticos del saber hacer de la académica, que sigue curiosa y atenta y que sabe abrir su mirada al mundo exterior. Son diez miniaturas que harán las delicias de los que ya conozcan su estilo y obra (prácticamente toda en Anagrama) y que pueden embelesar a quien se acerque a ella por primera vez. Hay en este volumen, eso sí, una cierta melancolía, un aire de despedida en algunos de esos relatos que, como ya hizo en otras ocasiones, nos dejan la sensación de que nuestras vidas, a veces tan banales, se desarrollan casi por su cuenta, sin demasiada intervención nuestra. En ese sentido, hay un cierto parentesco de matiz existencial en dos libros tan aparentemente alejados como el de Zanón y este de Puértolas.

Teléfonos y Un día de playa son dos de mis cuentos favoritos de un libro en el que es difícil elegir, porque está muy equilibrado en su conjunto. Eso sí, hay un relato, Del Danubio al Maestrazgo , donde la autora se cita a sí misma y el lector se reencuentra con dos soldados del Imperio español (desertores luego) que conocimos en su libro Una enfermedad moral, que Trieste publicó en 1983. Puértolas lo deja claro en una nota al final del cuento que reproduce parte de su cuento original. Protagonistas del siglo XVI y un cuento que cierra y enriquece otro de 1983. Ha sido extraño, pero también muy grato, de alguna forma, hacerse uno consciente de cuántas décadas de vida lleva leyendo a Soledad Puértolas.

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