LA PARTE DE LA INFANCIA
Un fragmento -centrado en su infancia y adolescencia- de la biografía de Roberto Bolaño que acaba de publicar la editorial Navona
LA PARTE DE LA INFANCIA
«Un tipo obstinado de sangre india, criolla o gallega».
Roberto Bolaño,
La Universidad Desconocida
A primera vista la historia es sencilla. Un niño nace en el anonimato de una humilde familia chilena y medio siglo más tarde, lejos de allí, al otro lado de mares desconocidos y grandes océanos, muere convertido en el escritor más grande de su país, de su continente, de su lengua, esa patria única y verdadera. La historia es sencilla, sí, siempre y cuando permanezcamos en los lugares comunes, en la comodidad de las superficies, oscilando entre tópicos y banalidades, sin sondear los aspectos más hondos de la condición humana y del sistema de mitos que la rodean, pensemos en el destino, en el libre albedrío, en la suerte, en los laberintos de la metafísica y la epistemología, en por qué este embrión de escritor, o este embrión tout court, recuerden que aún es pronto para recurrir a los determinismos, no acabó siendo abogado, o ingeniero, o mecánico, o un ilustre saltimbanqui, qué produjo ese cúmulo de coincidencias —de contingencias— que lo llevaron a pasar la mayor parte de sus días leyendo libros ajenos y componiendo los propios, diríase un monje cisterciense consumido por el fervor de los anacronismos, terco y audaz, y un pelín apóstata, pues en breve no creerá en más dioses que los de la palabra escrita.
Roberto Antonio Edwin Bolaño Ávalos nació el 28 de abril de 1953 en una familia que podríamos ubicar en los umbrales de la clase media, o alcanzándola apenas. Su padre León era camionero y exmarino, un tipo anclado en las rudezas de lo que hoy denominamos por fin, alabado sea el Logos, las masculinidades tóxicas, y que dedicaba su tiempo libre al boxeo, a fatigarse en promiscuidades y a cultivar distintas formas de brutalidad y valentía, mientras que su esposa, Victoria Ávalos, madre de Roberto, ejercía empleos diversos en los ámbitos de la salud y la educación, si bien los suplementos culturales suelen discriminar dichas experiencias para encasillarla en su ejercicio como profesora de primaria.
Nuestro protagonista abrió los ojos, suponemos que tras la por entonces preceptiva nalgada y el consiguiente llanto iniciático, en una habitación de la clínica del Seguro Social, no muy lejos de donde vivían sus abuelos paternos, en Santiago de Chile. Poco después de venir al mundo, la familia se marchó casi de inmediato a la ciudad costera de Valparaíso. Radicaron en un barrio cercano a la bahía bautizado como Cerro Los Placeres, nombre profético donde los haya, pues allí la nueva criatura disfrutó de una niñez sumamente apacible, ajena a los estragos de la educación y la conciencia, y a salvo de la inestabilidad que generan las mudanzas. Faltan aún varios años para que la familia dé comienzo a un constante peregrinaje por distintos rincones de Chile que acabará conduciéndolos al exilio.
No había en todo Chile, aunque esto al niño le trajera al pairo, lugar más literario que Valparaíso. No creemos que su atmósfera envolviera tan temprano en literatura a Roberto Bolaño, pero si había en el país una ciudad agigantada por los hechizos de la palabra escrita era precisamente Valparaíso. La urbe actuó de musa en muchas ocasiones y desde muchos ángulos: su laberinto de cerros, su bahía, su mezcla de culturas, su ambiente portuario. Tanto los simbolistas como los vanguardistas la alzaron a esa condición de mito literario, con poetas extranjeros y locales ofreciendo cada uno sus propias versiones, como suele pasar con esas ciudades que, además de ciudades, con el tiempo, se convierten en géneros propios. No solo por su belleza, ya implícita en el precioso nombre, sino también por las pugnas sociales que se daban como en ningún otro lugar al ser sitio de referencia para la aristocracia y, a la vez, tierra donde antes crecía la conciencia de clase de los más pobres, quienes tenían que trabajar dieciséis horas por jornada para lograr un chusco de pan. Pero Valparaíso poseía, además, algo que la desmarcaba de otras ciudades portuarias: la condición de enclave improbable, hogar de desarraigados. Rubén Darío dejó dicho en su por lo demás bastante decepcionante autobiografía que en Valparaíso acabó convenciéndose de que debía experimentar con las formas, llegar más lejos, exprimir los viejos modelos y luego arrojarlos al fuego. Fue allí donde, mientras trabajaba en la aduana, se atrevió a ordenar sus piezas más adelantadas y reunirlas en el que sería su primer libro: Abrojos. Se iniciaba así el camino de la modernidad en nuestra lengua. Valparaíso es también el título de una de las más notables narraciones de la literatura chilena, obra del enfant terrible Joaquín Edwards Bello (según César Aira, uno de los grandes novelistas chilenos, a quien aún le pasa factura su condición de millonario dedicado a las letras). Hacia el final de sus días, el gran escritor, vanguardista de primera hora, incansable cronista, escribió: «Confieso que yo empecé a conocer la poesía y la belleza de mi ciudad natal después de haber salido a correr mundos. Antes de eso, mi sueño dorado de niño era salir de Valparaíso. En el liceo los mayorcitos solíamos blasfemar. Ahora grito como Neruda: “¡Te declaro mi amor, Valparaíso!”.
Todo esto lo dejamos anotado no por la propia importancia que ser niño en ese recodo de Chile tuviera para nuestro protagonista, sino para recalcar que, aunque fuera el azar lo que convenció a los padres de Roberto a escoger aquella ciudad costera, lo cierto es que no pudieron apuntar a sitio más tintado de literatura.
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Antes de encarar las hazañas que están por venir, volvamos la vista atrás un instante, a eso que solemos denominar la ascendencia o el linaje, y también, en un tropo vegetal que no tiene pérdida, las raíces.
Por el lado paterno, al que Roberto atribuía su presunta falta de elegancia, los orígenes familiares se remontan a Galicia y Cataluña. El abuelo de esta parte de la historia, Ricardo Bolaño Morán, fue un personaje propio de su época: un guardia civil analfabeto y recursivo que decidió huir de las penurias de Becerreá, su pueblito montañoso en la provincia de Lugo, y probar suerte al otro lado del Atlántico, según lo prescrito por los ciclos migratorios entonces en boga, opuestos a los actuales, es decir, no de las Américas a Europa, sino de Europa a las Américas. En efecto, un buen día, aunque suponemos que lúgubre y lluvioso, como es costumbre en ese rincón de la península, Ricardo hizo las maletas y se marchó de allí en compañía de su hermano Vicente. Ambos albergaban una idea tan banal como peregrina, al menos según la más aceptada de las leyendas familiares, esa que vinculaba el viaje con un supuesto deseo por parte de los Bolaño de contribuir a la construcción del canal de Panamá, empresa bautizada por el marketing de la época como la mayor obra de ingeniería jamás concebida, verdad solo a medias, claro, al menos si tenemos en cuenta que la grandeza de cualquier proyecto puede medirse no solo en términos monetarios o técnicos, sino también en función del coste humano, que terminó siendo bien elevado, pues rozó al cabo de los años las treinta mil víctimas, entre, por un lado, enfermedades como la malaria, el dengue o la fiebre amarilla, y, por el otro, la sobreabundancia de accidentes. Afortunadamente, el abuelo paterno de Roberto no tardó en proseguir su camino: decidió enrolarse como tripulante raso en un buque que, previa escala en Buenos Aires, donde desembarcó su hermano Vicente, acabó llevándolo al puerto chileno de Talcahuano, en Concepción, un lugar más o menos recóndito donde el siglo xx era aún un libro con casi todas las páginas en blanco. Allí conoció a Eugenia Carné Visa, una muchachita descendiente de catalanes que había heredado de su madre, doña Josefa, ademanes sobrios y recatados. Se casaron en una capilla local y al poco tiempo se trasladaron a la ciudad chilena de Los Ángeles, donde ella se dedicó principalmente a las labores del hogar, o lo que a la sazón se consideraban labores del hogar, incluida por supuesto la procreación, a la que se consagró con esmero, pariendo la friolera de nueve hijos, entre ellos León, el padre de nuestro protagonista, quien nació en el hospital angelino una gélida madrugada de agosto del año 1926. (Recuerden que los inviernos no arriban a la par en todos los hemisferios).
La vida en esta rama de la familia parece, al menos vista desde fuera, una cabalgata de quehaceres más o menos mansos, podríamos pensar que incluso monótonos. Mientras Eugenia se encargaba de los hijos y del aseo doméstico, Ricardo hacía lo propio con el arado, la cría de aves de corral y el engominamiento de su curiosísimo bigote curvilíneo, precursor temprano del casi coetáneo bigote de Dalí. En 1940, el quinceañero que fue León Bolaño acompañó a su padre durante un viaje a Concepción, donde adquirieron dos pavos bien engordados, que, con tan poca delicadeza como mala fortuna, colgaron vivos de la cresta del caballo, enredándolos entre las crines. El alboroto de las aves sumió al cuadrúpedo en una sarta de relinchos, cabriolas y corcoveos, expulsando a Ricardo contra la dureza de un camino de piedra. El sangrado interno fue silencioso pero inexorable. Ricardo logró regresar al hogar e informar a su esposa Eugenia del dolor de cabeza que lo afligía. Me voy a echar un ratiño, le dijo, sin saber que serían sus últimas palabras. Ya no se despertó.
Aquella muerte temprana hizo que León, el padre de nuestro protagonista, se quedase, por así decir, a medio camino de la orfandad. Viviendo cuando vivía, en una época donde la desigualdad entre géneros era aún más flagrante que en la actualidad, no resulta difícil imaginar lo que el accidente implicó para el paso repentino de la adolescencia a la edad adulta, tránsito que ya debía de haber concluido en el momento en que alcanzó la mayoría de edad y le llegó la hora de cumplir con el servicio militar obligatorio. Fue destinado a Talcahuano, precisamente la ciudad donde se habían conocido sus padres, y allí se afincó en una base naval de la Armada de Chile, donde entre patrullajes, simulacros y entrenamientos varios tuvo la oportunidad de debutar en el boxeo amateur, pasión que lo llevaría a convertirse años después, ya de vuelta a su ciudad natal, en campeón de la categoría de peso medio.
La familia materna de Roberto, por su parte, era chilena desde hacía varias generaciones y pertenecía a lo que él mismo acabaría describiendo como «una burguesía venida a menos». En una ocasión, Bolaño contó que su abuelo materno era un coronel del ejército que se pasó la vida pululando por destacamentos militares, principalmente en las regiones más meridionales del país, y que murió en su cama lleno de orgullo tras padecer un ataque al corazón casi fulminante cuando su nieto contaba con apenas cinco años. Sus dos mayores aficiones fueron, al parecer, los duelos de ajedrez y la elaboración de collages de corte surrealista que realizaba sobre la superficie de jarrones desnudos. En realidad, como averiguamos gracias al periodista Juvenal Rivera, el abuelo materno de Bolaño nunca fue coronel, sino un mero escribano castrense, «un funcionario civil de justicia de bajo rango que mecanografiaba declaraciones, dictámenes y fallos de los tribunales militares», y cuyo último destino fue precisamente la fiscalía de las fuerzas armadas en Valparaíso, muy cerca del Cerro Los Placeres. Esta mentirijilla, convertir en oficial a quien no pasaba de burócrata, constituye el episodio más antiguo de que tenemos constancia de un acto que con el tiempo se tornaría eminentemente bolañesco, a saber, el de la tergiversación biográfica, vicio mediante el cual Roberto perfeccionaría sus ya de por sí desmesuradas dotes para mezclar ficción y realidad en proporciones más o menos discernibles, confundiéndolo todo en un mismo amasijo, acá las certezas, allá las farsas, los infundios y los engaños, no lo juzgamos, desde luego, se trata de una práctica trivial, pues lo único importante para nuestros propósitos es que ese trabajo de oficina hizo que sus abuelos, Roberto Neftalí Ávalos Martí (de quien nuestro protagonista heredó el nombre) y Fidelia Amanda Flores Graña, se hallasen en la ciudad de Tacna, al norte de las luengas tierras de Chile, cuando la madre de Roberto vino al mundo, el 31 de julio de 1927, dos años antes de que el departamento al completo se reintegrase una vez más en la vecina República del Perú. Quizás esta veleidad geográfica ayudó a Bolaño a cultivar su sabio desdén por las fronteras nacionales y su relativismo a la hora de abordar algunas de las invenciones político-jurídicas a las que el homo sapiens se aferra con tanto empeño.
Sea como fuere, el caso es que los representantes de ambas familias, León Enrique Bolaño Mendoza del lado gallego-catalán y Filia María Victoria Ávalos Flores como portavoz de la descastada burguesía chilena, se conocieron en Santiago de Chile, se embarazaron, la una más que el otro, desde luego, y en ese estado, y quién sabe por qué razones (pudo ser el amor, o la presión social, o una mezcla de ambas cosas), decidieron contraer matrimonio. En fin, con o sin alteración de la calidad del producto, el orden de los factores no ha lugar a dudas: la pareja se casó en marzo de 1953, cuando la barriga de María Victoria se hallaba ya a punto de dar de sí bajo el talle de su vestido de novia. Un mes más tarde nació Roberto Antonio Edwin Bolaño Ávalos, nuestro protagonista, refrendando una unión impura que el sacramento del matrimonio habría enmendado, al menos para quienes todavía creían o creen en esas cosas, que haberlos, haylos, aunque nos sorprenda.
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Ahora que esto del linaje o las raíces se ha aclarado, volvamos la vista no atrás, sino hacia delante. Nos habíamos quedado en la primera mudanza, la que provocó el traslado del bebé recién llegado desde la capital, Santiago de Chile, hasta la hermosa y literaria Valparaíso, donde el padre de Roberto ejerce como transportista en la fábrica de neumáticos INSA. La familia se instala en el Cerro Los Placeres, un racimo de casas bajas casi a orillas del océano Pacífico, con sus playas mermadas y sus horizontes inalcanzables. Al principio no es época de lecturas, sino de gatear, dar a tientas los primeros pasos y, llegado el momento, patinar alocadamente por el borde de las lomas.
Probablemente aquí, sin que Roberto se percate de nada, se sientan las bases de la futura desintegración familiar. La inocencia infantil, como la imaginación, no conoce límites. De modo que mientras él se escurre con indolencia por entre las laderas empinadas del Cerro Los Placeres, su padre guía a la familia hacia un pequeño abismo doméstico, y lo hace de manera más o menos discreta, algunos dirían que imperceptible, alternando las ausencias laborales —las carreteras son largas; los camiones, pesados y lentos— con un culto desmesurado a su propio físico, algo que acaba granjeándole no solo el codiciado título de Míster Playa, sino también la atención de muchas mujeres. Los testimonios de esta época no dejan resquicio para que quepa duda: por motivos sobre los que aquí no vale la pena demorarse, ni siquiera a título meramente especulativo, parece que el hedonismo de don León instiga las riñas conyugales, cada vez más virulentas, cada vez más frecuentes, hasta el punto de que el niño Roberto acaba haciendo lo mismo que hicieron muchos antes que él, y que inevitablemente harán otros tantos después, a saber, buscar refugio en el silencio de los libros. Si hemos de creer a doña Victoria Ávalos, su hijo aprendió a leer de forma autónoma a la inopinada edad de tres años, hazaña que nos parecería irreal, tal vez apócrifa, de no ser por los múltiples precedentes con que contamos, pensemos en el compositor Wolfgang Amadeus Mozart, quien con el mismo número de primaveras a las espaldas dominaba ya lo escrito en libros y partituras, o en el filósofo británico John Stuart Mill, o en el lingüista Jean-François Champollion, personajes todos ellos igual de precoces que nuestro pequeñuelo, si bien, puestos a recurrir a los símiles, y dado que hablamos de un autor de ficciones, hubiese sido más oportuno compararlo con el personaje de Sheldon Cooper, figura televisiva que no solo fue otro genio precoz, sino que provocó en su entorno familiar, y más concretamente en su piadosa madre, una reacción muy similar a la de doña Victoria, la cual, perpleja ante aquella suerte de milagro, telefoneó de inmediato al médico del barrio para hacerlo partícipe de su inquietud, conminándolo a que lo examinase cuanto antes, cosa que el pediatra acabó haciendo entre risas, a él todo aquello se le antojaba algo anecdótico, como lo muestra el hecho de que no tardase en zanjar la consulta con un laconismo de carácter premonitorio, «Al niño no le pasa nada, es un adelantado», dijo.-
Vivió algunas aventuras, como quedarse tirado en el desierto durante cuatro días por culpa de una avería en el camión de su progenitor, pero el resto de su cotidianidad era la propia de un niño de su edad, con la salvedad de su precoz ansiedad lectora”
A decir verdad, parece que los libros no se habían transformado aún en un caudal de dramas, misterios o aventuras. Acudió a ellos de forma mecánica, posiblemente fascinado por la correspondencia entre la oralidad que lo rodeaba y esos símbolos impresos con tinta negra sobre un papel poroso y amarillento. Descifrarlos se volvió un estímulo para su intelecto en ciernes. También una guarida benéfica. Allí podía entonar palabras a su gusto, sin interrupciones, sin sobresaltos, sin los quejidos estridentes de doña Victoria ni la violencia y el ímpetu de don León.
De la vida en el Cerro Los Placeres hay poco más que consignar, salvo que nos refiramos, a fin de no omitir elementos biográficos de importancia, al hecho de que allí nació su hermana María Salomé, completando un núcleo familiar de cuatro individuos que se mantendría estable hasta que diese comienzo el proceso de disgregación doméstica. Al margen de ese interés prematuro por la palabra escrita, y de las correrías de Míster Playa, la vida del pequeño Roberto debió de ser, sin duda, ordinaria. Vivió algunas aventuras, como quedarse tirado en el desierto durante cuatro días por culpa de una avería en el camión de su progenitor, pero el resto de su cotidianidad era la propia de un niño de su edad, con la salvedad de su precoz ansiedad lectora. En Diario de bar, un relato escrito varias décadas después junto con su amigo Antoni García Porta, nuestro protagonista concibió un personaje solitario, posiblemente de tintes autobiográficos, que rememora su infancia en ese mismo rincón de Chile, donde solía deambular con su abuela y su hermana por el paseo marítimo, aprovechando las tardes en la piscina de Recreo, una de las primeras de talla olímpica del país y famosa por doquier, tanto por haber sido construida sobre el mismísimo océano como por el hecho de que los promotores del proyecto decidiesen revestir sus paredes con agua de mar. Allí, el muchachito en cuestión se colocaba en el bordillo y, pese a su corta edad, se abalanzaba de cabeza sobre el reflejo del sol, con clavadas que en Chile se conocen como «tirarse piqueros». En otras ocasiones, la abuela y los dos hermanos caminaban hasta la Roca de los Enamorados, en Playa Ancha, un peñasco escarpado desde el que se arrojaban al mar los vecinos para quienes la angustia, el rechazo o la desesperación se habían tornado insoportables, alguno de ellos azuzado quizá por los llamados movimientos de revalorización literaria de mediados del siglo xx, esos que pusieron de moda una vez más la peligro-sísima novelita de Goethe sobre las penas del joven Werther, huevón enamorado donde los haya, que acabó disparándose en la cabeza para poner término a su sufrimiento, con tan mala suerte, o tan mala puntería, que la bala ni siquiera lo mató de inmediato, sino que lo sumió en la peor de las agonías físicas durante varias horas. A juzgar por las hemerotecas, parece que la Roca de los Enamorados, hoy desaparecida gracias a los benditos planes de ordenación urbanística, resultó ser un modo mucho más expedito para poner fin al sufrimiento. Nuestro protagonista, por suerte, desconocía aún las angustias de la vida. Cada cosa llega en su debido momento.
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En 1959, a los seis años de haber nacido el primogénito de la familia, y a pocos meses de que triunfase la Revolución cubana, los Bolaño se mudaron al barrio El Retiro de Quilpué. Antes de proseguir, nos vemos forzados a mencionar algo evidente, y es que todo homo sapiens acaba por convertirse, de una forma u otra, y lo quiera o no, en producto de su época, a veces se trata de asimilaciones paulatinas e inconscientes, otras de recibir con los brazos abiertos al Zeitgeist, para ciertos individuos puede implicar una rebelión contra las tendencias, para otros un rechazo discreto, de lo que no hay duda es de que nadie escapa al mundo que lo rodea, sentencia esta que puede parecernos exagerada, tal vez incluso pomposa, pero que nos permite justificar nuestra alusión al triunfo de Fidel Castro y su tropa de guerrilleros barbudos, hecho este, el de mencionar la historia de otro país, más que justo y necesario —en realidad ineludible— si deseamos entender a nuestro protagonista, ya que el éxito del comunismo en las entrañas del mar Caribe servirá, en últimas, como ariete de carga para propagar a lo largo y ancho del continente las calenturas de la Guerra Fría, aquellas revueltas populares, por supuesto, pero también estas otras rebeliones de izquierda y esas insurrecciones de derecha, con sus milicianos o con sus coroneles, pero empeñadas todas ellas en atajar el descontento social manu militari, con respuestas cada vez más atroces y sanguinarias.
Pero no nos adelantemos. Andábamos hablando de la mudanza familiar a Quilpué, un pueblito cercano, situado dentro de la propia área metropolitana de Valparaíso, pero un poco más alejado de la costa, a unos veinte kilómetros hacia el interior. Allí, los Bolaño se instalan en una quinta espaciosa, entre tórtolas y pedernales, desempacando bultos y maletas al abrigo de una construcción de planta rectangular, mitad hormigón y mitad madera, con una fachada sobria y un techo a dos aguas recubierto de tejas de arcilla, estas de acá más marrones que coloradas, al revés que las de los vecinos. Además de naranjos en flor, la entrada está llena de pompones de hortensias, perfumando la vista y el aire. Desde el exterior, la vivienda parece el epítome del progreso social.
Antes de que el crecimiento demográfico colonizase las lindes de Quilpué, esta casa, situada en el cruce entre las actuales calles de San Enrique e Independencia, se hallaba rodeada de praderas amplias y desmalezadas, donde Roberto jugaba a los vaqueros con sus vecinos y se burlaba de las vacas, retozando por campos que lo mismo servían para el cultivo de papas y pimientos que para salir a cabalgar a lomos de Poncho Roto, el caballo traído de Magallanes con que don León agasajó a su hijo al poco de cumplir este los siete años y que, dicho sea de paso, hizo un cameo fugaz con el seudónimo de Zafarrancho en Últimos atardeceres en la Tierra, uno de los cuentos más memorables que escribiría el Roberto adulto. A lomos de este corcel manso de pelaje oscuro viviría algunas de sus más gratas aventuras infantiles, siempre, claro está, bajo la supervisión de un adulto, ya que los Bolaño conocen de sobra los riesgos que pueden derivarse incluso del más nimio accidente. Ahora bien, quien suele encargarse de dicha vigilancia, tanto en sus andanzas ecuestres como en el resto de los quehaceres cotidianos, es sobre todo la madre, una figura que desborda cariño y tenacidad, contrastando con las ausencias de don León, cada vez más frecuentes, también cada vez más sospechosas.
Y por si todo esto de las praderas, las vacas y el caballo no les parece ya lo suficientemente bucólico, mencionaremos también que al paterfamilias le dio por erigir un horno de barro con sus propias manos, allá, en la parte trasera de la casa, el mismo lugar en el que desangra, escalda, despluma, eviscera y cocina pollos y gallinas criollas con que agasajar a la familia cada domingo, antes o después de pasear en torno a la quinta, permitiendo que el pequeño Roberto y su hermana María Salomé se hundan en la inmensidad de la hierba fresca, ora con camisas abigarradas, ora con la despreocupación de un torso desnudo, como lo muestran las fotografías de la época.

Entre semana, la vida del pequeño Roberto es la propia de un niño de su edad. Acude a la escuela pública número 98, situada en la calle Granada, la misma en la que su madre acaba de conseguir un empleo como profesora de matemáticas. Al principio sus notas son buenas sin llegar a la excelencia, pero pronto las tornas cambian y su agilidad mental, asumimos que ensanchada por horas y horas de lectura, acaba sobresaliendo por entre la de otros niños de su edad, dotándolo de una recursividad sin límites. Es capaz de responder a todas las preguntas, y mejor y más rápido que cualquiera de sus compañeros, a menudo exhibiendo un destello de ingenio que deja atónitos a los profesores.
La vida propia de un niño de su edad, decíamos, y en nuestro caso esta afirmación implica algo más que jugar por las praderas en torno a la quinta familiar, cabalgar a lomos de Poncho Roto o ir a la escuela. Es también aquí, en Quilpué, donde nuestro protagonista dará comienzo a una de las historias laborales más inestables, heterogéneas y pintorescas de la segunda mitad del siglo xx, con empleos precarios que se suceden los unos a los otros a lo largo de los años y los países, sin solución de continuidad, encadenando un trabajillo humilde con el siguiente, desfile que se inicia precisamente en el camión del padre, echando una mano con los repartos, y prosigue como boletero en una línea de autobuses que cubre la ruta entre Valparaíso y Quilpué, quehacer por el que recibe si acaso doscientos escudos, que dicho sea de paso ni siquiera son suyos, he aquí un aspecto deleznable de lo que solía ser la niñez para muchos y en muchas partes, y que por desgracia lo sigue siendo para tantos en tantas otras.
En fin, todo esto de narrar el traslado de la familia a Quilpué y su propia vida cotidiana podría parecer una demora innecesaria antes de llegar al meollo de nuestros empeños. En realidad, dista mucho de serlo. Aquella escala en la vida de nuestro protagonista resultó ser sumamente relevante, por su épica, pero sobre todo por su poética.
En el ámbito de la épica, los sucesos principales se produjeron en 19S2, durante el mundial de fútbol. Para entonces Roberto llevaba varios años entrenándose junto con el equipo escolar, donde lucía el número 11. Aunque se servía de la diestra para tomar apuntes y realizar las tareas, goleaba siempre con la zurda, siendo este tal vez, como él mismo se encargaría de concluir mucho después, el origen de su dislexia. Además de jugar al fútbol, coleccionaba estampitas y figurines de sus delanteros favoritos. De modo que para cuando Chile acogió el mundial del 62, nuestro protagonista era ya un minifanático en toda regla, de esos que se dejaban la garganta en el estadio de Sausalito durante los partidos. Si bien no hay forma de saber cuánto influyó dicha experiencia en su futura vena alborotadora y vocinglera, lo que resulta evidente, porque el propio Roberto se encargó de confirmarlo cada vez que se le presentaba la oportunidad, es que disfrutó de lo lindo cuando la selección brasileña pasó varias semanas entrenándose en el Club Retiro de Quilpué, a cincuenta metros de la quinta de los Bolaño. Los niños del barrio acudían a diario a ver a sus ídolos, entre quienes se hallaban Garrincha y Pelé, ya cómodos con su fama, y a punto de acrecentarla gracias a una inminente victoria en la final ante Checoslovaquia, país al que los brasileños vencieron con un tres a uno, triunfo memorable, sin duda, sobre todo por darse el caso de que Brasil tuvo que arreglárselas sin Pelé, lesionado precisamente en la fase de grupos por una salvaje entrada de un rival para el que los periódicos brasileños pidieron pena de muerte. Eso sí, ni la victoria ante Checoslovaquia ni la baja de Pelé se nos antojan tan legendarias como la tarde en que nuestro escritorzuelo de nueve años y su grupito de amigos invadieron el Club Retiro para corretear sin ton ni son alrededor de los deportistas más famosos del mundo, jalonando la escena con aspavientos y carcajadas, hasta que Roberto acabó colocándose bajo el arco de la portería y, entre una cosa y la siguiente, le atajó un penalti al mismísimo Vavá, hazaña que ilustra no tanto sus dotes atléticas como la forma en que un adulto generoso puede insuflar confianza a la maleable mente de un niño, marcándolo para siempre.
Los lectores más avispados se habrán percatado ya de cómo en la última oración de este último párrafo hemos recurrido al término escritorzuelo, hecho que nos permite ahora vincular nuestra estancia en Quilpué con la promesa de un hito poético, a saber, la búsqueda y producción de las primeras ficciones. En efecto, es aquí, a una veintena de kilómetros del océano Pacífico, donde la invención humana por excelencia irrumpe en su vida con violencia y desmesura, igual que un dique recién resquebrajado que escupe aguas sobre un valle aledaño, anegándolo todo. Ocurrió que un día, apesadumbrado tal vez por las disputas domésticas, o inapetente a causa de la ausencia de estímulos a la altura de su cerebro «adelantado», Roberto encontró consuelo en uno de los primeros relatos con que se topó entre las paredes de su hogar, y que resultó ser nada más y nada menos que la radionovela que escuchaba su abuela, titulada Hogar dulce. Ya saben lo que se suele decir, A río revuelto, ganancia de pescadores, y también, A grandes males, grandes remedios. El refranero llega incluso a afirmar que En tiempos de guerra, cualquier agujero es trinchera. Suponemos que, en la sencillez de su propio léxico, Roberto debió de pensar o sentir algo parecido la primera vez que se quedó rondando por la cocina, haciéndose el remolón, como quien dice, para escuchar con embeleso las historias de adultos que emergían como por arte de magia a través de una coqueta radio portátil colocada sobre la encimera, para más señas el modelo Bajazzo de la extinta empresa alemana Telefunken. Esas voces surgidas de la nada, con sus asaltos de misterio y emoción, lo llevaron a rastrear la casa en busca de sucedáneos, con tan buena fortuna que acabó hallando experiencias aún más intensas, primero en los libritos de vaqueros que don León se enfundaba a menudo en uno de los bolsillos traseros del pantalón y después, cuando la sed empezaba a tornarse insaciable, devorando a hurtadillas las novelas de corte romántico o feminista con que doña Victoria se distraía por las tardes, incluidas las escritas por una tal Elisa Serrana, con títulos como Las tres caras de un sello, o Una, o el más ilustrativo de todos: Chilena, casada, sin profesión.
Muy pronto, las ficciones lo fueron colonizando todo y, casi sin darse cuenta, Roberto se dio a la tarea de crear su propia colección de historias, un tesoro donde los libros infantiles y las revistas se reproducían como rizomas de bambú, desplazando poco a poco, ya hemos advertido que de manera más o menos imperceptible, las antiguas aficiones, incluida la colección de láminas del mundial, y el correteo frente a las vacas, y las figuritas de futbolistas o actores de Hollywood, y el lomo cálido de Poncho Roto. Nada en el mundo real lograba asemejarse a la seducción de la letra impresa, así que nuestro protagonista decidió acumular un surtido de palabras en los cajones y estantes de su habitación, invitando luego a los muchachos del barrio a compartir aquel maná. Hemos de añadir que, estando como estamos en una época sin videoconsolas ni tabletas ni teléfonos inteligentes, los vecinos más jóvenes no solo se acercaban a la quinta de los Bolaño con excesiva asiduidad, siempre ansiosos por disfrutar de aquellas lecturas, sino que además se dieron a la nada discreta labor de ensalzar la superioridad intelectual de Roberto, con la esperanza de que, llegado el momento propicio, por ejemplo, entre una lisonja y la siguiente, este aceptase concederles un préstamo con que achicar las largas noches en vela. En ese juego de egos y admiraciones se fraguó probablemente la personalidad que lo convertiría en el temible líder de los infrarrealistas mexicanos.
Con o sin amigos de por medio, el caso es que las aventuras de mentira se fueron tornando más vívidas e intensas que las acaecidas en el mundo real, atiborrándole la cabeza de personajes imaginarios, con sus escenarios imaginarios y su retahíla de hechos, que eran también imaginarios. El proceso resultó ser discreto, de acuerdo, y silencioso, un visto y no visto, pero fue adquiriendo visos de tornarse también irreversible. Tanto es así que un día ocurrió por fin lo que tenía que ocurrir, se produjo el milagro del arte: a Roberto dejaron de bastarle las ficciones ajenas y se dio a la tarea de escribir las suyas propias, empezando por un cuentecito ñoño en el que una bandada de gallinas se enamoraba hasta los tuétanos de un mismo gallo, lo que no podía tener otra consecuencia que una ruidosa trifulca en el gallinero. Un drama lleno de amor no correspondido, envidias y celos. ¿Cuál fue la chispa? ¿La amargura con la que los bípedos de su quinta observaban los pollos que se cocían cada domingo en el horno de barro de don León? ¿La indiferencia de las vecinas, en quienes nuestro protagonista se fijaba ya de forma precoz y no correspondida? ¿Tal vez las correrías de Míster Playa? Probablemente nunca lo sabremos, como tampoco sabremos qué llevo a Mary Shelley a concebir sus primeros relatos con diez años, a guisa de preámbulos de la magistral Frankenstein, o a Arthur Rimbaud a declararse poeta antes incluso de franquear la primera adolescencia, por no citar el caso más extremo, el de Schopenhauer, autor de un diario de viaje, espléndido, por cierto, escrito a los doce años, cuando sus padres decidieron sacarlo de paseo por Europa para airearlo. Nunca lo sabremos, no, pero podemos imaginarnos la seducción que acompaña al poder omnímodo de las ficciones, esa capacidad para narrarlo todo, inventarlo todo, controlarlo todo, sin que nada ni nadie pudiera resistirse a los dictados de su pluma, instrumento este al que aludimos de forma eminentemente metafórica, sin prejuzgar la variedad de herramientas y soportes que permiten acceder a este mismo hallazgo. Ahora bien, aun sin saber con certeza qué o quién encendió la chispa de la que brotó el mejor escritor de su país, de su continente, de su lengua, esa patria íntima de la que empezó a cobrar conciencia en Quilpué, aun sin ese conocimiento, decíamos, nos es dado evocar la inmensidad del refugio, lo adictivo de sus mecanismos, lo ineludible que se torna el rendirse ante ellos, igual que la abeja es incapaz de resistirse a abandonar su colmena en busca de ese néctar que transformará luego en miel.
Todavía no ha cumplido los diez años y ya es un creador de mundos, algunos dirían que un dios.
Todavía no ha cumplido los diez años y aquí, en Quilpué, al interior de una casa de fachada amarilla, con sus naranjos y sus hortensias, la imaginación de Roberto se torna universal. La vida ya no era una, eran mil.
Antes de marcharnos de esta quinta espaciosa, reconozcamos que la costumbre de pasarse los días encerrados entre cuentos y revistas no tardó en inquietar al resto de miembros de su familia. En un exceso de celo, doña Victoria volvió a recurrir a la ciencia, llevándolo de improviso a la consulta del médico local, quien lo analizó minuciosamente, sometiéndolo a toda clase de exámenes, hasta que llegó a una conclusión tan obvia como innegable, «Su hijo sufre una adicción a los libros», y enseguida recomendó la terapia, «Sería bueno que dejara de leer durante una temporada». El doctor pensaba que la lectura, como el tabaco, mata. Doña Victoria se encontró entonces ante un sendero que se escindía: un ramal la llevaba a seguir la exhortación facultativa, enjaezando la creatividad de su primogénito, el otro la conducía a ignorar el diagnóstico. Por suerte para la historia de la literatura, optó por lo segundo casi sin pensárselo. Según el testimonio de los propios implicados, Roberto no volvió a pisar un consultorio médico en los siguientes veinte años. Dicen que la literatura, que todo lo puede, también todo lo cura.
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De Quilpué, los Bolaño se mudaron a Los Ángeles, previo paso por Cauquenes, un pueblito situado más o menos a la mitad de la largura chilena, es decir, en afinidad latitudinal con Buenos Aires, y de donde apenas nos quedaron un par de anécdotas reseñables, como las lecturas en familia de los poemarios de Pablo Neruda o un esbozo de la mañana en que doña Victoria, recién reincorporada al ámbito de la salud —la misma ocupación que ejercía en el momento de conocer a León—, llevó a sus hijos al Hospital San Juan de Dios y los conminó a aguantar la respiración mientras franqueaban el pabellón de los tuberculosos, no fuesen a contraer ellos también la terrible enfermedad. Qué duda cabe de que se trata de sucesos anodinos, sobre todo si los comparamos con la sarta de experiencias formativas que Roberto viviría en Los Ángeles, ciudad en la que permaneció poco más de tres años, antes de abandonar definitivamente el país en 1968.
El nuevo hogar de los Bolaño se hallaba en el llamado Banco de Estado, un flamante barrio angelino compuesto por una veintena de casas construidas bajo los auspicios de la entidad financiera que le dio nombre. Décadas después, las hermanas Saldivia, sus vecinas, aún recordarían el alboroto producido por la llegada del todoterreno y los camiones con que la fami-lia arribó al número 0320 de la calle Juan Antonio Coloma, descargando muebles, electrodomésticos y enseres personales frente a una casa de una sola planta con fachada de madera y vigas recias que crujían ominosamente en la época de lluvias.
Nuestro protagonista pasaba también buena parte de su tiempo compitiendo con sus amigos en interminables juegos de mesa, algunos de su propia creación, como ‘Estrategia’”
Durante mucho tiempo, Los Ángeles fue considerada una ciudad más bien pobre y tumultuosa. Había sido fundada en 1739 por el gobernador español José Antonio Manso de Velasco, un politicucho barbilampiño y con cabeza en forma de pera que de manso no tenía sino el nombre, como lo demuestra el hecho bien documentado de que su intención al instalarse en este rincón en el extremo sur de Chile, o al menos en el extremo del Chile supuestamente civilizado, era nada más y nada menos que erigir un nuevo bastión colonial con que hostigar a los «infames» indígenas mapuches, al otro lado del río Biobío, quienes en aquella época preilustrada aún no gozaban ni de las bondades de los derechos humanos ni del consuelo de la siempre benévola doctrina cristiana. Para cuando don León decidió regresar a la ciudad —era aquí donde había nacido y desde donde se había marchado a Talcahuano para cumplir con el servicio militar obligatorio—, Los Ángeles se hallaba en plena efervescencia económica, lo cual había provocado, a su vez, un rapidísimo crecimiento demográfico, principalmente de campesinos que emigraban desde las zonas rurales, fenómeno que apuntaló la proliferación de los llamados «barrios callampa», unos campamentos improvisados que se hicieron famosos por su insalubridad, su hacinamiento y sus episodios de violencia. Esto no sería el Lejano Oeste, pero a fin de cuentas era el Lejano Sur.
Desde luego, nada de lo anterior afectó de forma directa a los Bolaño, quienes repitieron aquello de instalarse en un barrio de clase media y, según movimientos que ya estaban a punto de convertirse en rutinarios, reemprendieron su vida laboral casi donde mismo la habían dejado, doña Victoria con el enésimo retorno a los quehaceres educativos, enseñando estadística en el Liceo Comercial, apenas dos cuadras más arriba de su casa, y don León con sus vaivenes de camionero por los rincones de Chile, recorriendo el país de arriba abajo y de abajo arriba, lo que dio pie a otra tanda de ausencias prolongadas, aunque cuando estaba, estaba, como no tardaron en notar los vecinos, a quienes les chocaba encontrarse de repente con ese vehículo de treinta toneladas estacionado en mitad de la calle, a guisa de anuncio y advertencia.
Como suele acontecer, porque en las historias verídicas no todo puede ser emocionante y dispar, Roberto reincidió también en sus propios hábitos: ingresó en una nueva escuela, volvió a despuntar en el aula, para regocijo de sus profesores, y retomó la búsqueda de extraños a quienes tornar amigos, arrimándose entre otros a Fernando Fernández Merino, un muchacho de su edad y su misma altura, pero que parecía en todo la antítesis de nuestro protagonista, quien para entonces se había convertido en un jovenzuelo de ademanes más bien tímidos que coquetea-ba por vez primera con esa imagen bohemia que terminaría convirtiéndose en una de sus señas de identidad, incluida la cabellera salvaje y greñuda, los anteojos de «buhonero hippy» (Javier Cercas dixit) y una inconfundible cazadora de cuero, aspecto este en las antípodas del de su nuevo compañero, un muchacho extrovertido que lucía a menudo chaqueta, corbata y un pelo corto, engominado y tan rígido como el césped de la jornada inaugural del torneo de Wimbledon. Verlos pasear juntos constituía una experiencia insólita, más rara que toparse con el lobo y el cordero, aunque los angelinos no tardaron en acostumbrarse a semejante contraste, porque la pareja se volvió inseparable y juntos se consagraron a las actividades de ocio propias de un adolescente temprano. Aquí sí, las rutinas extracurriculares cambian. Poncho Roto y las praderas puntuadas de vacas son ya cosa del pasado. Ahora le ha llegado el turno a pasear por la plaza de Armas, y a estirar las tardes en la laguna Esmeralda, y a tronar a voz en cuello desde las gradas del estadio Fiscal, y a celebrar torneos de tacataca, pasatiempo que un día acabará llamando futbolín, y, por supuesto, a dejarse ver con frecuencia por las salas del cine Imperio o el Municipal, actividad, esa sí, sagrada, con sus confesiones íntimas y sus rituales insoslayables, incluido el paso por El Habanero para proveerse de golosinas antes de una proyección de Bonnie y Clyde, o de James Bond, o de El bueno, el feo y el malo, película que, por cierto, le trae a la memoria las novelitas de vaqueros de don León, con su papel áspero y granulado, como de serpiente vieja. En Los Ángeles, nuestro protagonista vive también su despertar sexual y, como él mismo confesará mucho más tarde, se dedicó a batir varios de sus propios récords, el récord de masturbaciones, el récord de páginas leídas en un solo día, el récord de cimarras o novillos, ausentándose de la escuela durante temporadas que se dilataban felizmente en el tiempo y que se tradujeron, como no podía ser de otra forma, en un declive de su rendimiento académico.
Nos encontramos, qué duda cabe, en una fase de transición. Roberto aún no estaba condenado, o no del todo, a acarrear de por vida el virus de las ficciones. Como él mismo se encargaría de explicar años más tarde, a la literatura se llega por azar, pero también por culpa del destino. En Los Ángeles, el azar aún desplegaba, generoso, un conjunto casi inabarcable de posibilidades vitales, algunas de ellas alejadas de los libros. El destino de nuestro protagonista no estaba escrito, aunque todo él fuera escritura. Se fraguó allí, en aquella ciudad al sur de Chile.
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A fin de no faltar a la verdad, conviene insistir en cómo una parte de su vida cotidiana continuó siendo la propia de un adolescente de entre doce y quince años. Ya se han consignado algunos de sus quehaceres, a los que con el paso del tiempo, conforme se aproximaba a su primer exilio, se fue añadiendo una retahíla de protocolos impuestos por la cultura, la costumbre o la biología, como la celebración de los primeros bailes y la ceremonia de los primeros besos, que en su caso estallaron en el transcurso de veladas conocidas por aquel entonces como «malones», unos encuentros donde los adolescentes angelinos se reunían en la casa de turno, bajo la supervisión discreta de algún adulto, para comer empanadas, sopaipillas y choripanes, y de paso bailar en la penumbra, al calor de un radiocasete o un tocadiscos con canciones de Salvatore Adamo, mientras los cuerpos se mecían a distancias variables y a veces se rozaban, figurándose desnudos. No está de más avisar que el término «malón» provenía en realidad de las incursiones represivas que el ejército colonial solía emprender contra los indígenas mapuches que habitaban al otro lado del río Biobío, caudal que antaño sirvió de frontera entre la Corona Española y las poblaciones autóctonas. Al regresar de aquellos hostigamientos, enardecidos tras días de persecuciones y matanzas, los soldados exigían la paga y celebraban auténticas juergas, que, con los años, y suponemos que gracias a las bondades de eso que algunos suelen denominar el progreso civilizador, acabaron tornándose modestas y recatadas. De esa índole eran al menos los malones que tenían lugar en casa de los Bolaño, adonde acudían vecinas como Loreto, Verónica o las hermanas Saldivia —Rossemarie, Silvana y Angelina—, junto con amigos como Fernando Fernández, Carlos Cárcamo y Jorge Lebert. A veces se les unía también María Salomé, la hermana de Roberto, a quien este vigilaba siempre de reojo, no fuesen a propasarse con ella.

Además de todo lo anterior, nuestro protagonista pasaba también buena parte de su tiempo compitiendo con sus amigos en interminables juegos de mesa, algunos de su propia creación, como Estrategia, un descomunal tablero de dos metros de longitud sobre cuya superficie de madera deslizaban figuritas de papel mal recortadas que representaban tropas, aviones y todo tipo de material bélico, de trazo modesto, pero más que suficiente para recrear batallas reales o imaginarias, ocurridas inevitablemente en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, un conflicto que Roberto estudiaba ya de forma obsesiva, con un interés monomaníaco, convirtiéndose durante aquellas horas de ocio en una mezcla entre soñador trágico y friki épico, podríamos decir que en la estela remota de figuras románticas como Arthur Rimbaud, aunque, si hemos de ser del todo sinceros, se nos antoja más un precursor temprano del nerd que protagoniza La maravillosa vida breve de Óscar Wao, la maravillosa novela breve de Junot Díaz. Parece evidente que nuestro protagonista anda ya cultivando las aptitudes que lo convertirán en el mejor escritor de su país, de su continente, de su lengua, esa patria íntima con la que ahora mismo se da a la tarea de articular relatos sin final preciso frente a una tabla de conglomerado de madera, mezclando realidad y ficción en dosis más o menos discernibles, un poquito de historia por aquí, por allá una trama utópica en el frente oriental, y todo ello regido por libertades casi absolutas, con la salvedad de ese puñado de reglas preestablecidas que nos constriñen, el manual de instrucciones, los dados, el alfabeto, la máquina de escribir, la tradición, exactamente los mismos ingredientes con los que dentro de un cuarto de siglo forjará la trama de El Tercer Reich, novela en la que un comentarista de juegos de rol pasa sus días deambulando entre la monotonía de un pueblo vacacional a orillas del Mediterráneo y las peripecias bélicas que se suceden en los confines de un tablero esparcido sobre el escritorio de su habitación de hotel.
¿Qué pasó entonces?, se preguntarán ustedes. ¿Qué lo llevó a relegar a segundo plano el griterío del estadio Fiscal y las idas al cine Imperio y la música de los malones y las inacabables partidas de Estrategia? A decir verdad, carecemos de un momento epifánico. No parece existir, al menos hasta donde sabemos, ese hito señero que nos permitiría enunciar, acaso de forma metafórica, que su vida era confusa y vacía y que las tinieblas cubrían la haz del abismo, hasta que un espíritu se cernió sobre él y le dijo, Haya lectura y escritura, palabras estas disruptivas hasta decir basta, de una falsa sencillez, porque habrían apuntalado —caso de que algo o alguien las pronunciase— una vocación que lo hostigaría ya hasta los confines de su propia existencia.
Ante la ausencia de momentos epifánicos o hitos señeros que nos facilitaran fecha y hora, parece legítimo suponer que el ámbito de lo literario fue cobrando importancia de forma discreta, casi invisible, igual que sucede con la acumulación subterránea del magma que sustenta después una erupción volcánica. Roberto simplemente empezó a vivir para sus cuadernos de notas y se acostumbró a llevarlos a todas partes. Las calles de Los Ángeles se volvieron un laboratorio, y él, en su calidad de científico ilustre o de científico loco o de ambas cosas al tiempo, se aprestó a observarlo y consignarlo todo, como si la vida no fuese más que un gran experimento. Su amigo Fernando Fernández recordaría siempre el semblante grave de Roberto en los instantes en que sacaba la libreta del bolsillo y garabateaba cualquier cosa entre sus páginas, ora en mitad de la plaza de Armas o de la laguna Esmeralda, ora a orillas del malón en el que sus amigos bailaban entre intuiciones y penumbras. También las hermanas Saldivia, sus vecinas, quedarían marcadas por la imagen ambigua de ese vecino de quien una de ellas, Rosse-marie Saldivia, se había enamorado hasta los tuétanos. A todas les impresionaba el aire entre abstraído y altanero con que se paseaba por la calle, absorto en sus propias reflexiones, rumiándolas, como quien dice, y volcándolas después en cuadernos de tamaños y texturas variadas, ahí mismo, a la vista de todos. Si no universal, aquel hábito de escritura temprana parece desde luego recurrente, tal y como sabemos gracias al sinnúmero de precedentes consignados a lo largo de la historia de la literatura, como los primeros cuadernos de Agatha Christie, donde la llamada Reina del Crimen concebía monólogos para sondear las menudencias de un asesinato perfecto, respondiendo por escrito a sus propias preguntas, o el empeño con que Herman Melville transcribía cada uno de los pormenores de sus travesías en alta mar, o los borradores de novela que Virginia Woolf intercalaba en las páginas de su diario, por no hablar siquiera de las mil cuartillas anuales sobre las que Leonardo da Vinci, otro «adelantado», vertía su espíritu inquieto, aunque, como ya se dijo, nada o casi nada comparable a Diarios de viaje de Schopenhauer, escrito a los doce añitos. Esa costumbre de escribano debió de ahormar su cerebro, prevaliéndose de la consabida maleabilidad adolescente, hasta que escribir se convirtió en una forma ineludible de estar vivo.
En Los Ángeles, Roberto empezó a acotar, tal vez sin saberlo, el repertorio de sus vidas posibles.
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Las libretas fueron solo una parte de la historia. Lo que terminó empujando a Roberto Bolaño precipicio abajo, abismándolo, hundiéndolo en las profundidades de un mundo inexistente que parecía más auténtico —y en todo caso más pleno— que la realidad en la que por ley natural se hallaba incrustado, fue el descubrimiento de las primeras bibliotecas, empezando por la de su colegio, y luego también la municipal, ambas en torno a una misma plaza rectangular sembrada de pataguas, tilos y quillajas saponarias.
Por aquel entonces, nuestro protagonista era alumno del Liceo de Hombres de Los Ángeles, una mole de ladrillo de dos plantas con techos altos y ventanas estiradas, por donde la luz se colaba a raudales al interior de las aulas desde primera hora de la mañana, iluminando los pupitres metálicos. En la planta baja del edificio, a la derecha de la puerta de entrada, existía entonces una modesta biblioteca escolar por la que Roberto se dejaba ver casi a diario. Era un número finito de anaqueles, pero nuestro jovenzuelo se percató enseguida de que en su interior dormitaban una pluralidad de mundos, cada libro albergaba el suyo, formando así, planeta tras planeta, estrella tras estrella, polvo tras polvo, los contornos de uno o más universos. En esas estanterías se hallaban las revoluciones pasadas y las venideras, las triunfantes y las truncadas, los dioses que cayeron en el olvido, los que seguían con nosotros, los dramas del individuo, los de la familia, los del grupo, sus miedos y sus esperanzas, tus miedos y tus esperanzas, los nuestros, todo se hallaba allí, sí, esperando a ser desenterrado una y otra vez, como un tesoro único y sin mesura, y por ende sin término. El placer que le proporcionaba cada ejemplar era —como la iluminación de las repisas— insuficiente, incesante.
En aquella biblioteca, igual que en la municipal, al costado opuesto de la plaza, a menos de tres minutos a pie, se topaba a menudo con Abel Sandoval, otro estudiante del Liceo de Hombres aquejado de la misma enfermedad, esa que consumió a don Quijote de la Mancha entre libros de caballería, esa que hizo que Robinson Crusoe depositase sus esperanzas en las páginas de una Biblia atravesada de estrías, esa que convirtió las novelitas románticas en el eje vital de Emma Bovary, esa que padecen los lectores de todos los tiempos y todos los rincones, ensimismados frente a un pedazo de papel, ahítos de deseo, cayendo en un estado de conciencia plena que solo se nos ocurre definir como febril. En efecto, estos dos compañeros de escuela se tropezaban a menudo, aunque casi nunca caían en el hábito de las palabras, podemos decir que les bastaba con cruzar las justas, si bien Abel confesó en una ocasión que recordaba aún nítidamente cómo un día cualquiera nuestro protagonista le espetó que en cada escritor o poeta habita siempre una universidad desconocida. En esta frase se condensaban ya sus anhelos y sus pasiones, pero también la incomprensión, la tristeza y los miedos.
Sea como fuere, el caso es que aquí, en Los Ángeles, al sur de la largura chilena, la lectura se volvió por fin un vicio irreversible, acotando de una vez por todas el perímetro de sus porvenires: podrá ser cualquier cosa, pero ya jamás logrará dejar de leer, igual que una polilla puede descansar sobre una rama o sobre la tierra baldía, pero es incapaz de no arrimarse a la hoguera que acabará calcinándola.
Entre los textos de aquella época hay paisajes locales y lugares comunes, cada uno de ellos una piedra para la inmensa catedral que anda erigiendo en lo más íntimo de sus adentros. Descubre la perspicacia de Sherlock Holmes y la enigmática soledad del capitán Nemo, se enfrenta, de la mano de Alicia, a la Reina de Corazones y, muy pronto, en otro de esos procesos paulatinos, la sensibilidad y la vocación se tornan un báculo sobre el que va apoyando sus pasos. Las lecturas se vuelven cada vez más complejas. Más gozosamente complejas. La complejidad cotiza al alza. De una primera adolescencia con Conan Doyle y Julio Verne pasa de repente a leer a Enrique Lihn y a Oquendo de Amat, y a Ernesto Cardenal, y al trovador Giraut de Bornelh, y a Gabriel García Márquez, que ha publicado hace nada Cien años de soledad, con un éxito insospechado que no descabalgará de ese trono hasta nuestros días, y así, de página en página, de libro en libro, erige un cajón de sastre donde lo mismo cabe un roto que un descosido, hasta que efectúa de improviso dos descubrimientos fulminantes. Primero llega el resplandeciente baile libérrimo de la prosa de Julio Cortázar, que apenas tres años antes había pillado al mundo por sorpresa con la publicación de su Rayuela. Al igual que el personaje de Gregorovius, el joven Roberto había renunciado a la ilusión de entender, pero no a la belleza de plantearse las preguntas, en un diálogo fructífero e inabarcable, donde cada texto parecía articularse con todos los demás, en este orden o en aquel, continuamente, siempre en marcha, sumiéndolo en una vida tan maravillosa como inexistente, donde era posible ejercer una militancia silenciosa, pasiva solo en apariencia, pues anda presta a estallar en el momento oportuno. El segundo descubrimiento de aquellos años fue la poesía de Nicanor Parra, el antipoeta chileno par excellence, a quien tardará tres décadas en abrazar en persona, ya volveremos para contarlo.
No siempre lee en la biblioteca, claro. El hábito lo invade todo, las jornadas de colegio, las tardes en el sillón ocre del hogar, los ratitos en el baño o frente al desayuno, las noches recostado sobre la almohada, casi inmóvil entre el primer umbral de oscuridad y los primeros rayos arrebolados de la mañana, y por supuesto durante las calurosas tardes de verano, ajeno a la meteorología, por eso a veces es capaz de colocarse a pleno sol en la plaza de Armas, mientras que en otras ocasiones se sienta en los bancos de la calle Valdivia, a la sombra de tilos inmensos. Cultiva el espíritu y el cuerpo se refresca.
Podríamos proseguir, desde luego, pero el esfuerzo sería vano, tal vez incluso contraproducente. Lo mejor que se puede decir de este viaje sin retorno lo dijo ya, cómo no, nuestro propio protagonista, cuando afirmó que en Los Ángeles descubrió que «sin salir del umbral de mi casa podía conocer el mundo entero». Y eso fue precisamente lo que hizo: darse a la tarea de conocerlo.
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El niño pedante al que ahora observamos nos devuelve la mirada con una mezcla de curiosidad e insolencia. Ya advertimos que si algo le llama la atención, una sonrisa burlona, un maestría innata a la hora de entremezclar —tanto de forma oral como por escrito— realidad y ficción en dosis más o menos discernibles. A lo largo de este relato nos toparemos con varias tandas de versiones discordantes. Nuestro trabajo consiste en elegir la más plausible, cuando no la más poética.
Así, a bordo de un autobús o un todoterreno, escudriña desde el hueco de la ventanilla los paisajes de la provincia de Biobío, prestando atención al color de los distintos torrentes de agua, sorprendiéndose ante el tamaño de sus volcanes, a veces secos como los cipreses del desierto, otras cubiertos de nieve, mira las lagunas y las largas carreteras y los caseríos abandonados o semiderruidos, porque todo ello es material de escritura y aparecerá luego, transformado, en las páginas de Sepulcros de vaqueros, una de las obras póstumas de Bolaño.
Así, escucha con embeleso las historias de Benedykt Felzensztein Klein, un judío polaco que vive a un par de cuadras de los Bolaño, en el mismísimo Banco de Estado, y que le habla de su paso por los gulags soviéticos y de su posterior ingreso en la Brigada de Tiradores de los Cárpatos, unidad militar con la que combatiría heroicamente en varios frentes de la Segunda Guerra Mundial, primero en el norte de África, donde tuvo que enfrentarse al mismísimo mariscal Erwin Rommel, y después en el norte de Italia, donde participó en combates instrumentales que se proponían lograr la derrota de Mussolini. Nuestro protagonista presta atención al relato de aquel vecino, ojeando de soslayo su falange amputada, ese hueco a modo de frontera entre los cuatro dedos restantes, de un lado pulgar e índice, del otro anular y meñique, con la ausencia recordando cada día las esquirlas voladoras del asalto final a Montecassino. Roberto aún no lo sabe, pero las historias del viejo Felzensztein le servirán de trasunto para dar aliento a Juan Stein, un judío soviético que dirige un taller para poetas en las páginas de Estrella distante y que después del golpe de Pinochet reaparecerá como guerrillero en Angola, El Salvador y Nicaragua.
Roberto se emociona cuando en 1966, en el pueblo de Nacimiento, Carlos Ramírez Hoffman y su cómplice asesinan a sangre fría a las hermanas Venegas, profesoras de la escuela local, y usan la sangre de las víctimas para escribir en una pared del aula AQUÍ MUEREN LAS PROFES”
Así, absorbiéndolo todo cual esponja seca, Roberto se emociona como el que más cuando el 6 de diciembre de 1966, en el pueblo de Nacimiento, a tan solo treinta kilómetros de Los Ángeles, el joven Carlos Ramírez Hoffman y su cómplice, un ladronzuelo de poca monta, asesinan a sangre fría a las hermanas Venegas, profesoras de la escuela local, y usan la sangre de las víctimas para escribir en una pared del aula el epitafio con que irrumpirán en los hogares de toda la provincia de Biobío, tornándose objeto de teorías conspirativas y chismes recurrentes, poco menos que una obsesión local, AQUÍ MUEREN LAS PROFES. Según confesó el propio Ramírez Hoffman, adolescente tardío y exalumno del centro, el motivo que lo impulsó a cometer aquel crimen no fue otro que la venganza: una de las profesoras se había burlado de él delante de toda la clase tras confiscarle una carta de amor, y el asesino, quien por entonces tenía diecisiete años, decidió que la muerte sería una pena elocuentemente equilibrada por aquella ofensa. El suceso fue, como decimos, origen de infinidad de cotilleos y fabulaciones, de modo que no ha de sorprendernos la forma en que el Bolaño adulto acabó transfigurando los hechos, presentándolos como el crimen ficticio contra las hermanas Garmendia, esas dos poetisas inexistentes que murieron en Nacimiento a manos de Carlos Wieder, precisamente el protagonista filonazi de Estrella distante.
Ríos, volcanes, vecinos, criminales, emociones, injusticias, el beso tierno de Rossemarie Saldivia, sus mudanzas pasadas y venideras, las burlas acerca del «burócrata Moncada», la despedida de su amigo Fernando Fernández Merino una madrugada de comienzos de 19S8, cuando este último se subió a un buscarril camino de Concepción en compañía de su familia y Roberto y su hermana María Salomé lo acompañaron hasta la estación para despedirlo, correteando por el andén y diciendo adiós con nostalgia a la figura que se empequeñece tras la ventanilla, la propia estación de tren, el vaho nocturno que empaña los cristales, el rencor, la nostalgia, la duración variable de las noches, todo es materia para la esponja, todo acabará impregnando esa obra que anda ya gestándose en su interior, donde dormita aquello que no vemos, lo que nos ofusca, lo que nos fascina, lo que nos conforma.
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Mientras Roberto acapara lecturas y recopila recuerdos, la vida conyugal de doña Victoria y don León agoniza en las trincheras de la cotidianidad, llevando a nuestro protagonista a concluir, recuerden que se trata de un joven «adelantado», de una madurez tan precoz como inopinada, que nunca deberían haber contraído matrimonio, y mucho menos atreverse a traer dos pobres criaturitas al mundo, condenándolos a morir. Eso es al menos lo que declarará décadas después, en sus momentos más lúcidos, o más oscuros, o más jocosos.
Doña Victoria y don León se separan y se vuelven a juntar con frecuencia, en un ciclo que parece infinito, como burbujas de plasma caliente sobre la superficie del sol. Las discusiones resultan ser igual de comunes, hasta el punto de que Roberto, polemista excelso, llegó a atribuir su gusto por la controversia al hecho de que en su casa nunca hubo unanimidad.
Ni que decir tiene que este ambiente lleno de contrariedades acaba creando un cierto resentimiento en el joven artista. Ya hemos advertido que se encargó de confesarlo él mismo, pero podría no haberlo hecho. Las imágenes hablan por sí solas. En las fotografías de aquella época se le ve a menudo sonriendo junto a su madre y su hermana, mientras que la mera presencia del padre parece endurecerle el rostro, ahuyentando incluso ese vicio de fingir alegría frente a las cámaras para que la memoria del corazón fabrique luego recuerdos a la par falsos y placenteros. Ahora bien, esto último, como todo o casi todo en la vida de cualquiera, amerita recurrir a matices y precisiones, porque si bien es cierto que nuestro protagonista habló muchas veces de la insensibilidad del padre, tampoco se privó de expresar la admiración que sentía por él, hasta el punto de llegar a incluirlo en su particularísima lista de personajes de la historia universal a quienes le habría gustado parecerse, en compañía, nada más y nada menos, que del ilusionista Harry Houdini y del príncipe Myshkin, protagonista de una de las mejores novelas de Dostoyevski. De modo que una línea estrechísima separaba la subversión y la idolatría, precisamente los ingredientes perfectos para que un escritor mate un día, siquiera de forma metafórica, siquiera sobre la página en blanco, al hombre que contribuyó a traerlo al mundo. Pero no nos adelantemos. Por ahora no es más que quien hemos dicho que era, un joven camino a la perdición que pasa la mayor parte de las horas entre libros y libretas, leyendo las páginas de los otros, abonando el terreno para las propias.
Un día, al caer la tarde, con el camión de don León aparcado frente a la casa de madera, doña Victoria trajo a colación la beca con la que pensaba marcharse a México durante una temporada. Sabemos poco de aquella primera estadía, salvo que la distancia o la soledad debieron de tergiversar los recuerdos de ambos, pues al poco de regresar a Los Ángeles, examinando opciones, anticipando escollos, sopesando una retahíla de pros y de contras, en definitiva, soñando juntos una vez más, el matrimonio decidió mudarse al Distrito Federal, donde doña Victoria esperaba obtener un trabajo como profesora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Era una nueva oportunidad, tal vez una vana huida, pero los Bolaño hicieron las maletas por enésima vez y se marcharon en pos de otra tanda de aventuras, esta vez en el extranjero. Roberto, con el sabor del último beso tierno de Rossemarie Saldivia aún en la comisura de los labios, empacó su ropa a regañadientes, repitiéndose en silencio una única cantinela que el tiempo se encargaría de tornar profética, Voy a ser escritor, Voy a ser escritor, Voy a ser escritor.
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