Cuando la Barcelona Gipsy Balkan Orchestra nació en el 2012, en Barcelona todavía reinaban las jam sessions improvisadas en los bares del Raval, los músicos callejeros y una escena de locales pequeños que hoy apenas queda. Son hijos de aquellas calles y garitos de la ciudad, muchos de ellos ya desaparecidos como el Arco de la Virgen. Desde entonces, se han consolidado como uno de los referentes de la escena musical balcánica, con un estilo único de aventurarse por las fronteras de las tradiciones musicales. Sus catorce años de actividad han sido marcados por siete álbumes y un recorrido por más de 40 países. Este sábado, 25 de julio, vuelven a los orígenes con un concierto en el Palau de la Música Catalana en el marco del Mas i Mas Festival, al cual invitarán al escenario grandes nombres de la música balcánica y catalana.
La banda revive su disco de 2015 este sábado en el Palau de la Música, con Robert Lakatos y Magalí Sare como invitados especiales
Cuando la Barcelona Gipsy Balkan Orchestra nació en el 2012, en Barcelona todavía reinaban las jam sessions improvisadas en los bares del Raval, los músicos callejeros y una escena de locales pequeños que hoy apenas queda. Son hijos de aquellas calles y garitos de la ciudad, muchos de ellos ya desaparecidos como el Arco de la Virgen. Desde entonces, se han consolidado como uno de los referentes de la escena musical balcánica, con un estilo único de aventurarse por las fronteras de las tradiciones musicales. Sus catorce años de actividad han sido marcados por siete álbumes y un recorrido por más de 40 países. Este sábado, 25 de julio, vuelven a los orígenes con un concierto en el Palau de la Música Catalana en el marco del Mas i Mas Festival, al cual invitarán al escenario grandes nombres de la música balcánica y catalana.
Balkan Reunion fue vuestro segundo disco, de 2015. Ahora lo revivís en el Palau de la Música.
El proyecto nace de la necesidad de compartir en directo nuestras ideas y las de otros artistas. Lo estrenamos en 2015 en la Sala Apolo, a rebosar, y grabamos un disco con ese nombre. Diez años después lo repetimos en Belgrado, una de las ciudades donde más público tenemos junto a Estambul y Atenas. Ahora lo traemos a Barcelona, con Robert Lakatos y Ľubomír Gašpar, que ya estuvieron en Belgrado, y sumamos a Magalí Sare, la gran voz catalana del momento.
¿Qué aportan los invitados del sábado?
Robert Lakatos es el gran nombre del violín balcánico de los últimos veinticinco años; compartir escenario con él nos daba escalofríos solo de pensarlo. Le acompaña Ľubomír Gašpar, virtuoso del cimbalom, instrumento base de la música de Europa del Este. Traerlo desde Eslovaquia fue una odisea, pesa setenta kilos y ahora es uno de los tres que hay en España. A Magalí Sare la llamamos por su afinidad hacia lo nuevo sin venir del mundo balcánico. Completa el cartel Sasha Agranov al chelo.
Tocar en Belgrado y en Barcelona son experiencias distintas.
Completamente. Cambia la sensibilidad del concierto. Aquí adaptaremos una canción catalana al balcánico y viceversa. Es un repertorio pensado solo para esa noche, no se repetirá en Belgrado ni en Budapest.
¿Qué no ha cambiado en estos catorce años de trayectoria?
Las ganas de investigar y de tocar. Por muy difícil que sea, por mucho que llueva, siempre nos queda el refugio de salir a un escenario y ver que la gente sigue reaccionando con el mismo entusiasmo que el primer día. Nos hacemos mayores, nos cansamos más, pero eso no ha cambiado.
En vuestro último álbum empezasteis con temas propios.
Es arriesgado, porque nuestros discos tienen mínimo cinco idiomas distintos y ninguno de nosotros los habla todos. Hemos tenido suerte de encontrar gente cercana que nos ayuda con las letras: una violinista de Belgrado, mi hermana, que es periodista, y un amigo para el rumano. Una de las primeras canciones con letra nuestra, en serbio, ya se canta en los Balcanes y casi nadie sabe que es nuestra. De ahí salió el título de un disco, Del Ebro al Danubio, la idea de unir a la gente entre dos ríos que nunca se van a encontrar.
Nuestros discos tienen mínimo cinco idiomas distintos y ninguno de nosotros los habla todos”
¿Os preocupa el equilibrio entre mantener la tradición viva y la autonomía creativa?
La verdad es que no, porque entramos en la música tradicional sin miedo, sin escrúpulos, sin saber apenas nada. Es como leer un libro y explicarlo con tu propio vocabulario: no copias las palabras, cuentas la historia a tu manera. Nunca hemos dicho que seamos un grupo tradicional. Hacemos nuestra interpretación de algo contado hace siglos, y si a alguien le gusta, perfecto.
¿Siente que eso tiene una dimensión política?
No, evitamos cualquier relación con la política, aunque nos han querido meter en ella varias veces. Nosotros intentamos reconstruir los puentes que la política y la religión han derribado; no nos interesan banderas ni fronteras. Yo crecí en un país en guerra donde a nadie le dejaban tocar música por cosas que no había hecho, así que sé lo que es eso. Tenemos nuestra opinión, cada uno la suya, pero no le vemos ningún mérito a airearla: es como un futbolista hablando de política. A nosotros que nos dejen tocar.

La diversidad del grupo, ¿nace de una intención o es algo natural?
Viene de la ciudad que llevamos en el nombre. A principios de siglo, cuando la mayoría llegamos, Barcelona era un imán para quien buscaba cultura y belleza, no trabajo de fábrica. Empezamos siendo seis músicos de seis países, pero para nosotros era lo normal, nunca lo vimos como algo raro. Nos encontramos en los clubs de la ciudad, no salimos a buscar esa mezcla por el mundo. Barcelona es lo que es, una ciudad cosmopolita, aunque últimamente la cosa ha cambiado.
Habla de cambios en Barcelona, ¿a qué se refiere?
Barcelona al principio del siglo respiraba otra cosa. Yo tocaba en la calle y aquello era impresionante, se respiraba arte por todas partes. Recuerdo a un mimo inglés que paraba la Rambla solo con su cuerpo. No hacía nada, pero era arte puro. Luego llegaron licencias, permisos y recortes, y nos empezaron a tratar como criminales por tocar. La ciudad se volvió muy turística, y no de mejor nivel. La Rambla da pena, borrachera y ningún control, y en cambio persiguen a los músicos. Han cerrado clubs que había que salvar como fuera, y las multinacionales compran medio centro para convertirlo en centro comercial.
¿La música tradicional ha perdido espacio en la ciudad?
Es un organismo que va cambiando muy rápido. No vivimos de dar clases ni tenemos red de seguridad, así que nos buscamos la vida. Seguimos tocando en bares pequeños con la misma ilusión que en salas grandes, de hecho me cansa más un escenario grande. Somos músicos, no un producto.
¿Qué se puede esperar del sábado en el Palau?
Una noche irrepetible. Semanas de ensayos escuchando música para dar con canciones que nunca hemos tocado, pensadas para la voz de Magalí. Eso es lo que queremos: que pase algo que solo ocurra esa noche.
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