Estados Unidos, entre las amenazas antisemitas y la batalla por la palabra genocidio

La comunidad judía de Miami vive protegida por voluntarios para prevenir ataques Leer La comunidad judía de Miami vive protegida por voluntarios para prevenir ataques Leer  

Una de las tesis que sostiene Raul Hilberg en su monumental La destrucción de los judíos europeos es que la cooperación forzada y pasiva de los Judenräte facilitó el exterminio. Hannah Arendt recogió esta idea en Eichmann en Jerusalén -sin apenas reconocer su deuda con el politólogo- y convirtió la sumisión y la organización de los consejos judíos en uno de los capítulos más polémicos de un ensayo cuyo cliché más conocido es la «banalidad del mal». Es imposible separar el Holocausto de la fundación del Estado de Israel en 1948, lo que para algunos dificulta deslindar las críticas a las políticas de Israel del antisemitismo.

Y tampoco se puede desligar la beligerancia israelí en defensa y política exterior de esa pasividad de la que habló Hilberg. La alerta ante un posible ataque es constante. Se nota en los dispositivos de seguridad que rodean las sinagogas, en los protocolos de las universidades en las que hay estudiantes judíos, en los observatorios que vigilan la actividad en las redes sociales. Según la Liga Antidifamación, en Estados Unidos se han producido casi 25.000 incidentes antisemitas en los últimos tres años. Como tales se cuentan desde una esvástica pintada en la carpeta de un estudiante judío hasta insultos y tiroteos. El 21 de mayo de 2025, un hombre de 30 años mató a dos empleados de la embajada de Israel a las puertas del Museo Judío de Washington. Cuando le detuvieron llevaba una kufiya roja, gritaba «Palestina libre» y dijo que lo había hecho por Gaza. Sólo en 2024, las sinagogas e instituciones judías estadounidenses recibieron 627 amenazas de bomba.

En septiembre de 2025, The New York Times publicó un sondeo que, por primera vez desde que se empezó a preguntar en 1998, reflejaba que había más estadounidenses del lado palestino que del israelí. Según el mismo sondeo, el 40% creía que Israel mata a civiles de forma intencionada y el 51% desaprobaba que Estados Unidos diera más ayuda económica y militar al Estado judío. Las mismas tendencias se han ido confirmando en otros sondeos a lo largo de 2026. Y entre los más jóvenes la balanza se inclina aún más hacia los palestinos: sólo el 23% simpatiza más con los israelíes, un mínimo histórico, según el sondeo de febrero de Gallup.

Otra encuesta del Pew Research Center, de marzo, indica que el 60% de los estadounidenses tiene una opinión desfavorable de Israel, un rechazo que aumenta hasta el 80% entre los votantes demócratas. Esta tendencia se ha visto reflejada en la victoria del musulmán Abdul El-Sayed en las primarias demócratas al Senado en Michigan y en la de Zohran Mamdani en la Alcaldía de Nueva York. Los dos denominan «genocidio» a las represalias de Netanyahu en Gaza tras el atentado del 7-O y cuestionan abiertamente la tradicional política proisraelí.

El antisemitismo es una de las principales preocupaciones del Gobierno de Trump. En diciembre de 2019, durante su primer mandato, incorporó a los organismos del Gobierno la definición de antisemitismo de la IHRA, la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto: «Una cierta percepción de los judíos que puede expresarse como el odio a los judíos. Las manifestaciones físicas y retóricas del antisemitismo se dirigen a las personas judías o no judías y/o a sus bienes, a las instituciones comunitarias y a los lugares de culto». En sus cuatro años, Biden no varió el texto. El 29 de enero de 2025, pocos días después de la toma de posesión de su segundo mandato, Trump reforzó la definición para que fuera la que se utilizara para combatir el antisemitismo con todas las herramientas legales que tiene a su disposición el Estado, lo que permite actuar en las universidades y considerar el antisemitismo causa de inadmisibilidad migratoria para rechazar a estudiantes extranjeros.

A los pocos meses, Trump eligió a Yehuda Kaploun como enviado especial del Departamento de Estado para vigilar y combatir el antisemitismo. En la víspera del aniversario de la matanza del 7 de octubre, en la que murieron unos 1.200 israelíes y que fue el detonante de la brutal ofensiva en Gaza, resumía así sus labores: «Se han revocado 250.000 visados y en la actualidad trabajamos con muchos aliados para incorporar la definición de antisemitismo y poder luchar así contra los crímenes de odio». No todos esos visados se revocaron por antisemitismo. El problema de usar la definición como arma legal es la difícil línea que separa la libertad de expresión del delito y, sobre todo, decidir si las críticas al Estado de Israel pueden ser consideradas antisemitismo.

En el área de Miami reside la tercera comunidad judía más importante de Estados Unidos, tras las de Nueva York y Los Ángeles. El pasado 7 de octubre, Maya Izoutcheev y Yarin Hadida, dos jóvenes que escaparon de los asesinos que irrumpieron en el festival Nova, se reunieron con los supervivientes del Holocausto Saul Blau y Allan Hall. Es emocionante verlos fundirse en un abrazo al final del acto. Uno de los supervivientes de la Shoah zanjó la polémica: «¿Un genocidio los ataques de Israel en Gaza? Lo que es un genocidio es lo que ha hecho Hamas construyendo miles de kilómetros de túneles y gastando millones en terrorismo en lugar de preservar la seguridad de su propia gente».

Con estas dos palabras -antisemitismo y genocidio- se libra el debate más polémico, el que puede decidir el resultado de las elecciones de medio mandato, en las que Trump se juega su mayoría en la Cámara de Representantes y en el Senado. Un sector de MAGA, el movimiento que le aupó a la victoria, también cuestiona el apoyo a Israel, un asunto que hasta este año no dividía a los republicanos. Esa postura ha encontrado eco en rostros mediáticos como Tucker Carlson, que en una entrevista con el ex ministro británico Jacob Rees-Mogg vino a decir que Hitler tenía motivos para invadir Polonia en 1939 y que enfrentarse a Alemania desguazó al Reino Unido. Antes, en su podcast, el historiador aficionado Darryl Cooper había calificado a Churchill de principal villano de la Segunda Guerra Mundial. En abril y mayo de este año, en plena ofensiva contra Irán, Carlson ya había llamado a Trump «esclavo» de Israel y «rehén» del primer ministro israelí.

Las sinagogas cuentan con cerca de 41.000 voluntarios que reciben un entrenamiento específico para prevenir ataques. Se denominan bitajón. La prevención tiene cierto sentido si se tienen en cuenta las afirmaciones de Hilberg sobre la cooperación forzada de los consejos judíos en el Holocausto. Sólo en Miami se gastan alrededor de mil millones de dólares al año en prevención de actos antisemitas.

La sheriff Rosie Cordero-Stutz cuenta entre sus colaboradores con un rabino apellidado Rosenberg para detectar este tipo de incidentes antes de que se produzcan. De nuevo, la línea entre la libertad de expresión y el delito se confunde. Las calles de Miami cuentan con miles de cámaras de seguridad, drones y lectores de matrículas que controlan que no se produzca ningún incidente. También la Universidad Internacional de Florida cuenta con una unidad especial de seguridad que vigila que los alumnos judíos no sufran discriminación alguna. En realidad, en Miami, quizá por estos dispositivos, hay pocos incidentes que puedan calificarse de antisemitas. Es aquí donde la comunidad judía es más floreciente, y no es casualidad que Ivanka Trump y su marido, Jared Kushner, hayan elegido esta ciudad para vivir. Acaban de ser admitidos en el exclusivo club de Indian Creek, cuya cuota de entrada ronda el millón de dólares. En 2020 habían comprado a Julio Iglesias una parcela en la isla por unos 30 millones. Kushner se ha convertido en el principal emisario internacional de Trump para conseguir que los países árabes se sumen a los Acuerdos de Abraham y reconozcan el Estado de Israel.

El rabino Rosenberg compara el actual rebrote de antisemitismo con el ice bucket challenge, aquel reto que se hizo viral porque los usuarios se echaban un cubo de agua helada por encima. «Es una moda». Y tiene razón. Basta con alejarse de la comunidad judía de Miami y adentrarse en el mundo de la alt right para comprobar que los mismos que cuestionan las vacunas obligatorias (recuerden que Estados Unidos ha registrado en los últimos años las peores cifras de sarampión en tres décadas) no tienen reparo en recurrir a los argumentos negacionistas sobre el Holocausto. Más o menos vienen a decir que a Hitler se le fue la mano. Y de ahí pasan a la supuesta sumisión de Estados Unidos a los intereses del Estado de Israel. De nuevo, la pregunta: ¿y eso es antisemitismo? Para el responsable del memorial del Holocausto de Miami, la ciudad es, después de Israel, el mejor sitio del mundo para ser judío.

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