Puede que pedalear de noche, por pistas de tierra y piedra suelta, lejos de grandes núcleos de población, lejos de casi todo, sea una completa locura. El potente haz de luz que parte de un foco amarrado al manillar constituye una burbuja de seguridad en mitad de la densa oscuridad, pero uno no puede evitar rodar con cierta aprensión, con una concentración máxima para anticiparse a las trampas del camino. Varios pares de ojos cruzan la pista, a diferentes alturas, dando pie a imaginar el tamaño del espectro. En lo alto de una loma interminable, un espectáculo inesperado barre el horizonte: luces rojas colgadas del vacío a diferentes alturas parpadean, destrozando una oscuridad solemne. Cuesta un poco entender que solo delatan la presencia de molinos eólicos, casi bellos ahora que no es posible verlos.
Un viaje plagado de contrastes y diversidad con salida y llegada en la localidad tarraconense de l’Ampolla para descubrir un territorio único para pedalear
Puede que pedalear de noche, por pistas de tierra y piedra suelta, lejos de grandes núcleos de población, lejos de casi todo, sea una completa locura. El potente haz de luz que parte de un foco amarrado al manillar constituye una burbuja de seguridad en mitad de la densa oscuridad, pero uno no puede evitar rodar con cierta aprensión, con una concentración máxima para anticiparse a las trampas del camino. Varios pares de ojos cruzan la pista, a diferentes alturas, dando pie a imaginar el tamaño del espectro. En lo alto de una loma interminable, un espectáculo inesperado barre el horizonte: luces rojas colgadas del vacío a diferentes alturas parpadean, destrozando una oscuridad solemne. Cuesta un poco entender que solo delatan la presencia de molinos eólicos, casi bellos ahora que no es posible verlos.
El viaje ha arrancado en el delta del Ebro, concretamente en la localidad de l’Ampolla (Tarragona), y tras un generoso bucle concluye en el mismo lugar. Es un trazado que sigue la lógica vertebradora del Ebro y de alguno de sus afluentes, que apenas discurre por carreteras asfaltadas (pero cuando lo hace, son estrechas, misteriosas, solitarias) y que se pierde en una generosa red de pistas que sirven a los agricultores, que divierten a las familias en las vías verdes o a los senderistas en caminos ancestrales.
Se trata de la prueba de ultraciclismo conocida como La Garba, que ofrece diferentes recorridos y distancias, la más larga de ellas denominada Lo Voltor (El Buitre) con 500 kilómetros y una variedad de paisajes insospechada y muy difícil de encontrar. La cita deportiva suele darse a finales de marzo, escasos días antes de que se inunden los arrozales del delta del Ebro, y regala a sus participantes un viaje espectacular a través de dos parques naturales (el del Delta de l’Ebre y el Dels Ports) y una infinidad de rincones sorprendentes. Todos los trazados de La Garba están disponibles en internet, pero la experiencia de pedalear el día del evento es única. Ramón Navarro se dedica a la organización de eventos deportivos ciclistas como la citada La Garba, The Capitals y Madrid-Barcelona, bajo la marca Pedalma. Él y su socio, Óscar Rodríguez, buscan ante todo ofrecer una aventura y una convivencia antes que una competición más. “Cada uno sobrevive con su plan y sus posibilidades”, explica Navarro. “El evento propone un trato humano, poco masificado, juntar a personas que comparten la pasión de viajar pedaleando”.

Puedes coger el track y hacerlo solo, pero es bonito hacerlo acompañado de personas que son desconocidas, pero con las que acabas creando incluso amistades. “Eso solo lo puedes hacer el día del evento”, expone Navarro. Las reglas de este tipo de pruebas de ultraciclismo son sencillas: la organización propone un recorrido y ofrece un número de horas para realizarlo. A partir de ahí, cada participante decide cómo abordar el reto. Una mínima parte de la concurrencia solo piensa en ganar (pese a que no hay premios de ninguna clase) o en fijar el menor tiempo posible en meta. Este año, el fenómeno Ulrich Bartholmoes bajó de las 24 horas para zamparse los 500 kilómetros y 9.000 metros de desnivel positivo de Lo Voltor. Estos no duermen, o si lo hacen, tiran de microsiestas de tres o cuatro minutos.
El resto se adapta o arranca con un plan cerrado: saben dónde van a dormir, cuántas horas y cuántos kilómetros diarios han de recorrer para llegar dentro del tiempo. Los hay que lo viven como unas vacaciones y apuran el reto al máximo para vivirlo con la mayor holgura posible. Todo vale. Casi todos empiezan solos, pero acaban unidos en grupúsculos que derivan en amistades de por vida. Por mucho que uno escoja la soledad, el saberse parte de algo resulta reconfortante. Incluso los habitantes de las diminutas y perdidas localidades por las que transita la prueba se involucran, animan, colaboran. Nada hay más inofensivo que una persona viajando en bicicleta. La organización de Lo Voltor propone, con excelente criterio, una estrategia que pasa por salir el primer día de l’Ampolla y dormir en Horta de Sans Joan tras recorrer 179 kilómetros y 4.500 metros de ascenso; dormir la segunda noche en El Boixar (202 kilómetros y 2.500 positivos) para alcanzar la meta tras cubrir los últimos 124 kilómetros y 1.670 de desnivel positivo.

“La filosofía del evento es invitar a los ciclistas a descubrir un territorio, a compartir una experiencia con el pequeño aliciente de que es una carrera. Estamos felices de que vengan ciclistas como Ulrich, pero lo que buscamos son participantes que deseen disfrutar de una aventura y del paisaje, porque de otra forma carece de sentido: no se trata de acumular kilómetros a lo tonto”, resume Navarro. Y añade: “No hace falta dormir más de tres o cuatro horas diarias, pero hacerlo marca la diferencia entre disfrutar o sufrir de forma exagerada. Y no queremos sufrimiento, sino gozo sobre la bici. Hay gente que llega a meta y no sabe ni por dónde ha pasado… Y solo están orgullosos de no haber dormido”, constata. “En este tipo de citas, el material, la estrategia y la logística suponen el 50% del éxito, la cabeza el 30% y el 20% es físico”, considera.

Las Terres de l’Ebre combinan la importancia de una de las zonas húmedas más importantes del Mediterráneo (con sus llamativos arrozales, sus lagunas y su biodiversidad únicas, escenario escogido para un ciclismo recreativo) con paisajes de alta montaña como el que albergan Els Ports y sus famosos Puertos de Beceite, técnicos, exigentes, perdidos en un enclave único para la práctica del gravel. Resulta sorprendente comprobar cómo, una vez que dejamos el Delta a nuestras espaldas, los caminos se vuelven sinuosos y poco a poco se gana altura, primero de forma cómoda hasta que chocamos con el Puerto de Cardó, 12 kilómetros de asfalto con final en grava: es una bofetada para el entusiasmo del más templado. Enlazando una curva tras otra, aparece una visión inesperada: los restos de un balneario abandonado, en ruinas, que podría haberse reconvertido en exilio para ricos, pero que, afortunadamente, continúa aislado y vigilado por una decena de diminutas ermitas colgadas sobre torres de caliza. Esto da paso a una sección terrible, dura y áspera como es el Montsagre. Al final de este pequeño suplicio apunta Horta de Sant Joan, en cuya cercanía conviene dormir. Antes, un delicioso paseo por la vía verde de la Val de Zafán permite reconciliarse con casi todo, rodar en un oasis llano, fácil, bello. Pese a todo, llegada la oscuridad, unos cuantos pedalearán sin descanso hasta más allá del amanecer. Escojo dormir tres horas en un albergue y salir, después, a probar la oscuridad.

El siguiente hito es el Matarraña, en Teruel, una comarca y un río homónimo junto al que pedalear. Desde la localidad de Nonaspe hasta la capital de la comarca, Valderrobres (un puente precioso da acceso a su conjunto histórico), el rodar se convierte en una delicia, todo parece fluir y, por una vez, los kilómetros se suceden sin sufrimiento. Pero llega Els Ports (Castellón), y de nuevo la vida es un sube y baja, una montaña rusa de repechos, emociones, cansancio y curiosidad. La última ascensión del viaje conduce por asfalto hasta el Mont Caro. A simple vista, parece una broma sádica del organizador porque una vez arriba no hay otra opción que regresar sobre nuestros pasos. Pero las vistas lo justifican todo: abajo, lejos y cerca, se ve el delta del Ebro en todo su esplendor, y a nuestras espaldas, buena parte del salvaje recorrido de alta montaña por el que nos hemos arrastrado horas atrás. Es aquí cuando se entiende que el viaje toca a su fin. Y desearías que no fuese así.
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