Hamad bin Jalifa Al Thani, fallecido este domingo a los 74 años, transformó la faz del país árabe e inició una política exterior audaz pero que despertaría los recelos de casi todos los vecinos árabes Leer Hamad bin Jalifa Al Thani, fallecido este domingo a los 74 años, transformó la faz del país árabe e inició una política exterior audaz pero que despertaría los recelos de casi todos los vecinos árabes Leer
Cuando Hamad bin Jalifa Al Thani asumió el poder en 1995, tras un incruento golpe palaciego contra su propio padre, el emir Jalifa, en Qatar ya manaba el petróleo pero las arcas del Estado se encontraban medio vacías y el país apenas había ocupado nunca espacio alguno en los medios internacionales. Cuando, 18 años después, de forma sorprendente, abdicó la corona en su hijo Tamim -el actual soberano-, Qatar disfrutaba del PIB más alto de todo Oriente Próximo, el fondo soberano estatal creado por él participaba o controlaba en emporios empresariales de medio mundo, incluida buena parte de Europa, y el Emirato no sólo se había convertido en uno de los aliados claves de Estados Unidos en la región más convulsa del planeta, sino que su influencia diplomática y capacidad mediadora le permitían tutear a los gigantes de la zona, en especial Arabia Saudí, que recelaba ya en aquella fecha, 2013, del protagonismo alcanzado en tan poco tiempo por Doha.
El papel político del ex emir Hamad, fallecido el domingo a los 74 años de edad, fue desde luego extraordinario. Estamos sin duda ante uno de los dirigentes árabes más prominentes de su generación, que transformó la faz de Qatar radicalmente. En el momento en el que tomó las riendas de la nación, ésta casi seguía siendo el pequeño terruño de viejos pescadores de perlas y tribus beduinas que lo habían habitado durante siglos.
Pero la voracidad constructora de Hamad -en plena carrera modernizadora en toda la zona, con impacto similar al de los Emiratos Árabes Unidos- y los extraordinarios beneficios de la Autoridad de Inversiones de Qatar (QIA), el fondo soberano estatal de inversión establecido en 2005 para gestionar los superávits generados por el petróleo y el gas natural, derivaron en un nuevo paisaje arquitectónico de imponentes estructuras de acero y cristal y formas geométricas imposibles que simbolizaban y simbolizan la pujanza de este país del Golfo, de 11.600 km², uno de los más pequeños, que se extiende a lo largo de 180 kilómetros en una península que parece querer separarse de Arabia Saudí y sumergirse en las aguas del Golfo Pérsico que bañan sus fronteras. Eso sí, la avidez urbanística fue de la mano de una contratación masiva y enormemente polémica de trabajadores extranjeros -muchos paquistaníes o palestinos-, que hoy conforman el grueso de la población total, de en torno a 2,5 millones de habitantes. Las denuncias por el régimen de semiesclavitud en el que operan estos empleados son una de las caras más lacerantes de esta Monarquía absoluta, en la que ni se respetan los derechos humanos ni nada parecido a las libertades individuales.
Hamad fue el primogénito de los cinco hijos varones -además de 12 hembras- que tuvo Jalifa, quien fue el sexto jeque de la dinastía y el segundo emir del Qatar moderno, tras la liberación del yugo otomano en 1913. Los Al Thani se habían instalado en el poder del territorio a finales del siglo XIX, cuando Gran Bretaña firmó un acuerdo con el caudillo de la dinastía -con miles de miembros, como el grueso de las familias reales árabes-. Londres necesitaba que Qatar gozara de una autoridad política estable para hacer frente a la piratería imperante y garantizar los transportes marítimos de la Compañía de las Indias Orientales, y los Al Thani lo aprovecharon bien para deshacerse del vasallaje que el lugar, habitado apenas por pescadores de perlas, prestaba a los Jalifa que gobernaban -igual que hoy- Bahrein. No pudieron evitar los cataríes caer después bajo la órbita del sultán otomano, ni tampoco de convertirse más tarde en un protectorado de Londres, hasta la definitiva independencia de Qatar, ya en 1971. Doha rechazó la posibilidad de integrarse en la federación de los Emiratos Árabes Unidos.
El padre de Hamad, el emir Jalifa, fue coronado tras deponer del trono a su primo Ahmad, en 1972. Ya hemos adelantado que después sería él quien se vería derrocado por su hijo, nuestro protagonista. Hamad fue proclamado enseguida príncipe heredero. Y fue asumiendo progresivamente casi todos los puestos de máxima responsabilidad en el Gobierno de Doha.
Sobre el golpe palaciego contra su progenitor, en 1995, mientras éste se encontraba en Suiza, hay distintas tesis. Por un lado, Hamad, quien ya se había convertido en el verdadero hombre fuerte de la nación y en su gobernante de facto, tenía ansias por emprender reformas económicas, institucionales y de carácter políticodiplomático que su padre frenaba desde el trono. Por otro, siempre se especuló con que Hamad se dedició al golpe incruento para frenar la posibilidad de que su progenitor maniobrara con uno de sus hermanastros, el príncipe Abdulaziz, quien se había autoexiliado en París por discrepancias con las decisiones políticas que tomaba el poderoso Hamad. El entonces Heredero quizá sintió temor a que su padre le sustituyera en el orden dinástico, ya que en Qatar no regía la regla de primogenitura masculina estricta, sino que el soberano de turno podía nombrar a su antojo a su sucesor. El destronado Jalifa no asumió inicialmente lo ocurrido, e incluso estuvo detrás de un posterior y fallido contragolpe contra su hijo, en el que participaron peones de varios países vecinos. Pero a finales de 1996 se produjo la reconciliación familiar, Jalifa abdicó de sus derechos y reconoció a su hijo como gobernante, quien fue coronado como emir en el año 2000.
Más allá de la relevancia que aportan a Doha sus pingües beneficios por la exportación de hidrocarburos -si el petróleo es importante, más lo es aún el gas, con el 10% de las reservas probadas de todo el globo-, el emir Hamad emprendió una política diplomática que le convirtió en un actor principal en la zona. Decisiones como la de estrechar las relaciones con el régimen de los ayatolás iraní y la de acercarse a Israel -el primer ministro Simon Peres hizo una histórica visita a Doha en 1996- fueron muy mal recibidas en Riad, que no aceptó de buen grado que su diminuto vecino empezara a ir por libre en materia exterior.
Aunque si hay un hito por el que se recuerda el reinado de Hamad, por la extraordinaria repercusión que ello ha tenido hasta día de hoy, fue la fundación de la cadena Al Jazeera, en 1996, con financiación fundamentalmente catarí y a instancias del propio monarca. El que enseguida se convirtió en la principal fuente de noticias del mundo árabe, bajo su fachada de independencia, con presencia en todos los conflictos y con coberturas nunca antes vistas de episodios como la Segunda Intifada Palestina, los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos o las posteriores guerras de Afganistán e Irak, no tardó en ser percibida por la mayoría de los regímenes del mundo árabe como una incómoda herramienta en contra de sus intereses. Arabia Saudí, Egipto, Emiratos Árabes Unidos o Bahréin no tardaron en exigir su cierre. Y el canal se convirtió, de hecho, en uno de los principales escollos por los que las naciones suníes comandadas por Riad acabarían rompiendo durante años sus relaciones con Qatar, ya bajo el reinado del actual emir, Tamim.
Tras los atentados del 11-S, el emir Hamad se convirtió en uno de los más activos apoyos de EEUU en su operación Libertad Duradera, poniendo a disposición del Mando militar unificado de las Fuerzas Militares estadounidenses la Base Aérea de Al Udeid, a 35 kilómetros de Doha, donde se desplegarían hasta 11.000 efectivos de forma permanente. Qatar, sin embargo, mostró su rechazo -aunque se limitó a la discrepancia pública- a la invasión de Irak que acabó con el régimen de Sadam Husein. Y desde Washington se señaló con dureza lo que muchos consideraban un doble juego en el Emirato en aquellos tiempos bélicos, ya que, si por un lado Doha era el gran aliado en el Golfo, por otro desde Al Al Jazeera se daba cobertura a lo que los halcones norteamericanos describían como «terrorismo».
El emir Hamad nunca atendió demandas prodemocráticas, pero sí modernizó las estructuras institucionales de Qatar, dotando al país de su primera Constitución y estableciendo un Parlamento unicameral, aunque sus funciones son básicamente consultivas, ya que el monarca es quien nombra a los integrantes del Gobierno, que sólo responden ante él. Su abdicación en otoño de 2013 sorprendió a propios y extraños. Aunque quién sabe hasta qué punto influyó en su decisión el modo nada ortodoxo como él se había sentado en el trono.
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