El eje antioccidental de Xi, Putin y Kim se juega en un pequeño río de Asia

El río Tumen separa a las tres potencias nucleares y desemboca en un mar que China puede ver pero no tocar, mientras la alianza entre Moscú y Pyongyang altera el equilibrio de poder de Pekín Leer El río Tumen separa a las tres potencias nucleares y desemboca en un mar que China puede ver pero no tocar, mientras la alianza entre Moscú y Pyongyang altera el equilibrio de poder de Pekín Leer  

Desde lo alto de la torre de observación de Fangchuan, en el extremo oriental de China, basta con girar ligeramente la cabeza para vislumbrar a un lado Khasan, una pequeña localidad del Lejano Oriente ruso. Al otro se pueden ver las montañas norcoreanas que conducen hacia la ciudad de Rason. Por el centro serpentea el río Tumen, convertido durante sus últimos kilómetros en una frontera líquida antes de morir en el Mar de Japón.

Los turistas chinos hacen cola para fotografiarse frente a un enorme cartel que resume el principal reclamo de este rincón remoto de la provincia de Jilin: «Un ojo, tres países». Desde aquí se pueden ver simultáneamente tres potencias nucleares: China, Rusia y Corea del Norte.

También se distingue, a lo lejos, el puente ferroviario que une territorio ruso y norcoreano. Es una postal fronteriza aparentemente tranquila que, sin embargo, concentra algunas de las grandes tensiones que están transformando el equilibrio de fuerzas en el noreste de Asia.

Hay además una paradoja geográfica. Desde Fangchuan, China puede contemplar el mar, pero no puede tocarlo.

El territorio chino termina poco antes de la desembocadura. Una estrecha franja donde Rusia y Corea del Norte comparten alrededor de 17 kilómetros de frontera impide a Pekín disponer de una salida directa al mar en este punto. La anomalía se remonta al siglo XIX, cuando una debilitada dinastía Qing cedió al Imperio ruso amplios territorios. El Tratado de Pekín de 1860 terminó de consolidar el dominio ruso y dejó a China encerrada unos pocos kilómetros antes de la costa.

Más de siglo y medio después, aquella frontera sigue teniendo consecuencias estratégicas. Pekín lleva décadas intentando garantizar que embarcaciones chinas puedan recorrer el tramo final del Tumen hasta aguas abiertas. Para las provincias industriales del noreste supondría una nueva puerta comercial al Pacífico. Pero también colocaría a China directamente en unas aguas donde se encuentra Vladivostok, sede de la Flota rusa del Pacífico, y, más allá, Japón y Corea del Sur, dos de los principales aliados militares de Estados Unidos en Asia.

El Tumen sirve además como termómetro de una relación estrecha a la par que compleja: la que une a Xi Jinping, Vladimir Putin y Kim Jong-un. Los tres líderes han multiplicado durante los últimos años las fotografías de unidad frente a Washington y sus aliados. Pero, observados desde esta frontera, sus intereses no siempre discurren en paralelo.

Putin y Kim conversan en Pekín, el año pasado.
Putin y Kim conversan en Pekín, el año pasado.AP

La prueba más visible se está levantando precisamente sobre el río. Rusia y Corea del Norte están terminando el primer puente de carretera de su historia, una infraestructura de aproximadamente un kilómetro levantada cerca del viejo enlace ferroviario. Moscú y Pyongyang comenzaron el proyecto en 2025 y aseguran que permitirá aumentar el comercio y el turismo.

El puente también puede convertirse en la autopista física de una alianza militar que hasta hace apenas unos años parecía improbable. La invasión rusa de Ucrania ha empujado a Corea del Norte a convertirse en el apoyo militar más importante del Kremlin.

Pyongyang ha enviado millones de proyectiles de artillería, misiles balísticos y miles de soldados para apoyar a las fuerzas rusas. A principios de agosto, la inteligencia militar ucraniana aseguró que una unidad norcoreana estaba desplegándose en la región rusa de Voronezh y que podría operar hasta 120 misiles balísticos y seis lanzadores contra Ucrania.

A cambio de soldados y armamento, Kim obtiene algo que durante años las sanciones internacionales habían dificultado: petróleo, divisas y tecnología militar rusa. El nuevo puente del Tumen puede ahora acelerar esos intercambios. Algunos analistas que siguen los movimientos militares entre ambos países sostienen que el tráfico por carretera resulta más difícil de controlar por satélite que los trenes que actualmente cruzan el único enlace ferroviario.

En China también están observando las obras del nuevo puente desde apenas unos kilómetros río arriba. Durante décadas, Pekín fue el gran protector económico de Corea del Norte, ejerciendo una influencia sobre Pyongyang que ningún otro Gobierno podía igualar. Ahora, Putin ofrece ahora a Kim algo que Xi difícilmente podía proporcionar sin enfrentarse abiertamente al régimen internacional de sanciones: una estrecha alianza militar.

Pero China parece que también apuesta cada vez más por un acercamiento a Pyongyang. El pasado junio, el presidente Xi viajó a la capital norcoreana por primera vez en siete años, devolviendo la visita que su homólogo norcoreano hizo a Pekín en septiembre del año pasado. En la capital de Corea del Norte, el líder chino prometió mantener una «estrecha comunicación estratégica» con Kim y ampliar la cooperación en comercio, agricultura, construcción, ciencia y tecnología.

Aquella visita buscaba recordar que, pese al idilio entre Kim y Putin, China continúa siendo el vecino imprescindible. Después de años de frialdad y de una frontera prácticamente congelada durante la pandemia, los trenes de pasajeros entre Pekín y Pyongyang han vuelto a circular y se han recuperado los vuelos directos.

«Una de las prioridades de Pekín es precisamente contrarrestar la creciente influencia rusa sobre Pyongyang. Recuperar canales militares permitiría además a China conocer mejor qué tecnología puede estar transfiriendo Rusia a Corea del Norte», sostiene Victor Cha, responsable de la Cátedra de Corea del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS).

China, Rusia y Corea del Norte comparten adversarios y su rechazo al orden liderado por Estados Unidos, pero sus intereses no siempre coinciden. Putin necesita a Kim para alimentar su guerra; Kim necesita a Putin para avanzar en su programa nuclear y que su economía dependa menos de Pekín; y Xi necesita mantener el equilibrio entre sus dos vecinos para que Moscú no termine desplazando la influencia histórica de China sobre la siempre imprevisible Pyongyang.

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