Lecciones del frente ucraniano para un Taiwán que quiere abrir más la cartera y blindarse ante China

Drones baratos, guerra electrónica, redes alternativas de comunicación y ensayos contra bloqueos y desembarcos: Taipei mira Kiev mientras propone aumentar el gasto militar hasta un máximo histórico Leer Drones baratos, guerra electrónica, redes alternativas de comunicación y ensayos contra bloqueos y desembarcos: Taipei mira Kiev mientras propone aumentar el gasto militar hasta un máximo histórico Leer  

En los campos de batalla de Ucrania, un dron de unos pocos cientos de euros puede destruir un blindado que cuesta millones. En Kiev también han aprendido que los sistemas de guerra electrónica pueden ser tan decisivos como la artillería y que los ataques contra centrales eléctricas, redes de telecomunicaciones o puertos pueden paralizar un país mucho antes de que caigan sus principales ciudades. A casi 8.000 kilómetros de distancia, Taiwán lleva cuatro estudiando esas lecciones con una pregunta muy concreta: cuáles servirían para sobrevivir a una invasión de China.

Algunas respuestas se han podido ver durante las últimas maniobras militares de la isla. Este agosto, por primera vez, operadores taiwaneses lanzaron pequeños drones FPV, que los soldados pilotan mediante unas gafas, contra vehículos blindados reales.

Otras unidades del ejército taiwanés han practicado cómo mantener las comunicaciones después de que un ataque inutilice parte de las redes móviles. También ensayaron cómo responder a un bloqueo de sus puertos y las brigadas desplegadas en las islas Penghu, en mitad del estrecho en disputa, simularon una defensa por capas frente a un desembarco chino.

Funcionarios taiwaneses reconocen a este periódico que la guerra de Rusia contra Ucrania se ha convertido en un enorme laboratorio militar. Y aplicar sus enseñanzas cuesta mucho dinero. El Gobierno de Taiwán presentó esta semana su propuesta presupuestaria para 2027, que contempla aumentar un 18% el gasto en defensa hasta los 1,1225 billones de dólares taiwaneses -unos 30.000 millones de euros-, superando por primera vez el billón y llevando el esfuerzo militar por encima del 3% del PIB.

Es un máximo histórico para una isla de 23 millones de habitantes que vive bajo la amenaza de China, pero que se prepara para un futuro conflicto bastante diferente del que imaginaban sus generales hace apenas una década.

La transformación parte de una conclusión que el ejército ucraniano y el ruso han ido aprendiendo de la manera más dolorosa: las plataformas grandes, caras y fáciles de localizar son extremadamente vulnerables en un campo de batalla saturado de sensores, drones y misiles de precisión.

Taipéi no renuncia a sus cazas F-16, carros Abrams, submarinos o sistemas Patriot adquiridos a Estados Unidos, pero está desplazando una parte cada vez mayor de sus recursos hacia capacidades más pequeñas, móviles y difíciles de destruir: drones, minas, misiles antibuque, defensas aéreas portátiles y sistemas de comunicaciones capaces de seguir funcionando después de un primer ataque.

Los drones FPV utilizados durante los últimos ejercicios imitan una de las armas que más ha transformado la guerra en Ucrania: máquinas baratas que permiten observar el frente y lanzarse directamente contra posiciones enemigas. La idea resulta especialmente atractiva para un ejército que tendría que enfrentarse a unas fuerzas chinas abrumadoramente superiores en número de barcos, aviones y misiles.

Pero los especialistas taiwaneses advierten de que copiar a Ucrania no consiste simplemente en llenar los arsenales de pequeños aparatos. «Mucha gente piensa que aprender de la guerra en Ucrania significa comprar más drones, pero lo importante es todo lo que hay alrededor de ellos», explica Holmes Liao, asesor de la Agencia Espacial de Taiwán y analista especializado en defensa. «La clave está en construir un ecosistema capaz de conectar satélites, radares, sensores, guerra electrónica, drones, misiles y centros de mando para que todos intercambien información y puedan reaccionar rápidamente a lo que ocurre en el campo de batalla».

La experiencia ucraniana ha demostrado precisamente que hay que saber utilizar las nuevas armas bajo interferencias constantes. Rusia ha golpeado repetidamente centrales eléctricas, redes energéticas y telecomunicaciones para intentar degradar la capacidad de resistencia ucraniana. En Taiwán, donde buena parte de las infraestructuras críticas se concentran en un territorio de tamaño similar a Extremadura, los estrategas asumen que una ofensiva china podría comenzar precisamente por ahí.

La semana pasada, las autoridades hicieron una prueba poco habitual en varias ciudades alrededor de Taipei: ralentizaron deliberadamente la red móvil hasta dejar disponibles únicamente servicios básicos. Los cajeros automáticos, los semáforos, las líneas fijas y las conexiones domésticas continuaron funcionando.

Después sonaron las sirenas y las calles quedaron prácticamente vacías durante media hora. Millones de personas participaron en unos simulacros que intentan borrar la frontera entre defensa militar y resistencia civil. El objetivo era comprobar cómo seguiría funcionando la isla si los misiles chinos destruyeran antenas, centros de comunicaciones o infraestructuras esenciales.

Otra lección ucraniana llega hasta los talleres. Las fuerzas taiwanesas están experimentando con impresoras 3D para fabricar componentes y reparar drones cerca de las zonas de operaciones. «Esto es muy importante cuando las cadenas de suministro quedan interrumpidas o las necesidades del campo de batalla superan la capacidad de la logística convencional. En una isla que podría quedar rodeada por China, poder reparar un dron dañado y devolverlo rápidamente al combate adquiere una importancia todavía mayor», explica Su Tzu-yun, investigador del Instituto de Investigación sobre Defensa y Seguridad Nacional de Taiwán.

Esa búsqueda de una mayor capacidad para resistir por sus propios medios responde también a la presión que llega desde Washington. Estados Unidos continúa siendo el principal proveedor de armamento de Taiwán y su respaldo resulta esencial para la capacidad de disuasión de la isla, pero lleva años reclamando que Taipéi pague una parte mucho mayor de su propia defensa. Con Donald Trump en la Casa Blanca, esa exigencia de reducir la dependencia del paraguas militar estadounidense se ha vuelto todavía más explícita.

Estados Unidos no reconoce diplomáticamente a Taiwán como un Estado independiente y mantiene desde hace décadas una calculada ambigüedad sobre su respuesta ante una invasión, aunque se opone a que Pekín cambie por la fuerza el statu quo. «Eso no significa que Estados Unidos vaya a abandonar Taiwán, pero Taipei ya no puede asumir que la intervención estadounidense está garantizada y convertir eso en la base de su seguridad nacional», advierte el analista Holmes Liao.

«Invertir en Defensa es invertir en paz», ha defendido el presidente taiwanés, Lai Ching-te, al justificar el incremento del gasto y la necesidad de reforzar las capacidades de autodefensa de la isla. Superar el 3% del PIB permite además a su Gobierno presentar ante Estados Unidos un Taiwán que está haciendo los deberes y que no espera simplemente que los militares estadounidenses acudan a rescatarlo.

Pero el incremento presupuestario deberá superar primero un obstáculo interno: un Parlamento controlado por la oposición. Este año, los partidos opositores ya han demostrado su capacidad para frenar algunos de los planes del Ejecutivo y han cuestionado varias de sus propuestas de gasto militar. El debate no gira únicamente en torno a cuánto debe gastar Taiwán, sino también en qué armas invertir para que cada dólar aumente realmente el coste que tendría para China intentar conquistar la isla.

Pekín observa todo este proceso desde la orilla contraria del estrecho. Su Ministerio de Defensa ha tachado las últimas maniobras taiwanesas de una «farsa inútil» destinada a «avivar el pánico bélico». Mientras China mantiene su presión casi diaria alrededor de la isla, Taiwán extrae de Ucrania una última lección: frente a un enemigo mucho más poderoso, no basta con tener más armas. Hay que ser capaz de seguir combatiendo cuando caigan las comunicaciones, lleguen los drones y se cierren los puertos.

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