Ecos tristes de Sitges

A principios del siglo XX, el periodista Joseph Pulitzer dijo que los periódicos no debían tener amigos. Hoy Pulitzer constataría que, en su versión de papel, solo tienen enemigos. Los puntos de venta desaparecen y, para mantenerse y preservar la fidelidad lectora, las cabeceras potencian las ediciones y suscripciones digitales. En las grandes ciudades, la pérdida de puntos de venta es alarmante, pero sobrevive una red de quioscos que atiende el ansia de los que no sabemos vivir sin el contacto del papel, no por fetichismo sino por salud mental y sentimental. En ciudades pequeñas, en cambio, la situación es desesperada­. En Sitges, los lectores de periódicos y revistas de papel viven la paradoja de que, teniendo un semanario ( L’Eco de Sitges ) que funciona desde 1886, conectado al asociacionismo y al comercio, solo pueden comprarlo en un quiosco (el Universal, en el paseo de Vilafranca). En paralelo, han habilitado un circuito preventivo en supermercados, estancos y panaderías o han recurrido a vendedores ambulantes que lo reparten por Sitges y Sant Pere de Ribes.

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 A principios del siglo XX, el periodista Joseph Pulitzer dijo que los periódicos no debían tener amigos. Hoy Pulitzer constataría que, en su versión de papel, solo tienen enemigos. Los puntos de venta desaparecen y, para mantenerse y preservar la fidelidad lectora, las cabeceras potencian las ediciones y suscripciones digitales. En las grandes ciudades, la pérdida de puntos de venta es alarmante, pero sobrevive una red de quioscos que atiende el ansia de los que no sabemos vivir sin el contacto del papel, no por fetichismo sino por salud mental y sentimental. En ciudades pequeñas, en cambio, la situación es desesperada­. En Sitges, los lectores de periódicos y revistas de papel viven la paradoja de que, teniendo un semanario ( L’Eco de Sitges ) que funciona desde 1886, conectado al asociacionismo y al comercio, solo pueden comprarlo en un quiosco (el Universal, en el paseo de Vilafranca). En paralelo, han habilitado un circuito preventivo en supermercados, estancos y panaderías o han recurrido a vendedores ambulantes que lo reparten por Sitges y Sant Pere de Ribes.Seguir leyendo…  

A principios del siglo XX, el periodista Joseph Pulitzer dijo que los periódicos no debían tener amigos. Hoy Pulitzer constataría que, en su versión de papel, solo tienen enemigos. Los puntos de venta desaparecen y, para mantenerse y preservar la fidelidad lectora, las cabeceras potencian las ediciones y suscripciones digitales. En las grandes ciudades, la pérdida de puntos de venta es alarmante, pero sobrevive una red de quioscos que atiende el ansia de los que no sabemos vivir sin el contacto del papel, no por fetichismo sino por salud mental y sentimental. En ciudades pequeñas, en cambio, la situación es desesperada­. En Sitges, los lectores de periódicos y revistas de papel viven la paradoja de que, teniendo un semanario ( L’Eco de Sitges ) que funciona desde 1886, conectado al asociacionismo y al comercio, solo pueden comprarlo en un quiosco (el Universal, en el paseo de Vilafranca). En paralelo, han habilitado un circuito preventivo en supermercados, estancos y panaderías o han recurrido a vendedores ambulantes que lo reparten por Sitges y Sant Pere de Ribes.

Hablamos de un pueblo de cerca de 35.000 habitantes, con una población flotante que, muchos días del año, se multiplica y contribuye a la vida turística, cultural y, por extensión, a la prosperidad de Sitges. Hace treinta y cinco años que paso algunos días en Sitges y mantengo el ritual de comprar periódicos y revistas de papel. Incluso cuando, en verano, cambiábamos la dirección de la suscripción y esperábamos a que el repartidor lo lanzara (metido en una bolsa) por encima de la puerta, necesitaba visitar los quioscos para dejarme tentar por las portadas nacionales y extranjeras, rigurosas o frívolas. El quiosco de la estación cerró hace años; el del mercado vivió una rápida agonía, y el más céntrico, de la calle de Parellades, que recordaba las adictivas maison de la presse francesas, murió a manos de una usura inmobiliaria que prefiere alimentar el consumismo turístico inmediato que proveernos de la vitamina que, desde los tiempos de Pulitzer, proporciona el periodismo de papel.

No hay nada que hacer: los quioscos desaparecen y certifican el final de una época

Quedaba el heroico quiosco Universal. Pero el otro día, justo después de abrir (sobre las siete y media, como 362 días el año), la responsable del quiosco me explicó que “si no hay un milagro”, cerrará en diciembre. El margen que le queda para mantener el negocio (quiosco, papelería, librería) no le permite pagar el alquiler y las facturas. “Tendría más margen si saliera a la calle a pedir”, me dijo lamentando que las administraciones no entiendan el valor de servicio público de estos establecimientos. Espóiler: nadie se manifestará contra esta pésima noticia y nos recomendarán leer digitalmente. Una vez más, pues, hago valer mi derecho al pataleo para expresar la impotencia de ver cómo se pierde uno de los placeres de pasar por el quiosco y, además de los periódicos habituales, comprar el mismo Eco de Sitges que, me consta, también lamenta que no existan los milagros.

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