Después de una vida tan grande o más como los sueños que tenía de niña, Dolly Parton ha bajado el telón esta semana a los 80 años sin que la edad ni los problemas de salud mermaran un ápice su capacidad de entrega al público ni su buen humor. Su última actuación fue en junio, en una gasolinera que lleva su nombre en una autopista de Tennessee adonde fue a promocionar su último producto, el café A cup of ambition.
Nacida en una cabaña sin electricidad, encarnó el sueño americano, defendió numerosas causas y su música es reflejo de su infinita empatía
Después de una vida tan grande o más como los sueños que tenía de niña, Dolly Parton ha bajado el telón esta semana a los 80 años sin que la edad ni los problemas de salud mermaran un ápice su capacidad de entrega al público ni su buen humor. Su última actuación fue en junio, en una gasolinera que lleva su nombre en una autopista de Tennessee adonde fue a promocionar su último producto, el café A cup of ambition.
Detrás queda una legión de fans desconsolados, más de cien millones de discos vendidos, medio centenar de álbumes grabados, once premios Grammy y un Oscar honorario, amén de una inspiradora obra filantrópica y un auténtico imperio del entretenimiento levantado en la tierra que la vio nacer, las Smoky Mountains de Tennessee, tierra de paletos, apelativo que ella asumió y resignificó con orgullo, como hizo con las burlas a su acento o su físico.
Al final, la respuesta a la pregunta que más me hicieron durante la promoción de mi libro sobre la artista –qué diablos me llevó a escribirlo– está a la vista de todos. En los miles de titulares que la reconocen como la talentosa compositora, la inolvidable cantante, el irreverente icono cultural, el alma generosa y el referente feminista y moral que fue. En la hazaña de ser una fuerza unificadora capaz poner de acuerdo a estadounidenses de todos los estratos sociales y orientaciones ideológicas en un momento de máxima polarización. Donald Trump la despidió diciendo que “nunca hubo nadie como ella ni lo volverá a haber jamás”. El partido socialista de América la reivindicó como “una heroína de la clase obrera” y “una inspiración para todos”.

El fenómeno Dolly se observa también en los mensajes de despedida que han dedicado a una cantante y compositora procedente de un género tan nicho como el country, históricamente ligado a la América más conservadora y patriarcal, artistas tan dispares como Paul McCartney, Jane Fonda, Taylor Swift, Eminem, Mick Jagger o Reese Witherspoon, otra rubia nativa de Tennessee sin un pelo de tonta. O en el dolor de su ahijada, Miley Cyrus, clave en la fuerte conexión desarrollada por Dolly con los jóvenes gracias a sus apariciones en televisión, por no hablar de la pena que aflige por igual al colectivo LGTBI y a los cristianos estadounidenses.
Fue una fuerza unificadora capaz de poner de acuerdo a ciudadanos de todos los estratos e ideologías
Para la historia queda el inesperado homenaje que le ha dedicado la banda de música del Palacio de Buckingham. No está mal para una niña que, como tantas, soñaba con príncipes y princesas, aunque ella lo hizo desde una cama compartida con cinco hermanos, en condiciones de extrema privación. Su vida es la representación misma del sueño americano. Nacida en 1946 en una cabaña perdida en los montes Apalaches sin agua corriente ni electricidad, dicen que Dolly Rebeca Parton aprendió a cantar al mismo tiempo que hablar. Compuso su primera cancioncilla con cinco años. Con diez se estrenó en la radio y con 13 puso en pie al exigente público del Grand Ole Opry. A los 18 años se subió en un autobús a Nashville y el resto es historia.

El talento de la pizpireta rubia llamó la atención de las discográficas, que no tardaron en ficharla como compositora, aunque a la hora de grabarla no tenían claro en qué género encajaba mejor su voz. Su vida dio un giro al ser descubierta por Porter Wagoner, que se la llevó de acompañante a su programa de televisión. Siete años después, su talento eclipsaba al de su mentor. Dolly logró despedirse de él y del contrato que les ataba escribiéndole I will always love you . Es el tema que más dinero le reportaría de toda su carrera, gracias en parte a la prodigiosa interpretación de Whitney Houston, pero sobre todo a su inteligente decisión de no vender sus derechos de autora a Elvis en 1974. Detrás de sus pelucas y looks cada vez más imposibles, horteras también en su época, había una astuta empresaria que nunca dudó de su talento ni del valor de su trabajo.
En los años 80, dio el salto a la música pop, género que movía mucho más dinero que el country y con el que podía atisbar el estrellato total al que aspiraba. Su giro musical le abrió las puertas de Hollywood y de la televisión, desde donde expuso a la nación entera a su irrepetible mezcla de talento, simpatía y orgullo paleto, saliendo con la cabeza bien alta por ejemplo del indigno y clasista interrogatorio al que la sometió Barbara Walters. Alcanzó el cielo, pero a nivel personal rozó los infiernos.
Tras una buena temporada retirada, regresó con fuerza y más fiel que nunca a sus orígenes. Grabó varios discos de música bluegrass, de los más valorados de su carrera, y abrió su propio parque de atracciones, Dollywood. Muchos se rieron de la ocurrencia pero 40 años después no solo es un lugar de peregrinaje obligado para sus fans sino uno de los mayores empleadores de la región. Sus beneficios han financiado iniciativas como la Imagination Library, que lleva más de 300 millones de libros repartidos gratuitamente en EE.UU., ayudas para familias afectadas por desastres naturales y becas de estudios. En plena pandemia de covid, la artista donó un millón de dólares para investigar la vacuna de Moderna, que se dejó inocular delante de las cámaras para dar ejemplo a sus compatriotas.
Detrás de sus pelucas y looks cada vez más imposibles, horteras ya en su época, había una astuta empresaria
Consciente de los peligros de significarse viniendo de dónde venía y, luego, al alcanzar un público mucho más diverso, Dolly no se metió en política bajo banderas ajenas, pero nunca dejó de defender las causas en las que creía. Se distanció del movimiento de la liberación de la mujer, pero su vida y sus canciones son un auténtico manifiesto feminista. Apoyó a los enfermos del sida cuando la enfermedad era un tabú absoluto. Defendió a los gays y transexuales, incluido su derecho a casarse, porque “tienen derecho a sufrir como todos los demás”. Siempre estuvo con los débiles. El poder le daba repelús. No iba con ella dejarse utilizar. Por dos veces rechazó, con excusas de medio pelo, la medalla a la libertad que Trump quiso darle en su primer mandato. Tampoco la aceptó cuando se la quiso poner Joe Biden.

Su vida es un pozo inagotable de buenas historias. Pero algo de razón lleva el periodista Jaume Pi, que hace un par de días sospechaba de la sinceridad del duelo y conocimiento de la artista que se ha visto en redes sociales en España, sugiriendo que hay algo de postureo y de imitación cultural, dada la escasa popularidad que en su día tuvo por estas lides. Mi impresión en efecto es que, a diferencia de lo que ocurrió en otros países europeos, no son tantos los que por estas tierras pasaron de la despampanante fachada de la artista y vieron su apabullante talento, o los que se admiraron de sus obras y milagros hasta hace unos días.
Pero no me extraña que surjan nuevos devotos de Santa Dolly Parton. Su historia enamora. Uno puede quedarse ahí. Pero quienes se acerquen a su música, el reflejo más universal de su infinita empatía, podrán comprenderla y sentirla de verdad. Como lo hicieron en los años 60 y 70 las mujeres que se sintieron reivindicadas en Touch your woman , Just because I am a woman o The Bargain Store . Las chicas abandonadas por sus parejas al quedarse encinta, o desesperadas al perder un hijo, reflejadas en temas como Down from Dover o The Bridge . Quienes han tenido que dejar atrás su tierra, vengan de Kentucky, Líbano o Ghana, y se recrean en la nostalgia que rezuman temas como In my Tennessee mountain home o Good old days (When times were bad) . O quienes han hallado en Coat of many colors , inspirada en un episodio de bullying sufrido por Dolly en la infancia, el valor necesario para vivir su verdad con dignidad, para convertir los sentimientos de vergüenza o humillación en orgullo.
Un lugar especial en el dollyverso está reservado para quienes viven su espiritualidad al compás de temas como The seeker , o There was Jesus , o quienes han superado sus peores momentos escuchando en bucle Light of a clear blue morning . Y no nos olvidemos de su legión de fans homosexuales y transexuales, a los que regaló una de sus mejores y más osadas composiciones, por sus ecos religiosos, Travelin’ thru . Más de 40 años después de su publicación 5 to 9 , sigue siendo un estimulante himno de la clase trabajadora.
Defendió el derecho a casarse de gays y transexuales porque “tienen derecho a sufrir como todos los demás”
Con I will always love you Dolly nos deja la canción más hermosa de la historia para decir adiós a alguien que se ama, mientras Jolene nos habla del miedo que todos hemos sentido alguna vez a no ser suficiente para la otra persona. No faltan temas de banda sonora de la felicidad, como el luminoso Islands in the Stream , para amantes que se dejan arrastrar libremente por su amor. Con más de tres mil canciones catalogadas, siempre habrá una en la que encontrarnos. La buena noticia es que aún están a tiempo de descubrirlas. Dolly se ha ido, pero, mientras quede alguien que necesite una canción para sentirse comprendido, acompañado o ser un poco más valiente, seguirá cantando para nosotros.
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