En economía, se conoce como el milagro del río Han a la industrialización masiva y el crecimiento económico acelerado que transformó a una Corea del Sur rural y devastada tras la guerra con el norte (1950-1953) en una potencia industrial. Hoy, un nuevo milagro, esta vez cultural, vuelve a sacudir al país asiático y lo pone de nuevo a la vanguardia. Además, el fenómeno tiene también nombre: Hallyu, literalmente la “ola coreana”. Una ola con la que la cultura pop surcoreana ha inundado los mercados mundiales con una rapidez inusitada. Series de televisión, películas galardonadas con Oscar, grupos de pop que arrasan en descargas en Spotify y llenan estadios, marcas de cosmética que crean tendencia…. La etiqueta K (K-pop, K-dramas, K-cinema, K-beauty) se ha convertido en un fenómeno de exportación global que domina las listas de éxitos y las plataformas de streaming.
Hace años que el fenómeno de sus series, sus dramas y sus grupos de K-pop lideran los ‘rankings’ mundiales. Un viaje de Seúl a la isla de Jeju para descubrir el país que pasó de una economía de subsistencia a convertirse en tendencia mundial
En economía, se conoce como el milagro del río Han a la industrialización masiva y el crecimiento económico acelerado que transformó a una Corea del Sur rural y devastada tras la guerra con el norte (1950-1953) en una potencia industrial. Hoy, un nuevo milagro, esta vez cultural, vuelve a sacudir al país asiático y lo pone de nuevo a la vanguardia. Además, el fenómeno tiene también nombre: Hallyu, literalmente la “ola coreana”. Una ola con la que la cultura pop surcoreana ha inundado los mercados mundiales con una rapidez inusitada. Series de televisión, películas galardonadas con Oscar, grupos de pop que arrasan en descargas en Spotify y llenan estadios, marcas de cosmética que crean tendencia…. La etiqueta K (K-pop, K-dramas, K-cinema, K-beauty) se ha convertido en un fenómeno de exportación global que domina las listas de éxitos y las plataformas de streaming.
¿Es una fachada de marketing al exterior o de verdad la sociedad coreana lo vive desde dentro? Acabo de aterrizar en Seúl para comprobarlo y, por muy poco perspicaz que uno sea, enseguida se percibe que la respuesta es la segunda. La K-culture está presente en buena parte de la sociedad coreana, sobre todo la joven y urbana. De hecho, mi llegada coincidió con el día después del macroconcierto gratuito que el grupo BTS —los nuevos Beatles— dio frente al Palacio Real para festejar el inicio de su gira mundial, un evento que congregó a miles de fans de todas las edades en la avenida Sejong-daero y otros cientos de millones a lo largo del mundo a través del streaming en Netflix. No quedaba ni un papel ni una grada ni evidencia alguna de que aquí se concentraran unas horas antes miles y miles de fans enloquecidos, pero sí se podía ver todavía colgando de las fachadas grandes carteles de los “siete magníficos” de BTS, a los que los jóvenes coreanos imitan e idolatran.
Pero, ¿cómo es la Corea de este nuevo fenómeno a escala mundial? Geográficamente el país está situado entre China y Japón, dos vecinos no siempre amistosos que lo han invadido en varias ocasiones. Hay quien dice que los surcoreanos tienen algo de ambos. En mi opinión, de chinos tienen poco, más allá de la coincidencia de haber liderado procesos de industrialización, los coreanos en los años setenta, ochenta y noventa y los chinos ahora, en la era del coche eléctrico y la inteligencia artificial. Creo en cambio, aunque las generalizaciones ya sabemos que incitan al error, que Corea del Sur sí que se da un aire a Japón, como forma de resumir lo que le espera a un turista primerizo. Los coreanos se parecen a los japoneses en la formalidad, en el respeto a lo público, en la limpieza de la vía pública, en la puntualidad de sus trenes y en la eficiencia de los servicios, pero sin llegar a la excelencia —ni a los extremos de histeria— de sus vecinos del este. Lo que le espera al viajero que vaya por primera vez a Corea es bastante parecido a lo que podía haber vivido si antes visitó Japón: una megápolis hipermoderna con una intensa vida nocturna, Seúl; templos budistas cargados de historia repartidos por lugares de naturaleza privilegiada; y unos bosques y jardines que en primavera se tiñen de blanco con la floración de los cerezos y en otoño de rojos, ocres y amarillos en los bosques caducifolios que cubren montañas enteras. Solo que todo es más barato; si hay algo que diferencia a Japón de Corea del Sur, es que esta última es increíblemente más barata con una relación calidad/precio de hoteles, restaurantes y transportes públicos que asombran a un europeo.

Y, en mi humilde opinión, hay otra diferencia más: Corea es como Japón, pero sin espiritualidad. Aunque todo el mundo presuponga que en un país situado en esta región del mundo el budismo lo impregnaría todo, aquí es una religión minoritaria. La mayoritaria en el país —el 52%, según encuestas oficiales— practica…. ¡el ateísmo! Sí, entre los jóvenes coreanos está de moda ser ateo y honjok, es decir, soltera o soltero voluntario, por elección. Y del 48% que declara profesar alguna religión la mayoría son cristianos, tanto protestantes como católicos. Solo un 16% de los coreanos se declara budista. Por eso cuando viajas por el país visitando los preciosos templos de madera de la época Joseon (nada que envidiar a los japoneses) notas algo diferente a cuando visitas los nipones: en los coreanos hay, sobre todo, turistas y muy pocos monjes o ceremonias religiosas, algo que sí ocurre en Japón y que le confiere ese toque de espiritualidad del que hablaba.
Valga este introito para resumir que Corea es un país muy interesante, injustamente valorado en muchas agencias de viaje, lleno de lugares atractivos e históricos y con una personalidad propia que justifica un viaje de 10 o 15 días como mínimo.
Los imprescindibles de Seúl
La aventura debe empezar en Seúl, una macrourbe de 10 millones de habitantes —hasta 25, si se le añaden las zonas conurbadas—, con un dinamismo y una modernidad sorprendentes a la que le puedes dedicar dos días… o todos los que quieras. La visita obligada es al palacio Gyeongbokgung, construido en 1395, la residencia principal de la dinastía Joseon, la más importante en la historia del país. Hay un cambio de guardia todos los días a las 10.00 y las 14.00 que resulta bastante colorido y fotogénico.

Cerca está el hanok (barrio tradicional) de Bukchon, con sus casas de tejado de alero curvo y cerámica negra donde vivían los altos funcionarios de palacio; no está mal si es el primer hanok que ves, pero no es ni de largo el mejor conservado. Hay también varios templos budistas con la historia prendida en sus vetustas maderas, perdidos entre los rascacielos de cristal y acero de Seúl, como el de Jogyesa, sede del budismo zen coreano, o el de Bongeunsa, con un Buda de 23 metros del altura.

Y luego está el Seúl más moderno del barrio de Gangnam —sí, el de Gangnam Style—, donde una estatua amarilla de las manos del cantante PSY haciendo el baile del caballo recuerda el primer vídeo en la historia de YouTube en alcanzar mil millones de reproducciones (fue en 2012); está considerado el inicio de la viralidad de la cultura pop coreana. La estatua se ubica en la puerta del COEX Mall, el centro comercial que acoge la librería Starfield, la más instagrameable del mundo, y el acuario de Seúl, que aparece también en muchas series de TV.

De noche, la ciudad se transforma y parece más joven y más animada aún, con los típicos callejones llenos de neones y garitos de todo tipo. Recomiendo dejarse caer entonces por el canal Cheonggyecheon, donde los fans de las series coreanas tendrán un déjà vu total, porque esta zona de paseo y asueto a lo largo de un pequeño arroyo se usa mucho también como localización de rodajes. Aunque la visita obligada para ellos es Dae Jang Geum Park, una ciudad de la imagen de la cadena MBC a una hora y media de Seúl, con palacios, pueblos y viviendas a escala real que se han usado y se siguen usando como set de rodaje para numerosos dramas coreanos, entre ellos Una joya en el palacio, El afecto del rey, La luna abraza al sol y el famoso videoclip Daechwita, de Suga, uno de los miembros de BTS.
Rumbo al este
Viajo luego hacia el este, haciendo noche en las ciudades de Sokcho y Andong. Desde allí se pueden hacer excursiones a lugares de interés como el parque nacional Seorak, al que se puede subir en un funicular (más recomendable la visita en otoño, por sus bosques caducifolios); a la escuela confuciana Byeongsan Seowon y la villa tradicional de casas con tejado de paja de arroz de Hahoe, ambas declaradas patrimonio de la mundial de la Unesco. También al templo Naksansa, fundado en el siglo VII y colgado sobre el mar.
Luego viene la que para mí es la ciudad histórica más interesante de Corea del Sur: Gyeongju y sus increíbles tumbas reales del periodo Shilla. A lo largo de una gran pradera herbácea se suceden unos extraños y uniformes montículos. Pero no son colinas. Son las tumbas de reyes y nobles del reino que unificó Corea hacia el siglo IV. Unas pocas de ellas están excavadas y museizadas para exhibir los tesoros del ajuar funerario que acompañaba al finado. Pero, en un acto que define a los coreanos, la inmensa mayoría de ellas siguen intactas, sin excavar, pese a que se sabe que en su interior debe de haber los mismos fabulosos tesoros de oro y piedras preciosas que en las ya abiertas, para dejar algo intacto a las futuras generaciones.
En Gyeongju no hay que perderse también el hanok de Gyochon, el puente Woljeonggyo al atardecer y el espectáculo nocturno de luz y sonido de la torre Cheomseongdae, el observatorio astronómico más antiguo de Asia.

Mi siguiente parada es Busan, la segunda mayor urbe de Corea del Sur, una ciudad costera con un increíble ambiente de playas y sendas de litoral para caminar o hacer ejercicio. Aquí hay que ver la aldea Gamcheom, un barrio humilde de refugiados de la guerra de los cincuenta que se ha convertido en la zona hípster simplemente pintando todas las casas de colores. El mercado Jagalchi, el mayor mercado minorista de pescado del país, es todo un espectáculo para los sentidos y se debe almorzar o cenar en alguno de sus muchos restaurantes, por supuesto, de pescado y marisco. Y la ceremonia de izado o arriado de bandera en el cementerio memorial de la ONU, donde están enterrados 2.300 soldados de 22 naciones que murieron en la guerra de Corea.

Desde Busan tomo un vuelo interno hasta Jeju, la mayor isla de Corea y uno de sus centros de vacaciones más afamados. Es una isla volcánica con playas de arena blanca y agua verder turquesa que contrastan con el negro de las coladas de lava petrificada en la que se pueden dar largos paseos por sendas costeras entre los acantilados, subir a algún cono volcánico, interesarse por la increíble tradición de las mujeres buceadoras, disfrutar de su buena hostelería y comer en los puestos de algún mercado callejero. Un lugar perfecto para terminar un primer viaje de aproximación al país de la cultura pop.
Quedarían aún muchas cosas por ver, pero las dejo como excusa para regresar algún día a Corea.
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