A un recetario de cocina se le piden ingredientes, proporciones y claridad. Otro asunto es cuando un gourmet como Vázquez Montalbán, pongamos por caso, despliega su ingenio deslindando la geografía de los potajes hispanos o la metafísica de la tortilla de patatas. Algo parecido sucede con los manuales de escritura. Conviven en el mercado compendios, con prosa de prospecto farmacéutico, que compactan los básicos del sofrito narrativo (el punto de vista, la carne del personaje, la maicena que espesa las tramas, la sal del tiempo y demás) con obras que gravitan en otra órbita, como El arte de la ficción, de David Lodge, o el mucho más antiguo The craft of fiction (1921), de Percy Lubbock, que fue pionero en el análisis del mostrar frente al contar. Se trata de prontuarios elaborados por escritores con muchas lecturas detrás, con años de romperse la crisma tratando de revelar la magia que se esconde entre las piezas del mecano para compartir luego hallazgos y decepciones. Vargas Llosa también fue muy generoso con sus descubrimientos en el crisol.
A un recetario de cocina se le piden ingredientes, proporciones y claridad. Otro asunto es cuando un gourmet como Vázquez Montalbán, pongamos por caso, despliega su ingenio deslindando la geografía de los potajes hispanos o la metafísica de la tortilla de patatas. Algo parecido sucede con los manuales de escritura. Conviven en el mercado compendios, con prosa de prospecto farmacéutico, que compactan los básicos del sofrito narrativo (el punto de vista, la carne del personaje, la maicena que espesa las tramas, la sal del tiempo y demás) con obras que gravitan en otra órbita, como El arte de la ficción, de David Lodge, o el mucho más antiguo The craft of fiction (1921), de Percy Lubbock, que fue pionero en el análisis del mostrar frente al contar. Se trata de prontuarios elaborados por escritores con muchas lecturas detrás, con años de romperse la crisma tratando de revelar la magia que se esconde entre las piezas del mecano para compartir luego hallazgos y decepciones. Vargas Llosa también fue muy generoso con sus descubrimientos en el crisol.Seguir leyendo…
A un recetario de cocina se le piden ingredientes, proporciones y claridad. Otro asunto es cuando un gourmet como Vázquez Montalbán, pongamos por caso, despliega su ingenio deslindando la geografía de los potajes hispanos o la metafísica de la tortilla de patatas. Algo parecido sucede con los manuales de escritura. Conviven en el mercado compendios, con prosa de prospecto farmacéutico, que compactan los básicos del sofrito narrativo (el punto de vista, la carne del personaje, la maicena que espesa las tramas, la sal del tiempo y demás) con obras que gravitan en otra órbita, como El arte de la ficción, de David Lodge, o el mucho más antiguo The craft of fiction (1921), de Percy Lubbock, que fue pionero en el análisis del mostrar frente al contar. Se trata de prontuarios elaborados por escritores con muchas lecturas detrás, con años de romperse la crisma tratando de revelar la magia que se esconde entre las piezas del mecano para compartir luego hallazgos y decepciones. Vargas Llosa también fue muy generoso con sus descubrimientos en el crisol.

El argentino Javier Argüello (Santiago de Chile, 1972) ha ido en otra dirección en Siete consejos para escritores (Folch & Folch). No figuran aquí desguaces minuciosos sobre la práctica literaria ni lecturas cruzadas, sino breves sentencias a la manera de los decálogos que compilaron en su día Horacio Quiroga, Onetti o Augusto Monterroso. Sabias decantaciones, sorbos cortos de un licor añejo, iluminaciones con la certeza de un puñetazo que condensan cuatro décadas en el yunque de la escritura, además de su experiencia docente en diversos espacios, como la Escola d’Escriptura de l’Ateneu Barcelonès. Un breviario con 73 reflexiones, un credo moral, una especie de ars poetica con pilares muy claros: si no tienes nada que contar, mejor acódate en la ventana y observa pasar la vida; no te hagas el cínico ni el ingenioso ni el raro ni el maldito; no tengas miedo de quedarte en cueros; ¡estructura, estructura y más estructura, por favor!; y sobre todo una honestidad brutal con uno mismo y con el lector. Una honestidad como la que se sentía de adolescente para decir: “Lo único bueno de que te publiquen es descubrir que ahí no había nada esperando”.
Javier Argüello reivindica en su ‘ars poetica’ una “honestidad brutal” para abordar la literatura
En la portada de este pequeño ensayo, en una edición muy cuidada, una miniatura de tapa dura, aparece un monstruo horripilante digno de figurar en un bestiario medieval: un animal con cabeza de mujer, cuello y crines de caballo, cuerpo plumífero, como el de un avestruz, y cola de pez disforme. Se trata del engendro que Horacio imaginó para definir esas obras pegote, “sin ninguna trabazón entre el principio y el fin”, esos libros que huyen de lo esencial: sencillez y unidad. El bicho de Horacio. El diseñador Federico Stempler se ha atrevido a darle forma, a trazar los perfiles de una alimaña que nadie había dibujado hasta ahora, que sepamos. El libro de Argüello, por cierto, inaugura nueva colección editorial: Siete Consejos.
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