Ceuta: cuando tener razón no basta

No basta con tener razón; hay que saber explicarla a propios y extraños. Las asociaciones estratégicas se ponen a prueba cuando surgen divergencias Leer No basta con tener razón; hay que saber explicarla a propios y extraños. Las asociaciones estratégicas se ponen a prueba cuando surgen divergencias Leer  

Tras el frenesí informativo de los primeros días de agosto, en los que Ceuta ocupó las portadas de medio mundo, los focos se desplazan a otras noticias mientras la ciudad continúa soportando las consecuencias de la avalancha humana precipitada el día de la Fiesta del Trono de Mohamed VI, que dista mucho de entrar en vía de solución. El interés internacional se centra ahora, con menor relieve, en la dimensión humanitaria: los miles de personas que todavía vagan por sus calles, la inseguridad -con episodios que van desde la violencia física hasta escenas tan enternecedoras cuan desoladoras como las niñas que duermen junto a los coches patrulla de la policía en busca de protección-, la saturación insoportable de los servicios públicos, el vandalismo, los comercios que apenas se atreven a levantar la persiana, los residentes autoconfinados. Y merece seguimiento la vigilancia reforzada de Marruecos, y cómo afecta al tráfago cotidiano, por el anuncio, salido no se sabe de dónde, de un nuevo intento de asalto para el 15 de agosto. Son asuntos dignos de atención. Pero si dejamos que lo ocurrido se deslice hacia una crisis migratoria más y sus secuelas, volveremos a equivocarnos.

Corresponde, así, separar y analizar tres cuestiones que demasiado a menudo aparecen confundidas.

La primera atañe a la soberanía. Ceuta no es sólo una ciudad española -excluida de la cobertura OTAN-, es también territorio de la Unión Europea. La utilización masiva de la inmigración como instrumento de presión sobre una frontera exterior europea constituye una forma de agresión política que la Unión no puede normalizar. Ya ocurrió en la frontera oriental con Bielorrusia. Cambian los escenarios; empieza a repetirse una misma lógica: turbas que son empujadas a irrumpir en territorio comunitario.

La segunda concierne a Marruecos. Aquí aparece una diferencia importante, de doble faz, respecto de otros precedentes europeos. Primero, Minsk es adversario declarado de la Unión Europea, mientras que Rabat es uno de los más estrechos y relevantes socios de Bruselas en la vertiente sur. Precisamente por eso el episodio resulta más inquietante: las trabazones estratégicas se ponen a prueba cuando surgen divergencias, no cuando los intereses coinciden. Segundo, frente a la instrumentalización de inmigrantes abrumadoramente procedentes de terceros países, en Ceuta el protagonismo ha correspondido a la multitud de marroquíes, en particular jóvenes marroquíes. Esa circunstancia modifica la naturaleza del problema. La migración deja de ser únicamente un fenómeno exterior para convertirse también en recurso político con proyección internacional. Las aspiraciones, las frustraciones y, en demasiados casos, la desesperanza de una parte de la juventud del reino alauita pasan a incluirse en un mecanismo de presión diplomática.

La tercera dimensión obliga a abandonar los eslóganes para, sin desprendernos de la geografía, entrar en la historia. Sería un error responder a la narrativa marroquí limitándonos a repetir la incontestada soberanía española de Ceuta. O recordar que ninguna de las dos ciudades autónomas figura en la lista de territorios carentes de autogobierno de Naciones Unidas, que sí encuadran el Sáhara Occidental y Gibraltar. Ceuta, conquistada por Portugal en 1415, es ininterrumpidamente ibérica desde principios del siglo XV, esto es 75 años antes de la reconquista de Granada. Jurídicamente es incontrovertible. Políticamente resulta insuficiente.

No basta con tener razón. Hay que saber explicarla, La legitimidad tiene que hacerse inteligible a propios y extraños.

Y para hacerlo conviene empezar en el Estrecho. Por milenios Estrecho ha unido las dos orillas de ese espejo de olivos y limoneros que es el Mediterráneo occidental, facilitando el mestizaje, el comercio, las influencias recíprocas; y también los conflictos. Fenicios, cartagineses, mauritanos y romanos hicieron de él un espacio fluido antes de que la expansión islámica integrara ambos márgenes en un mismo horizonte político, cultural y religioso. Más tarde enriquecerían la ribera sur los andalusíes desplazados por el avance de la Reconquista, los moriscos y judíos expulsados de la península que marcarían ciudades como Tetuán, Xauen, Larache o Rabat. La historia nunca fue lineal, pero sí compartida; un haz de lazos, en los que no han faltado los nudos.

Así, a finales del siglo VIII, y con claridad a partir del siglo IX fue consolidándose en torno a Fez una autoridad política cuya intensidad conoció avances y retrocesos, cuya fortuna alcanzó relevancia y también periodos de decaimiento, pero cuya continuidad resulta difícil ignorar. Idrisíes, almohades, benimerines y, desde el siglo XVII, alauíes pespuntean una historia propia que no puede reducirse al esquema simplificador del colonialismo europeo; formas de organización política distintas del Estado moderno, apoyadas en complejas relaciones de vasallaje entre el poder central y tribus, sedentarizadas así como nómadas. Orillar esa especificidad tampoco ayuda a comprender el presente.

En sus momentos de esplendor Fez mantuvo vínculos diplomáticos estables con las principales capitales europeas. El Protectorado forma parte de la memoria de ambos pueblos; no encaja, sin embargo, la realidad de aquellos años con la idea generalizada de lo que fue, en la bisagra de los siglos XIX al XX, el despliegue europeo por el continente africano. Existen, además, territorios cuya evolución histórica no coincide exactamente con la de la ciudad fortificada originaria. Este contexto merece ser conocido e integrado.

Ceuta es, ante todo, una ciudad. Y las ciudades nunca son solamente geografía. La geografía explica dónde están; la historia explica lo que son. Sus calles, sus instituciones, sus habitantes y su memoria construyen una realidad que ningún mapa alcanza a describir por completo. Reducir la presencia española en el norte de África a un litigio territorial o envolverla exclusivamente en la legitimidad del derecho internacional significa desatender aquello que la caracteriza.

Sin duda, es de esperar que el gobierno habilite un plan de emergencia generoso y multidisciplinar que mitigue la catástrofe provocada. Pero España tiene una responsabilidad que va mucho más allá de reaccionar con magnanimidad cuando estalla una crisis: necesita una política de Estado específica, comprometida y sostenida en el tiempo. Carece de ella. Eso exige firmeza en la defensa de la soberanía; en ella deben implicarse por interés -y por la esencia misma del proyecto- los europeos, en particular las autoridades comunes. Requiere actuación continuada del Estado. Impone, además, el diálogo sereno y replanteo de la relación con Rabat. Precisa inversión proactiva, de envergadura, en Ceuta y Melilla, cuyas necesidades no pueden quedar relegadas hasta el próximo conflicto. Demanda normalidad institucional -incluida la presencia del Jefe del Estado siempre que corresponda-. Todo ello engarzado en un relato capaz de explicar cómo las dos ciudades autónomas forman parte del proyecto de España en este siglo, sin adulterar la historia compartida con Marruecos.

Las ciudades no viven sólo de los tratados. Viven también del sedimento de las vicisitudes que atravesaron aquellos que las han ido creando y de la voluntad colectiva nacional de seguir construyéndolas.

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