Barcelona, 2091: Andrew Smith III & Lucas Johnson IV se aburren

Situémonos primero en el año en el que arranca esta historia. Vayamos al futuro, que un día será presente, allá por 2091. La humanidad está hecha unos zorros, la energía eléctrica está mal vista y en Barcelona, donde nos encontramos, la constructora Limak asegura dar los últimos retoques al Spotify Camp Nou ante el estupor general. Hace calor, una media de 52 grados a la sombra, pero nadie lo nota porque hace décadas que se vive bajo techo, en una especie de amplias colmenas con nombres de grandes almacenes antiguos, ya inexistentes, como si tuviera algo de gracia. Colmena L’Illa, Colmena Hipercor, Colmena Sepu, Colmena Galerías Preciados, y así todas. El sentido del humor no es el punto fuerte de las generaciones que están por venir.

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 “Un estudio matemático indica que hay un 47% de posibilidades de que seamos una simulación hecha por la inteligencia artificial de otra civilización”, según Hervé le Tellier, matemático y escritor, premio Goncourt 2020  

Situémonos primero en el año en el que arranca esta historia. Vayamos al futuro, que un día será presente, allá por 2091. La humanidad está hecha unos zorros, la energía eléctrica está mal vista y en Barcelona, donde nos encontramos, la constructora Limak asegura dar los últimos retoques al Spotify Camp Nou ante el estupor general. Hace calor, una media de 52 grados a la sombra, pero nadie lo nota porque hace décadas que se vive bajo techo, en una especie de amplias colmenas con nombres de grandes almacenes antiguos, ya inexistentes, como si tuviera algo de gracia. Colmena L’Illa, Colmena Hipercor, Colmena Sepu, Colmena Galerías Preciados, y así todas. El sentido del humor no es el punto fuerte de las generaciones que están por venir.

La democracia fue descartada en el 2068, y el sistema político imperante es de difícil definición a ojos actuales. Digamos que es un yo me lo guiso, yo me lo como individualista y libertario combinado con una cantidad mínima de organismos comunitarios para guardar cierto equilibrio. Todo aquel sujeto que no entra en esa lógica social es expulsado de la correspondiente colmena y se fríe en el exterior como un huevo frito en apenas unas horas. Aclaración: no hay servicios funerarios para esos parias. Por lo demás, solo se habla un idioma, nacido algorítmicamente de la mezcla de todos los del mundo, así que debemos lamentar la desaparición de entidades como Òmnium Cultural (RIP, 2051) y el Instituto Cervantes (RIP, dos años después). La resistencia de la primera organización acabó con un señor mayor gritando “Xirinacs president!” encadenado a la puerta de entrada de una sede ya vacía, y la de la segunda, con unos cuantos funcionarios reclamando tres días libres por asuntos propios antes de abandonar la lucha y ser desalojados. El censo de la ciudad es un galimatías. Según las fuentes consultadas, oscila entre los 250.000 y los diez millones de habitantes. Los medios de comunicación fiables perecieron hace ya mucho. Nadie distingue entre verdad, mentira y viceversa. No hay amor, y el placer sexual se obtiene únicamente de modo virtual u onanista.

Érase una vez dos guardianes de un almacén con millones de vidas ya apagadas

En una colmena-almacén de segunda clase ubicada a las afueras de Barcelona, los vigilantes Andrew Smith III y Lucas Johnson IV, mitad humanos mitad cíborgs y a quienes podríamos llamar de ahora en adelante Andy & Lucas, aunque no lo haremos porque sería frivolizar sobre las maldades que perpetrarán y que aquí serán narradas, se disponen a iniciar una nueva y tediosa jornada laboral. Ambos son feos de solemnidad, cada uno a su manera, y pertenecen a una casta poco valorada, de hecho son trabajadores, y eso es de lo peor que se puede ser. Andrew Smith III tiene más iniciativa que Lucas Johnson IV, cuya parte robótica le hace ser más contraído puesto que fue programado para tareas poco intrépidas con objeto de no dar excesivos problemas, mientras que su colega, de espíritu más aventurero, es uno de los supervivientes anónimos de un experimento fallido llamado Cronos, llevado a cabo por una empresa privada, Temps Era Temps, hoy en concurso de acreedores. Andrew y Lucas son dos seres defenestrados que se aburren hace años.

“Pero, exactamente, ¿cuál era tu tarea en Cronos?”, pregunta Lucas a Andrew entre las tres y las cuatro de la tarde de un lunes de julio del 2091. La curiosidad de Lucas tiene su aquel, por cuanto no la suele demostrar por ningún tema.

A Andrew le da pereza contestar, pues se acaba de zampar un comprimido en forma de pastilla con el sabor y la composición de un platazo de fabada asturiana con chorizo y le entra el duermevela de la siesta, pero finalmente, desvelado por el recuerdo de aquellos años de esplendor, se arranca.

“Era la época dorada de los viajes en el tiempo antes de que fueran prohibidos, ¿recuerdas? El Marina d’Or de los megapijos tecnológicos. Se hacían muy pocos al mes y eran carísimos. Para los viajeros eran 10 segundos reales de su vida, pero equivalían a una semana de estancia en el pasado. Yo me encargaba de que los nativos temporales no modificaran sus vidas en exceso a través de un sofisticado programa de inteligencia artificial, pero la cosa se desmadró. Hubo tipos que cuando regresaban del viaje metían en la maleta a personas dobladas como contorsionistas. Se habían enamorado. Un desastre. Llegaban aquí íberos layetanos, griegos, fenicios, soldados de alguna cruzada, astronautas rusos y hasta perros salchicha. Insostenible”.

“Fascinante”, contestó Lucas, quien posiblemente usaba esa palabra por primera vez en su vida para fingir una inteligencia que no tenía.

Semanas después, sin saber a qué respondían esos ataques repentinos de interés, Lucas volvió a la carga.

“¿Qué hay en todas esas paredes? ¿Por qué no podemos ni tocarlas?”.

Andrew se lo pensó mucho antes de contestar, pero finalmente lo hizo. La sala donde convivían a diario era enorme, similar a un hangar, apenas había una mesa, un armario, dos sillas y un par de camastros como mobiliario, y en los cientos de metros de pared que configuraban el edificio en forma rectangular se elevaban millones de cajones, como pequeñas cajas fuertes al estilo de los bancos suizos, cada una con un nombre, apellidos y una fecha.

“Aquí tenemos las vidas, hoy apagadas, de multitud de personas almacenadas en forma de cromo”, resumió Andrew, con pocas palabras.

“Mmm”, respondió Lucas.

Esa misma noche, aprovechando que Andrew dormía, Lucas desafió a su naturaleza apocada y se acercó a las paredes en busca de algo, seguramente una razón para esquivar la monotonía. Pasó el dedo por varios cajones hasta que encontró uno que le llamó la atención. Lucio Minicio Natal Quadronio Vero; en latín más o menos igual: Lucius, Minicius, Natalis, Quadrionius, Verus. Ese hispano nacido en Barcino no es consciente de la que se le viene encima.

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