Barcelona, 1992: sexo en el Bagdad y otras aventuras

Esta vez Andrew y Lucas, los dos mentecatos que gobiernan el destino de Minicus jr, se documentan antes de decidir a qué época lanzarlo. Como saben que fue campeón olímpico de cuadrigas creen que se adaptará a la ciudad justo cuando se celebran una nuevas Olimpiadas en el año 1992. La lógica es de una estupidez supina.

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 “Un estudio matemático indica que hay un 47% de posibilidades de que seamos una simulación hecha por la inteligencia artificial de otra civilización”, según Hervé le Tellier, matemático y escritor, premio Goncourt 2020  

En el capítulo anterior…

Minicus jr vive su primer salto en el tiempo, concretamente al 5 de agosto de 1391, justo cuando cientos de barceloneses arrasan el barrio judío movidos por el hambre, la peste y la pobreza. Nuestro protagonista liquida a unos cuantos indígenas antes de convertirse al cristianismo. En estos momentos viste camisa, jubón, calzas ajustadas y unos zapatos de piel de puntas alargadas, muy al estilo del siglo XIV.

​Consulta los capítulos anteriores de Experimento Cronos:
​1. Barcelona, 2091: Andrew Smith III & Lucas Johnson IV se aburren
​2. Barcino, 130 d.C: Minicius júnior es abducido
​3. Barcelona, 1391: hambre, violencia y peste para empezar

Esta vez Andrew y Lucas, los dos mentecatos que gobiernan el destino de Minicus jr, se documentan antes de decidir a qué época lanzarlo. Como saben que fue campeón olímpico de cuadrigas creen que se adaptará a la ciudad justo cuando se celebran una nuevas Olimpiadas en el año 1992. La lógica es de una estupidez supina.

Minicius jr se dispone a plantar un pino todavía en 1391 (qué casualidad, el teletransporte siempre le sorprende evacuando) cuando nota que su cuerpo va perdiendo partes en cuestión de segundos. Ahora un brazo, ahora otro, después las piernas y en un momento el tronco y todo lo demás. “Otra vez no, Júpiter, ¡apiádate de mí!”, implora Minicius, quien obviamente se había convertido al cristianismo por conveniencia pues seguía creyendo en sus dioses de antes, mucho más fiables. Las extremidades reaparecen y poco después todo él. A su alrededor estalla un nuevo paisaje desconocido presidido por el ruido y el caos, saturado de elementos que boicotean su capacidad de entendimiento: cuadrigas que se mueven sin caballos (léase coches), así como motos, postes metálicos con colorines (semáforos) y ríos de gente que fluye de arriba a abajo… Al borde del llanto, le llama la atención un local con luces de neón. Se adentra por la puerta principal sin que nadie le detenga, pues el segurata de la entrada, viendo la pinta que lleva de Robin Hood con las medias ajustadas, interpreta que participa en el show.

“Cada vez me los envían más raros”, contesta la Juani, propietaria del Bagdad

“Escolti, senyora, el meu nom és Lucius Minicius Natalis Quadronius Verus. Em podria dir a quin any som i on estem ara mateix?”, pregunta desesperado Minicus jr a una mujer rubia con cara de saberlo todo.

“Cada vez me los envían más raros”, contesta la Juani, propietaria de la sala Bagdad, que es donde ha sido escupido el títere esta vez, y acto seguido acompaña al estrafalario visitante hacia uno de los camerinos. “Anda, tira para allá figurín, a ver si te sacamos algo de provecho”.

Allí se topa con un hombre joven a un pene descomunal pegado. Responde al nombre de Nacho y no quiere saber nada del mundo en ese momento. Gime, se golpea insistentemente la cabeza contra la pared y repite una y otra vez: “Otro gatillazo, la madre que me parió, qué va a ser de mí si el miembro no me obedece”. Minicius jr da marcha atrás, sortea a un fakir de más de 80 años que sostiene con su verga un yunque a modo de entrenamiento y se va decidido a buscar la salida del antro, pero, lejos de conseguirlo, es detenido por la Juani, que le dice: “¿A dónde vas, rey? Tira para el escenario, que te espera la Tania”.

Sin margen para la huida, Minicus jr es arrojado a un espacio circular rodeado de público, una especie de circo romano en miniatura donde efectivamente se encuentra a una mujer que va vestida (es un decir) de egipcia, con lo cual a nuestro héroe le peta definitivamente la cabeza.

Aturdido, balbucea la siguiente pregunta a su partenaire para romper el hielo:

“¿Qué tal con Marco Antonio?”.

Tania le agarra el miembro al tiempo que contesta a viva voz: “Qué Marco Antonio ni qué niño muerto”. “Y espabila, que hoy nos ha venido a ver el Magic Johnson ese. Te toca aparcar el coche en mi garaje”, añade, quitándose la ropa y abriéndose de piernas.

Minicius jr es incapaz de procesar toda la información que acaba de serle facilitada: acaba de fallecer un niño, debe introducir una cuadriga no sé donde y a todo esto un gigante de piel oscura le mira atentamente junto a una mujer desnuda que, todo hace indicar, procede de Egipto. Aún así, y contra todo pronóstico, Minicius es capaz de presentar una erección más que meritoria, hazaña que es aprovechada por la tal Tania para el ensamblaje. Después de 20 minutos de toma y daca, la grada rompe en merecidos aplausos, reacción que comparten Andrew Smith III y Lucas Johnson IV desde el más allá, en concreto desde el año 2091.

Desorientado, Minicius jr busca de nuevo la salida y la encuentra no sin antes recibir un sobre con cinco papeles de color verde (5.000 pesetas) y un par de monedas que le recuerdan lejanamente a un par de denarios por parte de la Juani. “Estás fichado corasón , mañana a la misma hora”, le conmina.

Ya en el exterior, todavía sudoroso y por supuesto desesperado, Minicius jr corre hacia ninguna dirección esquivando obstáculos hasta llegar a una gran avenida en la que divisa un coche con caballos de verdad. Golpea al supuesto propietario sin mediar palabra (está harto de dialogar con los indígenas) y agarra las riendas de la extraña cuadriga (destinada en realidad a turistas) esperando salir a toda velocidad. La respuesta de los animales es decepcionante, poco épica, pero al menos avanza al trote cochinero. Al cabo de unos minutos se dispone a entrar en la ronda litoral sentido Llobregat. Andrew y Lucas, que han seguido las andanzas de su juguete humano con entusiasmo cruel, ven llegar un tráiler de 18 ruedas en dirección al carruaje de Minicus. “Se va a matar”, coinciden ambos. Es momento de llevarlo a otra época por la vía de urgencia para evitar una colisión mortal que acabaría con el entretenimiento. “Con lo bien que nos lo estábamos pasando”, se lamentan.

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