La frágil paz que vuelve a Oriente Medio no clausura ningún ciclo. Apenas lo suspende. Bajo la superficie de los acuerdos y las treguas persiste una tensión más profunda, menos visible pero más determinante: la que enfrenta a las grandes potencias en la pugna por el liderazgo tecnológico y, con él, por la capacidad de ordenar el mundo que viene. No se trata solo de beneficios empresariales. Lo que está en juego es la posibilidad de fijar las reglas del crecimiento durante las próximas décadas. La historia muestra que quien lidera una transformación productiva no solo innova, sino que también condiciona el marco que la acompaña.
La frágil paz que vuelve a Oriente Medio no clausura ningún ciclo. Apenas lo suspende. Bajo la superficie de los acuerdos y las treguas persiste una tensión más profunda, menos visible pero más determinante: la que enfrenta a las grandes potencias en la pugna por el liderazgo tecnológico y, con él, por la capacidad de ordenar el mundo que viene. No se trata solo de beneficios empresariales. Lo que está en juego es la posibilidad de fijar las reglas del crecimiento durante las próximas décadas. La historia muestra que quien lidera una transformación productiva no solo innova, sino que también condiciona el marco que la acompaña.Seguir leyendo…
La frágil paz que vuelve a Oriente Medio no clausura ningún ciclo. Apenas lo suspende. Bajo la superficie de los acuerdos y las treguas persiste una tensión más profunda, menos visible pero más determinante: la que enfrenta a las grandes potencias en la pugna por el liderazgo tecnológico y, con él, por la capacidad de ordenar el mundo que viene. No se trata solo de beneficios empresariales. Lo que está en juego es la posibilidad de fijar las reglas del crecimiento durante las próximas décadas. La historia muestra que quien lidera una transformación productiva no solo innova, sino que también condiciona el marco que la acompaña.
No sorprende que las fricciones se hayan intensificado a medida que se hacía evidente el potencial disruptivo de la nueva economía, la del big data , la internet de las cosas, la inteligencia artificial y otras siglas en formación. Tampoco sorprende que se haya ido diluyendo la idea –dominante durante décadas– de que Estados Unidos lideraría en solitario el siguiente ciclo económico. Sigue siendo central, pero ya no exclusivo. El ajuste se ha manifestado, sobre todo, en forma de barreras comerciales, levantadas desde hace más de una década por gobiernos de distinto signo –unos, con diplomacia y sigilo, otros, con descaro y menosprecio– hasta derrocar el viejo orden internacional.
Las fricciones aumentan, pero también lo hacen los vínculos que las contienen
Ahora bien, interpretar el momento actual como una confrontación entre bloques sería engañoso. Mientras aumentan las fricciones, los grandes espacios económicos siguen profundamente entrelazados por interdependencias comerciales, financieras y tecnológicas. Es la inercia –y la fuerza– de la globalización, dada por amortizada demasiado a menudo. El comercio de bienes resiste, y el de servicios, más intangible y difícil de regular, se expande con una intensidad que la nueva economía no hará sino amplificar. Las fricciones aumentan, pero también lo hacen los vínculos que las contienen. De esa tensión nace la globofricción .
Los algoritmos que siguen en las redes los términos asociados al conflicto comercial o a la rivalidad geopolítica retratan bien esta época. Los episodios de tensión son frecuentes, pero breves. La retórica se acelera, las amenazas se acumulan y, llegado un punto, la realidad de la interdependencia impone una pausa. Ocurrió cuando la escalada comercial entre Estados Unidos y China se moderó al hacerse evidente una dependencia mutua difícil de eludir. Y cabe esperar que algo similar suceda ahora en Oriente Medio, donde la estabilidad no responde tanto a una aspiración moral como a una necesidad material compartida: que las mercancías sigan circulando sin sobresaltos, también por el estrecho de Ormuz.
Mientras la carrera por liderar la nueva economía siga abierta, la globofricción tendrá nuevos episodios. Los acuerdos son provisionales; los contenciosos latentes –de Cuba a Taiwán pasando por Groenlandia– permanecen disponibles para reactivarse. Pero, del mismo modo que las treguas no clausuran los conflictos, tampoco las tensiones logran romper del todo un sistema que sigue siendo compartido. En ese espacio intermedio –entre la rivalidad y la cooperación– se inscribe la Unión Europea: un proyecto nacido de la conciencia de los límites, de la convicción de que la interdependencia no es una debilidad, sino una condición estructural. Europa, también atrapada en la globofriccion , no marca el ritmo de la rivalidad global, ni se la espera en el campo de batalla tecnológico, pero sigue siendo el referente en lo esencial: el orden no se recompone desde la fuerza, sino desde la aceptación de lo compartido.
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