Ahí arriba, en el espacio, un gran número de objetos, desde estrellas individuales a grandes cúmulos de galaxias, emiten radiación en forma de rayos X. Pero no todos esos rayos son iguales. Los hay de baja energía, a los que los astrónomos se refieren como ‘blandos’, y también mucho más penetrantes, los llamados rayos X ‘duros’.Desde siempre, explorar el Universo en la banda de los rayos X blandos ha sido algo parecido a intentar ver un paisaje nocturno a través del cristal sucio y empañado de un coche en marcha. Por eso, y durante décadas, las observaciones del cosmos más lejano se han visto ‘emborronadas’ por un molesto y difuso resplandor fluctuante. Una luz fantasmagórica que no proviene de agujeros negros lejanos ni de colosales cúmulos de galaxias, sino de nuestra propia ‘casa’: el Sistema Solar.El fenómeno tiene un nombre técnico complejo: ‘intercambio de carga del viento solar’ (o SWCX, por sus siglas en inglés). Para entenderlo, podemos pensar en una autopista por la que circulan vehículos a toda velocidad (las partículas altamente cargadas que el Sol expulsa en forma de viento solar). De repente, estos bólidos atraviesan espesos bancos de niebla, el gas difuso, neutro o poco ionizado de la heliosfera (la inmensa ‘burbuja’ magnética que envuelve todo el Sistema Solar ).Noticia relacionada general No No El primer billonario y cambios en el ADN: los verdaderos desafíos de vivir en la Luna José Manuel NievesAl chocar a semejantes velocidades, los pesados iones del viento solar le ‘roban’ electrones a los átomos del gas interplanetario. Lo que deja al ion en un estado de alta excitación que, al relajarse de nuevo, libera un destello de energía en forma de fotón de rayos X, dando lugar a la ‘niebla’.Debido al hecho de que la actividad y la composición del viento solar cambian constantemente, esta ‘niebla luminosa’ varía en el tiempo, en el espacio y en sus características espectrales, convirtiéndose en una auténtica pesadilla para los astrofísicos. Los intentos y estudios anteriores para corregir esta contaminación apenas habían logrado estimaciones parciales y con altos márgenes de incertidumbre. Hasta ahora.Un observatorio privilegiadoUn equipo internacional de investigadores liderado por Konrad Dennerl, del Instituto Max Planck, ha logrado la proeza de separar ese brillo local del auténtico fondo cósmico. El hito, recién publicado en ‘ Science ‘, ha sido posible gracias a los datos de eROSITA, el telescopio de rayos X a bordo de la nave espacial ruso-alemana Spectrum-Roentgen-Gamma (SRG). A diferencia de otros observatorios, la SRG orbita a 1,5 millones de kilómetros de nuestro planeta. Esta posición es vital, ya que lo sitúa muy por encima de la geocorona terrestre, la envoltura superior de nuestra atmósfera que también genera sus propios y molestos rayos X.El violento choque entre el viento solar y el gas interplanetario genera una ‘niebla’ de rayos X que durante décadas ha emborronado nuestra visión del cosmos más lejanoDennerl y sus colegas analizaron el hemisferio galáctico occidental utilizando los datos de cuatro barridos completos del cielo (del eRASS 1 al eRASS 4), tomados en intervalos de seis meses desde diciembre de 2019. Casualmente, esas fechas coincidieron con un periodo de mínima actividad del ciclo de once años de nuestro Sol. La estrategia de los investigadores fue sencilla: asumiendo que las fuentes del espacio profundo no cambian drásticamente a gran escala, seleccionaron la imagen con el flujo más débil en cada región del cielo, eliminando así los picos temporales del viento solar.El resultado fue el mapa del cielo oscuro más limpio jamás creado en la banda energética de 0,27 a 0,69 kiloelectronvoltios (keV). «Hemos logrado constreñir y cuantificar las emisiones de rayos X blandos de la heliosfera», señala Dennerl en el estudio. Y los datos son contundentes: en las regiones más oscuras de este nuevo mapa, los análisis confirman que más del 94% del flujo observado proviene indiscutiblemente de más allá del Sistema Solar.De brillo molesto a mina de oro para la CienciaEn ciencia, sin embargo, a menudo lo que para algunos no es más que basura supone un auténtico tesoro. Y resulta que ese ‘ruido’ que emborrona las imágenes de los telescopios se ha convertido, también, en una herramienta inédita para estudiar nuestro propio entorno. De hecho, al aislar esa emisión de todo lo demás, los investigadores descubrieron que pueden usar esos rayos X como si fueran un radar para cartografiar cómo fluye la materia interestelar a través de nuestro sistema.Al orbitar a 1,5 millones de kilómetros de la Tierra, el telescopio eROSITA consigue esquivar la contaminación de rayos X que emite nuestra propia atmósferaAsí, Dennerl y sus colegas trazaron un mapa tridimensional de emisiones y encontraron un patrón que delata la dirección en la que el Sistema Solar navega a través del Medio Interestelar Local (LISM) a una velocidad de 26 kilómetros por segundo. Y detectaron cómo los átomos de helio interestelar, atraídos por la gravedad del Sol, forman lo que se conoce como un ‘cono de enfoque de helio’, una densa región donde la colisión con el viento solar dispara la emisión de rayos X. Los átomos de hidrógeno, por su parte, sufren otro destino: la radiación los barre, esculpiendo una enorme ‘cavidad de hidrógeno’ en el espacio que nos rodea.Los datos también revelaron cómo, a medida que avanza el ciclo solar, el ‘viento solar lento’ (que contiene abundantes iones pesados altamente cargados) se expande desde el ecuador hacia latitudes más altas. Además, demostraron que el brillo fluctúa fuertemente a través de estructuras espirales de densidad dentro del propio viento, generando cambios de luminosidad en cuestión de horas. Un fenómeno que antes se atribuía erróneamente a la atmósfera de la Tierra.MÁS INFORMACIÓN noticia Si «La eliminación de los hombres más agresivos nos volvió más pacíficos» noticia Si Calculan, por fin, el tamaño real de un protón, y es más pequeño de lo que se creíaEn definitiva, eROSITA no solo nos ha entregado las ‘gafas’ más limpias de la historia para asomarnos al Universo profundo, sino que nos ha proporcionado un mapa meteorológico inigualable de las tormentas invisibles que barren las inmediaciones de nuestro hogar en el espacio. Ahí arriba, en el espacio, un gran número de objetos, desde estrellas individuales a grandes cúmulos de galaxias, emiten radiación en forma de rayos X. Pero no todos esos rayos son iguales. Los hay de baja energía, a los que los astrónomos se refieren como ‘blandos’, y también mucho más penetrantes, los llamados rayos X ‘duros’.Desde siempre, explorar el Universo en la banda de los rayos X blandos ha sido algo parecido a intentar ver un paisaje nocturno a través del cristal sucio y empañado de un coche en marcha. Por eso, y durante décadas, las observaciones del cosmos más lejano se han visto ‘emborronadas’ por un molesto y difuso resplandor fluctuante. Una luz fantasmagórica que no proviene de agujeros negros lejanos ni de colosales cúmulos de galaxias, sino de nuestra propia ‘casa’: el Sistema Solar.El fenómeno tiene un nombre técnico complejo: ‘intercambio de carga del viento solar’ (o SWCX, por sus siglas en inglés). Para entenderlo, podemos pensar en una autopista por la que circulan vehículos a toda velocidad (las partículas altamente cargadas que el Sol expulsa en forma de viento solar). De repente, estos bólidos atraviesan espesos bancos de niebla, el gas difuso, neutro o poco ionizado de la heliosfera (la inmensa ‘burbuja’ magnética que envuelve todo el Sistema Solar ).Noticia relacionada general No No El primer billonario y cambios en el ADN: los verdaderos desafíos de vivir en la Luna José Manuel NievesAl chocar a semejantes velocidades, los pesados iones del viento solar le ‘roban’ electrones a los átomos del gas interplanetario. Lo que deja al ion en un estado de alta excitación que, al relajarse de nuevo, libera un destello de energía en forma de fotón de rayos X, dando lugar a la ‘niebla’.Debido al hecho de que la actividad y la composición del viento solar cambian constantemente, esta ‘niebla luminosa’ varía en el tiempo, en el espacio y en sus características espectrales, convirtiéndose en una auténtica pesadilla para los astrofísicos. Los intentos y estudios anteriores para corregir esta contaminación apenas habían logrado estimaciones parciales y con altos márgenes de incertidumbre. Hasta ahora.Un observatorio privilegiadoUn equipo internacional de investigadores liderado por Konrad Dennerl, del Instituto Max Planck, ha logrado la proeza de separar ese brillo local del auténtico fondo cósmico. El hito, recién publicado en ‘ Science ‘, ha sido posible gracias a los datos de eROSITA, el telescopio de rayos X a bordo de la nave espacial ruso-alemana Spectrum-Roentgen-Gamma (SRG). A diferencia de otros observatorios, la SRG orbita a 1,5 millones de kilómetros de nuestro planeta. Esta posición es vital, ya que lo sitúa muy por encima de la geocorona terrestre, la envoltura superior de nuestra atmósfera que también genera sus propios y molestos rayos X.El violento choque entre el viento solar y el gas interplanetario genera una ‘niebla’ de rayos X que durante décadas ha emborronado nuestra visión del cosmos más lejanoDennerl y sus colegas analizaron el hemisferio galáctico occidental utilizando los datos de cuatro barridos completos del cielo (del eRASS 1 al eRASS 4), tomados en intervalos de seis meses desde diciembre de 2019. Casualmente, esas fechas coincidieron con un periodo de mínima actividad del ciclo de once años de nuestro Sol. La estrategia de los investigadores fue sencilla: asumiendo que las fuentes del espacio profundo no cambian drásticamente a gran escala, seleccionaron la imagen con el flujo más débil en cada región del cielo, eliminando así los picos temporales del viento solar.El resultado fue el mapa del cielo oscuro más limpio jamás creado en la banda energética de 0,27 a 0,69 kiloelectronvoltios (keV). «Hemos logrado constreñir y cuantificar las emisiones de rayos X blandos de la heliosfera», señala Dennerl en el estudio. Y los datos son contundentes: en las regiones más oscuras de este nuevo mapa, los análisis confirman que más del 94% del flujo observado proviene indiscutiblemente de más allá del Sistema Solar.De brillo molesto a mina de oro para la CienciaEn ciencia, sin embargo, a menudo lo que para algunos no es más que basura supone un auténtico tesoro. Y resulta que ese ‘ruido’ que emborrona las imágenes de los telescopios se ha convertido, también, en una herramienta inédita para estudiar nuestro propio entorno. De hecho, al aislar esa emisión de todo lo demás, los investigadores descubrieron que pueden usar esos rayos X como si fueran un radar para cartografiar cómo fluye la materia interestelar a través de nuestro sistema.Al orbitar a 1,5 millones de kilómetros de la Tierra, el telescopio eROSITA consigue esquivar la contaminación de rayos X que emite nuestra propia atmósferaAsí, Dennerl y sus colegas trazaron un mapa tridimensional de emisiones y encontraron un patrón que delata la dirección en la que el Sistema Solar navega a través del Medio Interestelar Local (LISM) a una velocidad de 26 kilómetros por segundo. Y detectaron cómo los átomos de helio interestelar, atraídos por la gravedad del Sol, forman lo que se conoce como un ‘cono de enfoque de helio’, una densa región donde la colisión con el viento solar dispara la emisión de rayos X. Los átomos de hidrógeno, por su parte, sufren otro destino: la radiación los barre, esculpiendo una enorme ‘cavidad de hidrógeno’ en el espacio que nos rodea.Los datos también revelaron cómo, a medida que avanza el ciclo solar, el ‘viento solar lento’ (que contiene abundantes iones pesados altamente cargados) se expande desde el ecuador hacia latitudes más altas. Además, demostraron que el brillo fluctúa fuertemente a través de estructuras espirales de densidad dentro del propio viento, generando cambios de luminosidad en cuestión de horas. Un fenómeno que antes se atribuía erróneamente a la atmósfera de la Tierra.MÁS INFORMACIÓN noticia Si «La eliminación de los hombres más agresivos nos volvió más pacíficos» noticia Si Calculan, por fin, el tamaño real de un protón, y es más pequeño de lo que se creíaEn definitiva, eROSITA no solo nos ha entregado las ‘gafas’ más limpias de la historia para asomarnos al Universo profundo, sino que nos ha proporcionado un mapa meteorológico inigualable de las tormentas invisibles que barren las inmediaciones de nuestro hogar en el espacio.
Ahí arriba, en el espacio, un gran número de objetos, desde estrellas individuales a grandes cúmulos de galaxias, emiten radiación en forma de rayos X. Pero no todos esos rayos son iguales. Los hay de baja energía, a los que los astrónomos se refieren como ‘ … blandos’, y también mucho más penetrantes, los llamados rayos X ‘duros’.
Desde siempre, explorar el Universo en la banda de los rayos X blandos ha sido algo parecido a intentar ver un paisaje nocturno a través del cristal sucio y empañado de un coche en marcha. Por eso, y durante décadas, las observaciones del cosmos más lejano se han visto ‘emborronadas’ por un molesto y difuso resplandor fluctuante. Una luz fantasmagórica que no proviene de agujeros negros lejanos ni de colosales cúmulos de galaxias, sino de nuestra propia ‘casa’: el Sistema Solar.
El fenómeno tiene un nombre técnico complejo: ‘intercambio de carga del viento solar’ (o SWCX, por sus siglas en inglés). Para entenderlo, podemos pensar en una autopista por la que circulan vehículos a toda velocidad (las partículas altamente cargadas que el Sol expulsa en forma de viento solar). De repente, estos bólidos atraviesan espesos bancos de niebla, el gas difuso, neutro o poco ionizado de la heliosfera (la inmensa ‘burbuja’ magnética que envuelve todo el Sistema Solar).
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Al chocar a semejantes velocidades, los pesados iones del viento solar le ‘roban’ electrones a los átomos del gas interplanetario. Lo que deja al ion en un estado de alta excitación que, al relajarse de nuevo, libera un destello de energía en forma de fotón de rayos X, dando lugar a la ‘niebla’.
Debido al hecho de que la actividad y la composición del viento solar cambian constantemente, esta ‘niebla luminosa’ varía en el tiempo, en el espacio y en sus características espectrales, convirtiéndose en una auténtica pesadilla para los astrofísicos. Los intentos y estudios anteriores para corregir esta contaminación apenas habían logrado estimaciones parciales y con altos márgenes de incertidumbre. Hasta ahora.
Un observatorio privilegiado
Un equipo internacional de investigadores liderado por Konrad Dennerl, del Instituto Max Planck, ha logrado la proeza de separar ese brillo local del auténtico fondo cósmico. El hito, recién publicado en ‘Science‘, ha sido posible gracias a los datos de eROSITA, el telescopio de rayos X a bordo de la nave espacial ruso-alemana Spectrum-Roentgen-Gamma (SRG). A diferencia de otros observatorios, la SRG orbita a 1,5 millones de kilómetros de nuestro planeta. Esta posición es vital, ya que lo sitúa muy por encima de la geocorona terrestre, la envoltura superior de nuestra atmósfera que también genera sus propios y molestos rayos X.
El violento choque entre el viento solar y el gas interplanetario genera una ‘niebla’ de rayos X que durante décadas ha emborronado nuestra visión del cosmos más lejano
Dennerl y sus colegas analizaron el hemisferio galáctico occidental utilizando los datos de cuatro barridos completos del cielo (del eRASS 1 al eRASS 4), tomados en intervalos de seis meses desde diciembre de 2019. Casualmente, esas fechas coincidieron con un periodo de mínima actividad del ciclo de once años de nuestro Sol. La estrategia de los investigadores fue sencilla: asumiendo que las fuentes del espacio profundo no cambian drásticamente a gran escala, seleccionaron la imagen con el flujo más débil en cada región del cielo, eliminando así los picos temporales del viento solar.
El resultado fue el mapa del cielo oscuro más limpio jamás creado en la banda energética de 0,27 a 0,69 kiloelectronvoltios (keV). «Hemos logrado constreñir y cuantificar las emisiones de rayos X blandos de la heliosfera», señala Dennerl en el estudio. Y los datos son contundentes: en las regiones más oscuras de este nuevo mapa, los análisis confirman que más del 94% del flujo observado proviene indiscutiblemente de más allá del Sistema Solar.
De brillo molesto a mina de oro para la Ciencia
En ciencia, sin embargo, a menudo lo que para algunos no es más que basura supone un auténtico tesoro. Y resulta que ese ‘ruido’ que emborrona las imágenes de los telescopios se ha convertido, también, en una herramienta inédita para estudiar nuestro propio entorno. De hecho, al aislar esa emisión de todo lo demás, los investigadores descubrieron que pueden usar esos rayos X como si fueran un radar para cartografiar cómo fluye la materia interestelar a través de nuestro sistema.
Al orbitar a 1,5 millones de kilómetros de la Tierra, el telescopio eROSITA consigue esquivar la contaminación de rayos X que emite nuestra propia atmósfera
Así, Dennerl y sus colegas trazaron un mapa tridimensional de emisiones y encontraron un patrón que delata la dirección en la que el Sistema Solar navega a través del Medio Interestelar Local (LISM) a una velocidad de 26 kilómetros por segundo. Y detectaron cómo los átomos de helio interestelar, atraídos por la gravedad del Sol, forman lo que se conoce como un ‘cono de enfoque de helio’, una densa región donde la colisión con el viento solar dispara la emisión de rayos X. Los átomos de hidrógeno, por su parte, sufren otro destino: la radiación los barre, esculpiendo una enorme ‘cavidad de hidrógeno’ en el espacio que nos rodea.
Los datos también revelaron cómo, a medida que avanza el ciclo solar, el ‘viento solar lento’ (que contiene abundantes iones pesados altamente cargados) se expande desde el ecuador hacia latitudes más altas. Además, demostraron que el brillo fluctúa fuertemente a través de estructuras espirales de densidad dentro del propio viento, generando cambios de luminosidad en cuestión de horas. Un fenómeno que antes se atribuía erróneamente a la atmósfera de la Tierra.
En definitiva, eROSITA no solo nos ha entregado las ‘gafas’ más limpias de la historia para asomarnos al Universo profundo, sino que nos ha proporcionado un mapa meteorológico inigualable de las tormentas invisibles que barren las inmediaciones de nuestro hogar en el espacio.
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