Gaudí tomó Montjuïc como referencia para construir la Sagrada Família: no debía exceder la altura de la obra divina que es la montaña, por lo que su torre más alta, la de Jesús, mide medio metro menos que el lugar donde, entre otras cosas, se ubica el Teatre Grec. Dos miradas, a lo divino y al pasado clásico humanístico, que este viernes convergieron en una actuación sagrada y profana, entre la montaña sagrada de Montserrat y el espíritu del festival Grec aunando la música barroca de Joan Cererols, compuesta en el siglo XVII, con las voces presentes de Lídia Pujol y Maria Arnal.
El espectáculo fue un canto a la vida, la naturaleza y la muerte, inevitable, aunque no temible
Gaudí tomó Montjuïc como referencia para construir la Sagrada Família: no debía exceder la altura de la obra divina que es la montaña, por lo que su torre más alta, la de Jesús, mide medio metro menos que el lugar donde, entre otras cosas, se ubica el Teatre Grec. Dos miradas, a lo divino y al pasado clásico humanístico, que este viernes convergieron en una actuación sagrada y profana, entre la montaña sagrada de Montserrat y el espíritu del festival Grec aunando la música barroca de Joan Cererols, compuesta en el siglo XVII, con las voces presentes de Lídia Pujol y Maria Arnal.
El centenario de la muerte de Gaudí y el cincuentenario del Grec convergieron para propiciar el concierto que arrancó ya de noche, cuando las vidrieras de la basílica no convierten en mil colores la luz del sol. Fue la música quien se encargó de mostrar estas Arrels de llum a las que se sumó el Cor Cererols. Canto a la vida, la naturaleza y la muerte como final inevitable, aunque no por ello temible. Como tampoco asustaba –pero sí imponía– el enorme interior del templo, sustentado por árboles de piedra en un bosque de luces y sombras que no se libró del sofoco estival.
El espectáculo fue un canto a la vida, la naturaleza y la muerte, inevitable, aunque no temible
La misma sensación transmitieron los músicos ensamblados por Josep Barcons, director del festival Espurnes Barroques, ubicados sobre el altar principal en esta suerte de inauguración laica de una basílica convertida desde hace más de un siglo en orgullosa vecina de Barcelona.
“ L’arbre no sap d’on li ve l’esperança ”, cantó Lídia Pujol vestida de blanco, y su eco recorrió toda la nave. Situó así el relato en la naturaleza, admirada por Gaudí y reflejada tanto en el árbol verde que corona la fachada del Nacimiento como en el parecido de las torres con las agujas pétreas de Montserrat. La montaña más sagrada del país estuvo presente mediante el Mariam Matrem del Llibre vermell , sí como en la Salve Montserratina de Anselm Ferrer, reflejo al mismo tiempo de la devoción que Gaudí sentía por la virgen María. Devotas sonaron también las interpretaciones a capela del coro a partir de piezas de Cererols, que el compositor de Martorell creó en el monasterio.

Lo contemporáneo llegó con la voz de Maria Arnal, que aportó tres temas de su último disco, donde experimenta con su voz en Madrigal , conjugando pasado y presente con un canto que prosiguió incluso cuando el micrófono no podía recogerlo. En Que me quiten dio rienda suelta a su pasión, aunque lo más excelso fue el Ball del vetllatori , tema tradicional que se entonaba para despedir a los niños de este mundo, y que anoche, a dueto con Pujol y a ritmo de suave jota, se embebió del silencio absoluto en que transcurrió el acto de principio a fin por petición expresa.
Lídia Pujol aportó la mundana y bucólica Cançó de suburbi , popularizada por Ovidi Montllor, para que “ sota el concert de les estrelles/anem fumant tranquilament ”. De su homenaje a la efímera Cecilia rescató Nada de nada , elevada por el coro y el órgano. Y se encargó de cerrar el concierto con ese Morir que Maria Mercè Marçal comparaba a regresar al útero, “ matriu de Déu ” y así desnacer .
También hubo muerte en el volátil Requiem de Cererols, al igual que Arbor lucis (árbol de luz), pieza ex profeso para el concierto de Josep Maria Guix, estrenada en la noche que ciudadanía y naturaleza hicieron suya la casa de Dios con la música transformada en liturgia.
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