En el punto más alto de Castellbisbal, en las entrañas de una antigua masía familiar, un discreto museo lleva años acogiendo a grupos reducidos de curiosos. Lluís Ribas los guía confiado por las estancias de su casa, hasta llegar a través de la cocina a un pequeño patio de luces. Allí, un taller sirve de antesala para este espacio museístico que no aparece en las guías, descubriendo toda clase de herramientas, estanterías con cajas de “cabezas” o “sombreros” y una especie de figura inacabada sobre una mesa que solo dispone de manos y pies. Pese a la carencia de ojos, de algún modo vigila al visitante. Lo recibe, atento. Detrás de él, una última puerta desvela un mensaje escrito a mano sobre su superficie: “Benvinguts al museu d’autòmats més petit del món”.
En Castellbisbal, Lluís Ribas atesora en la bodega de la antigua casa de su familia una colección única de veinte autómatas construidos por él
En el punto más alto de Castellbisbal, en las entrañas de una antigua masía familiar, un discreto museo lleva años acogiendo a grupos reducidos de curiosos. Lluís Ribas los guía confiado por las estancias de su casa, hasta llegar a través de la cocina a un pequeño patio de luces. Allí, un taller sirve de antesala para este espacio museístico que no aparece en las guías, descubriendo toda clase de herramientas, estanterías con cajas de “cabezas” o “sombreros” y una especie de figura inacabada sobre una mesa que solo dispone de manos y pies. Pese a la carencia de ojos, de algún modo vigila al visitante. Lo recibe, atento. Detrás de él, una última puerta desvela un mensaje escrito a mano sobre su superficie: “Benvinguts al museu d’autòmats més petit del món”.
Ribas llegó a los autómatas sin buscarlo. Estudió mecánica y, como se le daba bien, se hizo profesor. Un día, en su veintena, observaba ensimismado el funcionamiento de los autómatas que integran la colección del Tibidabo. Desde niño habían llamado su atención, pero no fue hasta entonces que decidió fabricarlos él mismo. Treinta años después, compagina las clases con el mantenimiento del espacio expositivo del parque de atracciones barcelonés y crea sus propias máquinas, que reúne en su diminuto museo. Este ocupa una vieja bodega de 45 m², donde habitan una veintena de autómatas. Todas sus piezas han sido construidas por Ribas, a excepción de ropajes y pinturas, a cargo de modistas y artistas.
La pieza más antigua de la colección es un payaso violinista con el que Ribas aprendió a construir movimiento
“Algunos hacen referencia al mundo del espectáculo. Son magos y payasos; personajes circenses. Otros son esculturas metálicas sin indumentaria que dejan sus engranajes a la vista”, aclara. Estos últimos tienen vocación artística y reflexionan sobre aspectos más íntimos de su vida o temas que le obsesionan, como la lucha entre el bien y el mal. Es el caso de un autómata con forma humana que hace funcionar un carrusel sobre su regazo. En él, se pueden leer los nombres de Pilar , Anna , Berta y Barcelona : “Mi madre, mi pareja, mi hija y mi tierra, las mujeres de mi vida”, revela. Bajo el carrusel, florecen palabras que hacen referencia a la cara amable del mundo: el pensamiento, el cine, la música, el teatro, la paz, el sexo… Y, más atrás, bajo el cuerpo del autómata, su lado negativo, desde las violaciones hasta el terrorismo y el fascismo.
La pieza más antigua es un payaso violinista con ropajes escarlata y profundos ojos azules: “Me sirvió para ensayar y aprender cómo se construyen los movimientos”, cuenta. En un rincón de la sala, una luna humanizada observa divertida e invita al juego. Al acercarse, el espectador debe escoger uno de los cuatro números que descansan bajo sus pies, que ella tendrá que acertar con la ayuda del toque mágico de su bastón. Un truco similar al que ofrece un mago situado enfrente.

La construcción de un autómata puede llevar a Ribas más de un año de trabajo. Es el caso del que homenajea al Tibidabo, el más reciente, en que una figura sujeta cuidadosamente con sus manos el parque de atracciones. “Este personaje representa a todo el público que sube al Tibidabo, que hace posible que siga funcionando”. En la maqueta, se pueden identificar el avión, los trabajadores del parque y unas rosas que simbolizan la naturaleza de la montaña de Collserola donde se ubica. Al fondo, las letras de Barcelona caen ruidosamente y se ponen en pie de nuevo una a una en un baile infinito, “mostrando cómo la ciudad siempre renace pese a los golpes que le han atestado a lo largo de su historia”, explica su creador.
Ribas desentraña en las visitas que organiza en su singular museo las historias de unos artefactos que las generaciones más jóvenes no terminan de comprender. “Les supera totalmente. Es el inicio de todo lo que se ha simplificado con la electrónica. Una historia de la técnica que se enseñó a sus padres, pero que ellos ya no han aprendido”. Se están perdiendo un importante paréntesis, dice este entusiasta de la mecánica, “el de cómo se construyen las cosas hasta que llegan a sus manos, el tiempo y la reflexión que necesitan”.

También echa en falta en los jóvenes la constancia, un valor que él entrena escribiendo, leyendo y dedicándole un tiempo a su museo cada día, sea observando sus autómatas o tomando notas. “Son pequeños gestos que me ayudan a ir en contra de la velocidad imperante de hoy. Durante muchos años se ha caído en el error de que todo tiene que ser trepidante, de que el dinero debe ganarse rápidamente, de que el mundo quema, pero la humanidad se ha formado a base de siglos”, expone.
Oficios como el suyo van en contra de eso. “Además, dedicarme a ello me ha regalado un mundo que es ajeno a la violencia, inocente, y que puedo enseñar con mis exposiciones”, insiste. A las puertas de su jubilación, es consciente de que será difícil encontrar un sustituto que custodie sus conocimientos. “Es posible que todo mi trabajo termine despedazado en un mercado de antigüedades”, apunta, pero no se lamenta demasiado. “Yo no estaré para verlo”, dice entre risas. Quizás alguien que lea estas líneas decida hacer algo al respecto…
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