María Valverde y Bruna Cusí emprenden un viaje hacia la luz en ‘Todo lo que no vemos’

La première europea de Todo lo que no vemos dentro de la Sección Oficial del BCN Film Fest llega como una rareza en el panorama actual: una road movie, delicada y hermosa en las formas y brutal en el contenido, que habla de la violencia que se esconde tras las puertas del hogar, pero también de empatía y reparación. 

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 La nueva película de Alberto Arvelo explora la violencia invisible y los espacios de cuidado entre mujeres a través de una historia de amor en forma de ‘road movie’  

La première europea de Todo lo que no vemos dentro de la Sección Oficial del BCN Film Fest llega como una rareza en el panorama actual: una road movie, delicada y hermosa en las formas y brutal en el contenido, que habla de la violencia que se esconde tras las puertas del hogar, pero también de empatía y reparación. 

La película, escrita y dirigida por Alberto Arvelo (Caracas, 1966), propone un viaje que avanza tanto por la  geografía que recorren las protagonistas -magníficas María Valverde y Bruna Cusí-, como por las zonas invisibles de las heridas que las atraviesan.

Bruna Cusí y María Valverde en una imagen de 'Todo lo que no ves' 
Bruna Cusí y María Valverde en una imagen de ‘Todo lo que no ves’ Terceros

El punto de partida es casi accidental: dos mujeres se encuentran en un baño público y, sin apenas conocerse, inician un trayecto desde España hacia Portugal. Lo que comienza como una huida impulsiva se transforma en un refugio compartido, un espacio de seguridad donde la intimidad se construye desde la contención y el silencio. La película no explica del todo el origen del dolor; lo sugiere. Y en esa renuncia a la explicitud reside buena parte de su fuerza. “El espectador tiene una actividad muy creativa en esta película. Dejamos muchas cosas sobre sus hombros: imaginar, completar, intuir”, explicó Arvelo durante el encuentro con La Vanguardia.

María Valverde y Bruna Cusí en 'Todo lo que no vemos'
María Valverde y Bruna Cusí en ‘Todo lo que no vemos’Terceros

El director definió el proyecto como “un viaje de la oscuridad a la claridad”, surgido durante la pandemia a partir de artículos que alertaban sobre el aumento de la violencia de género en los hogares. Pero en lugar de situar el relato en el encierro, optó por abrir el espacio: paisaje, carretera, respiración. “Queríamos hablar de la violencia que ocurre detrás de las puertas, pero en lugar de quedarnos en el encierro buscamos un refugio femenino en movimiento”, señaló. La huida se convierte así en un gesto de supervivencia y, al mismo tiempo, en una forma de cuidado mutuo. “La sanación es mutua. Al principio parece que una ayuda a la otra, pero en el viaje termina invirtiéndose”, añadió.

“La vulnerabilidad que yo sentía como actriz la utilicé para el personaje”

La película apuesta por una interpretación contenida, casi susurrada. María Valverde construye un personaje marcado por el trauma con muy pocas palabras, apoyándose en la fragilidad y la mirada. “Lo más difícil era todo lo que no se decía, pero que tenías que ver o intuir. Era una línea muy delgada”, explicó la actriz. “Jugábamos con distintos traumas hasta encontrar dónde estaba la herida. Fue un trabajo muy sutil”. Valverde subrayó también el carácter emocional del proceso: “La vulnerabilidad que yo sentía como actriz la utilicé para el personaje. Desde ahí apareció Aroa”. 

Esa tensión atraviesa todo el film, donde los silencios pesan más que los diálogos y donde la relación entre ambas protagonistas se va tejiendo con gestos mínimos: preguntar, insistir, volver, no mirar hacia otro lado. “El texto está muy medido, pero lo importante son las cosas que no se dicen”, insistió la actriz, que destacó el trabajo conjunto con Bruna Cusí: “La vulnerabilidad fue importante para las dos. Desde ahí construimos los personajes”.

El rodaje huyó de la forma de hacer cine “industrial” y apostó por un proceso más orgánico

Arvelo subrayó el carácter colectivo del proceso. El guion, coescrito con la escritora cubana Wendy Guerra, se fue transformando durante los ensayos, adaptándose a las actrices. “El guion terminó amoldándose a ellas. Salíamos de los ensayos y reescribíamos. Fue un proceso muy vivo”, recordó. El rodaje se realizó con un equipo de apenas 17 personas, lo que permitió una dinámica casi familiar. “Eso nos dio oxígeno. Podíamos esperar la luz adecuada, improvisar, equivocarnos”, explicó el director. Valverde coincidió en esa idea: “Fue un lujo trabajar con un equipo tan pequeño. Había libertad para experimentar y convivíamos todos, lo que generó un espacio de seguridad real”. 

Por las noches, el montaje avanzaba mientras la música de Gustavo Dudamel nacía a partir de las imágenes del día. “La música se iba creando al mismo tiempo que montábamos. Todo el proceso fue un viaje compartido”, señaló Arvelo. Esa libertad se traduce también en la relación con el paisaje. Rodada entre Navarra y Cantabria, la película utiliza la naturaleza como espacio de reparación: campos abiertos, carreteras secundarias, luz cambiante. Frente a la violencia insinuada, la cámara busca aire. Frente al trauma, la posibilidad de volver a jugar, de correr, de recuperar una niña interior que parecía perdida.

Hay un momento en la película en que dos jóvenes pasan en moto con una pancarta: “La guerra de los hombres mata a las mujeres”. La frase aparece y desaparece sin subrayado. Como tantas otras cosas en la película, no se explica: se deja resonar. “Sentíamos que era necesario decirlo”, apuntó Arvelo. “Que esa frase la diga un hombre también es importante”.

En un tiempo dominado por el ruido y la sobreexplicación, la película propone lo contrario: una obra pequeña, delicada y valiente que convierte la empatía en gesto político. “Es un manifiesto de compasión”, concluyó el director. Una road movie íntima donde la sanación es mutua y donde, en medio de la oscuridad, una pequeña luz puede cambiarlo todo.

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